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Las ‘kellys’ rechazan las camas elevables como solución a su carga de trabajo

Baleares obliga a los hoteles a instalar nuevo mobiliario para evitar lesiones a su personal

Una camarera de piso hace la cama de una habitación en un hotel. | | DAVID ARQUIMBAU (EFE)

Baleares obligará a sus hoteles de cuatro y cinco estrellas a instalar en todas sus habitaciones camas elevables, ya sean mecánicas o eléctricas, para facilitar el trabajo de las camareras de piso, uno de los colectivos más afectados por la siniestralidad laboral en el sector turístico. Sin embargo, la Asociación Las Kellys rechaza esta medida como una solución a su sobrecarga de trabajo y continúa apostando por la reducción del número de habitaciones que se les exige acondicionar en una jornada laboral. El Gobierno de Canarias, de momento, no se plantea seguir los pasos del Govern balear, pero la patronal hotelera del Archipiélago advierte que si esta iniciativa se implantara en las Islas habría que hacerlo de forma escalonada a lo largo de varios años para, primero, poder amortizar las inversiones en renovación de mobiliario que numerosos empresarios han realizado en sus instalaciones a lo largo de los meses de pandemia.

«Las camas elevables cambian las lesiones en las lumbares y las cervicales por lesiones en los hombros y los manguitos rotadores», apunta Ana Nacher, vicepresidenta nacional de la Asociación Las Kellys y portavoz de Lanzarote. Los responsables de riesgos laborales de los hoteles consideran que hacer las camas erguido es menos perjudicial para la cintura y para las piernas, pero las camareras de piso detallan que el sistema eleva la cama hasta el pecho y no cuenta con un punto intermedio para regular la altura. «Ya no hay que agacharse para hacer la cama, tenemos que trabajar con los brazos en alto que es aún peor», subraya Nacher. Los responsables de riesgos laborales de los hoteles consideran que hacer las camas erguido es menos perjudicial para la cintura y para las piernas, pero las camareras de piso apuntan que discrepan en parte

Además, señala que la base cuenta con ruedas, por lo que no se pueden apoyar en las estructuras mientras colocan las sábanas y para bajarlas hasta la posición inicial deben apoyar todo el peso de su cuerpo sobre la cama. Estos gestos pueden parece inocuos, pero si se repiten entre 20 y 30 veces durante una jornada laboral ocasionan lesiones. La portavoz de las kellys en Lanzarote destaca que un establecimiento de la isla, que abrió sus puertas recientemente tras una reforma, ha instalado este tipo de camas pero no han evitado que varias profesionales hayan tenido que coger una baja después de poco más de un mes de trabajo.

El coste de la estructura de las camas elevables, dependiendo del sistema que tenga integrado y de su tamaño, oscila entre los 200 y los 500 euros, mientras que el precio de una base tradicional se sitúa entre los 60 y los 90 euros. Un hotel con 500 camas tendría que desembolsar unos 200.000 euros para modernizar las bases de los colchones. Si bien los hoteleros balerares contarán con ayudas procedentes de fondos europeos, a través de los ministerios de Turismo y de Trabajo.

Las camareras de piso consideran que la respuesta a sus demandas laborales pasa por la correcta aplicación de los estudios ergonómicos, donde se evalúa la carga de trabajo que recae sobre las profesionales. Estos informes son específicos para cada establecimiento turístico y los debe realizar un técnico especialista en prevención de riesgos laborales. Nacher denuncia que existen hoteles con estudios ergonómicos genéricos, «que no sirven para nada», pero que actúan como «quitamultas» ante la inspección de trabajo. La portavoz de este colectivo en Las Palmas de Gran Canaria, Marcia Díaz, afirma que mientras no haya una regulación para los estudios ergonómicos no se estipulará una correcta carga de trabajo. «Se debe tener en cuenta, incluso, que una camarera con 50 años no puede tener la misma carga que una de 20 años», sostiene Díaz.

«Nos usan y nos desechan»

«Pedimos a los inspectores que no den por buenos los estudios ergonómicos que superen las 20 habitaciones por camarera de piso», afirma Nacher, quien lamenta que el convenio insta a realizar el estudio, pero no a cumplirlo. Los responsables de que vigilar que esta norma se cumpla son los sindicatos y los comités de empresa. Sin embargo, la vicepresidenta nacional de las kellys señala que este colectivo –formado por unas 20.000 mujeres en Canarias, según cifras previas a la pandemia– no cuenta con suficiente representación en estos organismos, porque «están tan apuradas en el día a día que no terminan de levantar cabeza para poder ver lo que pasa a su alrededor y dar una respuesta».

Las lesiones más habituales que padecen las kellys producidas por los movimientos repetitivos y esfuerzos físicos se localizan en los tendones, desde la muñeca a los hombros, en las cervicales y las lumbares. Los estudios ergonómicos, además de limitar el número de habitaciones que pueden arreglar en una jornada de trabajo, incluyen un protocolo que especifica las posturas que deben adoptar las camareras de piso y limitan el peso que deben mover para evitar patologías. «Cuando se sobrepasa el número de habitaciones no nos da tiempo para hacer esos movimientos correctamente y, por ejemplo, terminamos moviendo las camas con las rodillas, un gesto que atenta contra nuestro cuerpo, pero es la manera de poder ir más rápido y cumplir los objetivos que se nos marcan desde la Dirección», sostiene Nacher.

El objetivo inicial del movimiento de las kellys en Canarias era dar visibilidad a los problemas de un colectivo de mujeres que se mantenía en la sombra, pero que es esencial para el buen funcionamiento del turismo, motor de la economía del Archipiélago.

«Que las camas sean elevables no es ninguna varita mágica, la solución es que se nos escuche en las mesas de negociación», alega Nacher. Los problemas de salud de las camareras de piso –no solo de carácter físico, sino también mental– obliga a las camareras de piso a abandonar el mundo laboral a edades tempranas. «Nos usan quince o veinte años y nos desechan para explotar a otras. Con 55 o 58 años, como mucho, terminamos pidiendo una prestación no contributiva, porque no somos capaces de aguantar esos ritmos de trabajo después de una serie de años soportando el lastre y la sobrecarga», asegura la vicepresidenta de las kellys. De esta forma, la camarera de piso, añade, se convierte en «una carga» para la Seguridad Social, cuando «la responsable debería ser la mutua de la empresa para la que ha trabajado» y se tendría que reconocer los problemas de salud provocados por la sobrecarga como enfermedades laborales. Sin embargo, hasta 2018 las patologías derivadas del trabajo de las kellys no estaban recogidas en el listado de enfermedades laborales y, hasta ahora, solo han logrado que se les incluya en la categoría de camareros y cocineros de hoteles, donde se contempla la lesión del túnel carpiano.

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