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empresas | El relevo generacional

Los sucesores ya están al mando de los grandes negocios del Archipiélago

El relevo generacional se ha producido durante los últimos diez años | Escasean ya los fundadores de los negocios alumbrados entre los 60 y los 80 del siglo XX

Imagen panorámica de Santa Cruz de Tenerife E. D.

Ya no están los creadores al frente de muchas de las grandes empresas canarias. Los sucesores han llegado al relevo generacional con mayor nivel formativo en gran parte de los casos y con el compromiso de no olvidar el legado de quienes les han cedido el testigo. Un dato a tener muy en cuenta: entre las grandes, son mayoría las que continúan exhibiendo igual o mejor salud que cuando ellos eran aprendices. Y una condición innegociable para afrontar el día a día: pensar siempre en qué habrían hecho sus progenitores ante los retos que se les presentan.

Para comenzar a entender qué es lo que tiene entre manos la nueva generación, resulta tan útil como justo acudir al momento en que sus padres decidieron recorrer un camino distinto al de la mayoría: poner en marcha un negocio propio y crear empleo. Y realizar ese ejercicio de aproximación no solo desde el punto de vista histórico, sino también observando la estructura de un mercado isleño pequeño y fragmentado en siete islas.

Esa es la primera clave, según el catedrático de Economía Aplicada de la ULL, José Ángel Rodríguez. «La presencia de lo externo», explica, es la segunda. Contar con una economía abierta a los flujos internacionales –con los puertos como pilar– ha supuesto una ventaja para determinados sectores.

Laura Galarza, que comanda junto a su hermana Marisa el Grupo Galaco –distribución e importación–, recuerda que con «ocho, diez o doce años», su padre ya les hacía partícipes. «Traía muestras de productos y nos preguntaba si nos gustaban; también que se los diéramos a probar a nuestras amigas», recuerda divertida.

Un denominador común a todos los integrantes de esta generación que ha cogido el timón es esa presencia de la empresa en casa y en la vida familiar desde siempre. Sus padres eran hombres que cogían el maletín, salían pronto de casa y llegaban tarde. Con los años fueron recurriendo a sus vástagos allí donde las necesidades de la actividad económica les atropellaban.

Traductores en casa

Una de esas carencias que se salvó con el salto generacional fue la de los idiomas. Galaco «siempre ha sido» una empresa «muy viajera», apunta la consejera delegada. Allí donde había una oportunidad, aparecía Joaquín Galarza, fundador de la compañía y padre de Marisa y Laura, quienes, todavía adolescentes, empezaron a aprender desde la primera fila y ejerciendo como traductoras cómo se cerraban negocios internacionales.

En las mismas se vio desde también edad temprana Ángel Luis Tadeo Felipe. «Hablo inglés, alemán, italiano y ahora estoy con el portugués», explica. Un bagaje más que suficiente para verse «felizmente arrastrado por la pasión» con que su padre –Ángel Luis Tadeo, fundador de Grupo Dunas– afrontaba «cada día». Y como las hermanas Galarza, desde temprana edad aportando su granito de arena. «Con doce años ya estaba en el equipo de animación de un hotel», rememora.

Tadeo padre fue uno de los que vieron en el sector alojativo la oportunidad de generar un negocio con visos de crecimiento. «En las décadas de los años 40 o 50, la autarquía dio cabida a ciertos negocios industriales; no podía importarse prácticamente nada y nacieron fábricas y marcas de, por ejemplo, galletas», explica el catedrático Rodríguez. Fue a partir de los años 60, «cuando el nivel económico de España comenzó a crecer», continúa, y el turismo despegó definitivamente, el momento en que se generó un nicho de oportunidades que supieron aprovechar en las décadas siguientes emprendedores como el fundador del Grupo Dunas.

La industria siempre lo tuvo más complicado. En proporción inversa «a la caducidad», alude José Ángel Rodríguez, decrecen las oportunidades en Canarias. Los avances en refrigeración vinieron a empeorar el panorama, porque ya era posible trasladar desde puntos lejanos productos frescos. No obstante, no faltaron los pioneros que decidieron remar contra el sentido que la corriente dictaba. En los años 60, Martín García Garzón, fundó la primera industria cárnica del Archipiélago. «Los inicios fueron muy duros», cuenta Raúl García Pascual, consejero delegado del gigante en el que se ha convertido aquella aventura: Grupo Montesano; 65 millones de euros facturados en el último año antes de la pandemia, 450 empleados y el 37% de la facturación con acento extranjero.

Junto a sus hermanos Carmen y Jaime, Raúl García pilota la nave que les ha entregado su padre, Martín, que continúa presidiendo el consejo de administración pero apartado por voluntad propia de la gestión diaria. «La experiencia» es uno de los conceptos más citados por todos los entrevistados. Cada vez que aparece un reto nuevo toca volver la cabeza para, en el caso de Montesano, consultar con la generación anterior –«un activo de primera mano»–, o bien, en el del resto, recurrir al recuerdo de cómo hacían las cosas sus padres.

Junto a ese know how de naturaleza puramente abstracta, el consejero delegado de Montesano cita el «riesgo, el trabajo, la generosidad y la humildad». Valores y aptitudes que también se repiten en todos los casos. Enseñanzas que llegan desde edad muy temprana, pero que en ocasiones no bastan para garantizar la presencia en la primera línea de la empresa. En ese caso se vio Óliver Alonso, presidente y CEO de Grupo Domingo Alonso. «Mientras me formaba, yo tenía claro que no iba a trabajar en el negocio familiar», explica.

Unos acuerdos intraempresariales impedían incorporar a la siguiente generación, por lo que Alonso se fue «a Alemania» con el convencimiento de que debía buscar su propio sitio. Eso le llevó a trabajar durante «cinco años en Seat», en Barcelona, tiempo durante el que su padre, Sergio Alonso, recuperó el control total del negocio.

Se abría así la posibilidad de que se cruzaran las carreras de ambos. Óliver Alonso señala que el traspaso de poderes se realizó «de manera gradual, durante unos quince años», detalla. En realidad, una vez que están dentro de la empresa, los predecesores se encargan de que se empapen de toda la realidad del negocio, de que se preparen para conducirlo por sí solos en el futuro.

La aportación más evidente de la presente generación es la absoluta profesionalización. «Mi padre promocionaba a quienes eran fieles y se quedaban durante muchos años a su lado», narra Laura Galarza. A ella y sus iguales esos gestos no les sirven, «porque puede darse el caso de que por mucho que a alguien le toque, digámoslo así, no esté preparado», completa la consejera delegada de Grupo Galaco.

Por supuesto, hace ya muchos años que nada queda de aquellos apuntes contables realizados a mano. Es más, de ese cambio sus padres ya fueron testigos. Y, como ocurre en todos los ámbitos, unos fueron más dados a explorar las nuevas tecnologías que otros; a Joaquín Galarza «le gustaba bien poco, pero quiso estar a la última».

Pequeñas resistencias aparte, los padres de todos ellos estaban o están convencidos de la necesidad de abrir las puertas de par en par a los procesos que aporten mayores garantías de éxito, y el aprendizaje tampoco cuesta tanto. «Da más miedo un cambio regulatorio», afirma el CEO de Montesano.

¿Y de la obediencia debida qué? Cada cual debe marcar su camino, pero si les pueden cumplir un deseo manifestado en vida, no dudarán en hacerlo. Galaco vuelve a estar al cien por cien en manos de las Galarza. «Lo dejó encargado», afirma Laura, «y ya lo hemos logrado».

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