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70 años brindando por lo nuestro, Felices Clipper

De comidas que se alargan a fiestas que nadie sabe a qué hora terminan. Clipper cumple 70 años celebrando la vida a lo grande

Felices Clipper

Felices Clipper

Ese día, a la hora de comer, nadie preguntó qué había de beber. La botella de refresco apareció en la mesa como aparecen las cosas importantes: sin anuncio previo y sin discusión. Alguien la destapó, alguien sirvió, alguien tuvo un ataque de risa, alguien se puso a bailar, alguien dijo “échame un poquito más”. En el salón, alguien subió el volumen. En la puerta, alguien llegó tarde y entró directamente como si no se hubiera perdido nada. Porque no se había perdido nada: la cosa acababa de empezar.

Clipper lleva 70 años provocando escenas como esa. Momentos que empiezan “normales” y acaban siendo recuerdos. Está en fiestas donde alguien pierde la voz, en comidas familiares que se alargan porque nadie encuentra una buena razón para irse, en bazares de barrio donde se entra por una cosa y se sale con un disfraz y gafas de sol.

Este año, además, no se conforma con estar. Lo celebra. Porque quedarse tanto tiempo merece ruido, risas y alguna anécdota que empiece con “¿te acuerdas de aquella vez…?”.

Antes de estar en todas esas mesas, Clipper fue otra cosa. Fue una idea pequeña, doméstica, casi artesanal. Nació en 1956, en un garaje de Ciudad Jardín, en Las Palmas de Gran Canaria. Allí, los hermanos Mario y Octavio Juan Gómez empezaron a fabricar refrescos en un momento en el que traerlos de fuera en barco era más complicado que hacerlos en casa. Literalmente.

Para celebrar su 70 cumpleaños, Clipper lanza la campaña Felices Clipper.

En aquel tiempo, el Archipiélago funcionaba con otra lógica. Surgieron varias marcas locales impulsadas por la necesidad y por la cercanía. Con los años, las grandes compañías internacionales fueron instalando sus fábricas y el mercado empezó a parecerse cada vez más al del resto del mundo. Muchas marcas desaparecieron. Otras se diluyeron. Algunas dejaron de tener sentido. Clipper siguió otro camino.

Mientras el mercado miraba hacia las colas y los cítricos, Clipper encontró su sitio en algo tan sencillo, y tan poco negociable, como el sabor de fresa. Un sabor inconfundible, sin competencia real. El de siempre. El que no necesita explicación. El que alguien reconoce antes de que termine de servirse el vaso.

A lo largo de estas siete décadas, Clipper ha ido apareciendo en los momentos más importantes. En los recreos, cuando el tiempo parecía no tener medida. En los veranos interminables, con arena pegada a los pies y la sensación de que el día podía estirarse un poco más.

El vínculo de Clipper con Canarias va más allá del producto. Tiene que ver con la manera en la que ha sabido acompañar a varias generaciones. Un tono directo, una identidad visual reconocible y una forma de estar, han permitido que la marca siga ahí, incluso en un contexto cada vez más globalizado y externo.

Clipper ha cambiado, claro. Como cambia todo lo que permanece. Ha evolucionado con el tiempo, adaptándose a nuevas generaciones sin dejar de ser ella misma. La marca ha estado con quienes crecieron con ella y también con quienes la han descubierto más tarde. Esa convivencia sin prisas es parte de su valor. No necesita reinventarse cada poco tiempo porque forma parte del paisaje emocional del Archipiélago. Está en los recuerdos compartidos y en nuestros gestos, esos que no se fotografían, pero se repiten.

Bajo el lema “descaradamente nuestro” Clipper se viste de fiesta.

Para celebrar su 70 cumpleaños, Clipper lanza la campaña Felices Clipper. Y no, no es una conmemoración discreta ni una mirada melancólica al pasado. Es todo lo contrario. Es levantar la mano, subir el volumen y decir aquí estamos. Setenta años no se cumplen todos los días y Clipper decide celebrarlo como mejor sabe: ocupando espacio y reivindicando lo propio sin pedir permiso.

La campaña no se conforma con observar lo cotidiano: lo señala, lo amplifica y lo celebra. Pone el foco en esos gestos mínimos que sostienen el día a día y los convierte en motivo de orgullo. En lo que se repite porque vale la pena. En lo que no necesita explicación porque se reconoce al instante.

Bajo el lema descaradamente nuestro, Clipper se viste de fiesta. No como un discurso cerrado, sino como una actitud clara y directa. Apostar por lo cercano, por el acento propio, por aquello que no necesita traducción, porque se entiende solo.

En un contexto donde todo tiende a parecerse demasiado, Clipper se desmarca haciéndolo a lo grande. Crece sin perder personalidad sin complejos y con ganas. Porque lo local no es una etiqueta que se pone y se quita, es una manera de estar, de decir y de compartir. Y su historia es también la de un territorio que reconoce en algunas marcas parte de su memoria colectiva.

Setenta años después, Clipper no solo sigue ahí: seguirá dando motivos para brindar. Aparece cuando toca, levanta el ánimo y convierte cualquier momento en celebración. Refresca, sí. Pero ahora también mira al futuro con una energía que merece la pena recordar. Porque hay cumpleaños que pasan de largo… y otros que se celebran. Y este, sin duda, es de los segundos.

Felices Clipper.

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