Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Mercado laboral

El SMI, más veloz que los sueldos, crea en las Islas el ‘paraíso’ de la paga mínima

El salario mínimo equivale a casi el 70% de la retribución promedio en la región, muy por encima del objetivo del 60%

Una camarera de piso recoge la ropa sucia de una habitación de hotel.

Una camarera de piso recoge la ropa sucia de una habitación de hotel. / Santi Blanco

Andrea Saavedra

Andrea Saavedra

Las Palmas de Gran Canaria

En Canarias, el salario mínimo interprofesional (SMI) corre más rápido que los sueldos medios. La paga mínima ya alcanza los 16.576 euros al año, lo que equivale al 68,5% del salario medio de 24.033,6 euros. Es una proporción que supera ampliamente el 60% que sindicatos y Gobierno central consideran un límite prudente para evitar efectos negativos en la economía. El desfase es aún mayor cuando se observa únicamente a las pequeñas y medianas empresas –la mayoría del tejido empresarial canario–, donde el peso del SMI se dispara hasta el 79% del salario medio en Santa Cruz de Tenerife y el 78,5% en Las Palmas, reflejando la estrechez de las escalas salariales. Este fenómeno no significa que los canarios cobren menos por la misma tarea que en otras regiones, sino que la estructura laboral del Archipiélago, dominada por el turismo y los servicios, concentra gran parte de los empleos en puestos de bajo salario. Combinado con las continuas subidas del SMI desde 2018, esto ha transformado a Canarias en un escenario donde la paga mínima se ha acercado peligrosamente al sueldo medio.

¿Qué explica esta convergencia? La respuesta está en la composición del mercado laboral. «En Canarias no se cobra menos por la misma ocupación; lo que ocurre es que proporcionalmente hay más trabajos de salario bajo», resume el director de Consultoría y Gestión Comercial de Corporación 5, José Miguel González. Es el efecto directo de un tejido productivo dominado por el turismo y los servicios, actividades intensivas en mano de obra y con menor productividad por hora trabajada. El resultado es una estructura salarial más comprimida y un salario medio especialmente vulnerable cuando el SMI sube con fuerza.

Seña de identidad

Los incrementos del salario mínimo han sido una de las señas de identidad económicas del Gobierno de Pedro Sánchez. Entre 2018 y 2023, el SMI registró uno de los mayores crecimientos de la UE. Aunque la medida ha reforzado los ingresos de quienes ya estaban cerca del umbral, también ha estrechado la distancia con los sueldos más frecuentes, que en el conjunto del país se han estancado o incluso retrocedido en términos reales. Actualmente, el SMI se sitúa por encima del 60% del sueldo medio en 42 de las 50 provincias españolas y, de hecho, supera el 75% en 34. Diversos estudios advierten de ese «achatamiento» salarial: cuando el mínimo sube muy rápido en comparación con la productividad, las escalas profesionales se acortan y el salario modal –el más frecuente entre los trabajadores– queda prácticamente pegado al mínimo legal.

Ese fenómeno tiene consecuencias. Para González, «cualquier incremento salarial no acompañado de mayor productividad se convierte en coste estructural y pérdida de competitividad». Esto es especialmente visible en regiones como Canarias, donde miles de pequeñas y medianas empresas operan con márgenes ajustados y costes laborales que pesan más en su contabilidad. Ese encarecimiento relativo de la mano de obra reduce su capacidad para contratar, especialmente en los perfiles de entrada, los más expuestos cuando el salario mínimo se acerca demasiado al promedio de la economía.

La advertencia coincide con el diagnóstico que realiza el informe Igualitarismo salarial y empobrecimiento económico del Instituto Juan de Mariana (IJM), que apunta que cuando los salarios se comprimen por la base, desaparecen incentivos a formarse o asumir mayores responsabilidades y se dificulta la movilidad laboral.

Salarios estancados

El problema no es que el SMI suba –la mayoría de expertos coincide en que los mínimos protegen rentas vulnerables–, sino que lo haga en un contexto de baja productividad y salarios medios estancados. En ese escenario, la distancia entre el mínimo y el sueldo habitual se reduce por abajo, no porque la economía sea más próspera, sino porque el resto de salarios no avanza al mismo ritmo.

El caso canario ilustra esa tensión. Con un salario medio reducido y un fuerte peso de sectores de baja cualificación, cada subida del SMI tiene un impacto mayor que en regiones con salarios más altos y economías más diversificadas. Las empresas, sobre todo las pequeñas, ajustan contrataciones o posponen decisiones de crecimiento para absorber el aumento de costes. Y la dinámica se retroalimenta: menos inversión en productividad, más dependencia de sectores intensivos en trabajo y, por tanto, más dificultad para que el salario medio se despegue del mínimo.

Frente a ese círculo vicioso, José Miguel González apunta a la formación como la única salida. El reto está en mejorar cualificaciones, elevar la productividad y desplazar el empleo hacia actividades de mayor valor añadido. De lo contrario, la región corre el riesgo de consolidar una estructura salarial cada vez más plana, donde el SMI deja de ser un punto de partida y se convierte en el techo real de la mayoría.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents