La magnitud de las crisis económicas depende de su intensidad y de su prolongación. La causada por la pandemia del coronavirus se perfila como una recesión muy contundente (sin precedentes desde la Gran Depresión de 1929 y los grandes conflictos bélicos de los años 30 en España y 40 en el mundo) pero transitoria y de duración contenida, aunque con efectos devastadores en el muy corto plazo. Se trataría de una crisis rauda, tanto en su eclosión como en su superación, aun cuando el rebote y la trayectoria de salida no vayan a tener un ímpetu tan drástico como lo tuvo el derrumbe.

Todas las predicciones que se han difundido hasta ahora (nacionales e internacionales, públicas y privadas) coinciden en que las economías sufrirán en 2020 un desplome súbito y de profundidad y alcance desconocidos en más de ochenta años, y todas son coincidentes a su vez en una recuperación inmediata, con tasas vigorosas de crecimiento en 2021 aunque no lo suficiente para compensar en un solo ejercicio todo lo perdido. Para el caso específico de España los informes emitidos por el Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco de España, Funcas, CEOE, Consejo General de Economistas, Moody's, BBVA, Goldman Sachs, UBS y Morgan Stanley, entre otros centros de predicción, así como el del Gobierno, siguen esa pauta al igual que ocurre con las predicciones disponibles para otras jurisdicciones.

En todos los casos, aunque con métricas distintas, se apunta a un crecimiento sólido en 2021, por lo que la recuperación debería empezar a manifestarse de modo gradual al menos en la segunda mitad de este año, como dijo el viernes el ejecutivo y ya habían anticipado el Banco de España, Société Générale y otros analistas, todo ello supeditado a que no se produzcan nuevos rebrotes de la enfermedad que obliguen a cancelar de nuevo las actividades empresariales y a confinar por segunda vez a la población, y a condición de que no surjan otros acontecimientos negativos en el contexto internacional.

Si se toma como referencia el pronóstico que el Gobierno español envió a la Comisión Europea, con un desplome del PIB del 9,2% en 2020 y un rebote del 6,8% en 2021, el valor generado por la economía española se situaría al cierre del año próximo en más 1,207 billones de euros, en niveles por lo tanto superiores a 2018 y el 3% menor al PIB previo a la pandemia, por lo que el nivel de riqueza de 2019 podría restablecerse (salvo hechos inesperados) en menos de dos años. Funcas lo demora a 2023, pero en todo caso muy lejos de los nueve ejercicios que tardó España en recuperar el PIB de 2008 en la última crisis.

Que a la sima profunda de este ejercicio seguirá un rápido retorno al crecimiento (propio de un impacto exógeno e inesperado, y más cuando su génesis no ha sido económica) es una convicción compartida por el FMI, el Banco Central Europeo (BCE) -aun con la incógnita, dijo, de la velocidad a la que vaya a ocurrir-, la Reserva Federal de EE UU (Fed) -aunque con alertas de riesgos-, las gestoras de fondos Pimco y Black Rock, Deustche Bank, McKinsey (que aventura una salida en "V", pero en forma de logotipo de Nike), el Gobierno alemán y el instituto IFO para el caso germano, Fedea y otros. Y con excepciones como la del economista Nouriel Roubini (muchísimo más pesimista) también la respaldaron de modo individual el vicepresidente del BCE, Luis de Guindos; la directora gerente del FMI, Kritalina Georgieva; y el expresidente de la Fed, Ben Bernanke, entre otros.

E El antecedente de 1918. La experiencia histórica apunta en el mismo sentido y, aunque realidades pasadas no determinan escenarios futuros, pueden servir de guía anticipatoria de hipótesis de trabajo y su probabilidad. Es más, frente a la creencia de que este flagelo de enfermedad, muerte, abatimiento general y empobrecimiento va a actuar como un lastre de difícil superación, incluso por su impacto emocional en los agentes económicos y en el conjunto de la población, y que va a modificar para mucho tiempo las pautas de comportamiento, las relaciones sociales, los hábitos de consumo y los modelos de producción, los precedentes indican lo contrario.

La última gran pandemia (la de la mal llamada gripe española de hace cien años, y que encadenó tres oleadas de alta letalidad entre 1918 y 1920) no fue seguida por un largo periodo de pesadumbre, abatimiento, recogimiento y frugalidad, como ahora se barrunta, sino de todo lo contrario.

Tras la tremenda carnicería de la I Guerra Mundial (1914-1918), con siete millones de muertos y una gran devastación, y la monstruosa mortalidad causada por la gripe entre 1918 y 1920 (se estima entre 50 y 100 millones los fallecimientos habidos entonces en el planeta frente a los 230.000 que se contabilizan ahora, y 500 millones de personas contagiadas frente a los 3,25 millones reconocidas en el caso de coronavirus), el mundo, lejos de derrumbarse o de recogerse, entró en una espiral de hedonismo, sensualidad, consumo sin precedentes, fortísimo crecimiento económico (pese a la crisis de 1920-1921 en algunos países por la subida de tipos para contener la inflación) y un estilo de vida rutilante que dio en llamarse "los felices y locos años veinte".

Fue una década de fulgor, abundancia del crédito, desarrollo de nuevos bienes de consumo y fortísimo endeudamiento que se cercenó -por acumulación de desequilibrios, exceso de euforia y una "exuberancia irracional" en las Bolsas y otros mercados- en la gran depresión de 1929. Pero hasta la catástrofe bursátil en Wall Street en octubre de ese año, la década de los veinte fue un periodo que no estuvo mediatizado por el pánico a los contagios tras la monstruosa pandemia de 1918-1920 sino por todo lo contrario: lo que imperó fue el afán de vivir y de consumir en una suerte de carpe diem ("aprovecha el momento") y de entrega al ocio. Fue la era en la que reinaron los cabarets, las vedettes, el jazz y el charlestón, el auge de los negocios y lo que alguien definió como "la fiesta más larga de la era moderna".

Ahora las cifras de afectación y de mortalidad son muy inferiores y las tasas soportan aún menos la comparación dado que la población mundial supera hoy los 7.700 millones de habitantes y hace cien años se estimaba en unos 1.600 millones, de modo que si entonces falleció entre el 3 y el 6% de la población mundial, hoy la mortalidad se sitúa en el 0,002%.

E Confinamiento. Aunque entonces también hubo cuarentenas en algunas ciudades, la gran diferencia ha sido la adopción de medidas extraordinarias de confinamiento del conjunto de la población y restricción masiva de los movimientos para la contención del virus. Ha sido esta política deliberada y consciente de verdadera excepción -y no el virus- la que realmente hundió la economía en proporciones desconocidas: para este año se espera un retroceso en España que, según distintos escenarios, podría oscilar entre el 5% y el 26% de caída de PIB en un solo ejercicio cuando la pérdida total en los seis años de la gran crisis de 2008-2013 fue del 8,9%. Sin embargo, han sido estas decisiones gubernamentales las que han evitado decenas de miles de fallecimientos en España, según la Universidad británica Imperial College, y casi medio millón de infecciones, según Fedea.

Con independencia del valor intrínseco e infinito de cada vida humana, estas decisiones, que han sido muy costosas para la economía en el cortísimo plazo, han de ser favorables para el restablecimiento de la normalidad en los meses inmediatos porque con ello se ha preservado fuerza laboral, talento y capacidad de gestión, así como consumidores y por consiguiente tamaño de mercado y potencial futuro de la demanda interna. El aparato productivo también se ha visto menos comprometido porque en 1918 la pandemia se cebó con especial dureza con los adultos jóvenes, integrantes de la fuerza laboral, lo que no ha ocurrido ahora con esa intensidad.

Y, en la medida en que no ha habido una guerra como en 1914-1918, tampoco se han destruido activos, infraestructura y capacidad instalada. El riesgo está en las empresas que puedan desaparecer, pese a los ERTES, avales del ICO y otras ayudas públicas, por no ser capaces de soportar la travesía del desierto que ha supuesto el confinamiento y la clausura de negocios por decreto y para las que las tensiones de liquidez puedan devenir en insolvencias.

E Globalización. La mayor vulnerabilidad del mundo actual frente al de hace cien años ante este tipo de calamidades estriba en la muy superior dependencia e integración mundial de la economía, lo que expone la actividad global a colapsos gigantescos si se cercenan los flujos internacionales de productos y de personas. Las cadenas globales de suministro, que diseminan y fragmentan la producción de distintos componentes de un mismo bien entre diversos países, y el elevado peso que han alcanzado el sector turístico y anexos en el PIB de muchos países (caso de España) generan una debilidad acuciante si persistiesen las restricciones de la movilidad. Las modernas tecnologías, favorecedoras del teletrabajo y de las distintas formas de economía digital, apenas alivian en una pequeña parte, y en labores y actividades muy determinadas, el gran inconveniente que entraña -cuando se produce una contingencia crítica como esta- la dependencia de la hiperglobalización y de la movilidad de población mundial.

El enorme peso que tenía la agricultura y en general el sector primario en la economía de 1918 (del orden de un tercio del PIB, cuando hoy solo aporta el 3,96% en el caso español) y su focalización en la generalidad de los casos hacia mercados locales y de cercanía supuso un factor atenuador del impacto de los contagios, más propios de economías muy interrelacionadas, de las aglomeraciones humanas (hoy agigantadas con las macrourbes) y de los centros de trabajo fabriles y grandes áreas comerciales, intensivos en mano de obra y afluencia ciudadana.

Pese a ello, la afectación y la mortalidad fueron dramáticamente superiores hace un siglo y esto no impidió que la economía protagonizara de inmediato un decenio de ardoroso crecimiento (la economía española avanzó el 29,8% entre 1920 y 1929), al extremo de que los excesos del decenio (considerado el origen del consumismo moderno y de las compras a crédito) gestaron su propia corrección dramática con el pánico financiero y bursátil de octubre de 1929.

La gran incógnita que pesa ahora sobre a crisis actual no es por ello tanto si la humanidad será capaz de volver a la normalidad y a los usos, hábitos, costumbres y estilos de vida anteriores como si será posible evitar que haya rebrotes y retrocesos a medida que se restablezca gradualmente la actividad y a la espera de que se halle un antídoto. En el verano de 1920, y tras tres ofensivas implacables sucesivas, el virus de la gripe española desapareció de forma tan inesperada como había llegado. Y esto fue lo que dio paso a la fiesta.

E España. Mientras tanto, la economía española afronta esta crisis con más vulnerabilidades que otros países ante un choque negativo de tanta intensidad. Una de sus debilidades es la elevada deuda pública. Tras la última crisis (y a causa del hundimiento de la recaudación tributaria que produjo el estallido de la burbuja inmobiliaria española, más el gasto extraordinario de las políticas anticrisis -fundamentalmente en el rescate del sector financiero, atrapado en la misma madeja- y la consiguiente cobertura de un desempleo colosal a consecuencia del mismo estropicio), el total de los débitos del conjunto de las administraciones públicas, que estaba en el 39% del PIB y era inferior al promedio europeo (situado en el 69%), se disparó hasta el 95,5% frente a una media del 84,1% en la eurozona y del 77,8% en la UE. Con ello, España, que era el 14.º país de la UE menos endeudado en 2008 pasó a ser el 7º. Y las proyecciones apuntan que la fortísima política de rescate privado que se está acometiendo y el desplome de la recaudación llevarán la deuda a un rango que oscilará entre el 110% y más del 120% del PIB, según distintos diagnósticos, un hito desconocido desde 1902.

Que el país tenga la segunda mayor tasa de paro de la OCDE (14,41%) constituye otra grave fragilidad cuando en ninguna otra circunstancia se ha visto una destrucción tan rauda de empleo en España, EE UU y otros países como ahora a consecuencia de la hibernación a la que ha sido sometida gran parte de la economía.

La deuda privada sigue alta, aunque se ha hecho un gran esfuerzo de reducción desde la desorbitadas tasas que se habían alcanzado antes de la recesión de 2008, y que fue la causa de que la crisis financiera de entonces golpeara con tanta contundencia a España y a su sector bancario, así como a la prima de riesgo, en la medida en que gran parte de la deuda era externa. Desde entonces, el endeudamiento privado bajó del 263,8% del PIB al 131,2%.

Con todo, la principal flaqueza española está en su estructura productiva y en su tejido empresarial. La fortísima dependencia del turismo, que aporta el 12% del PIB y el 13% del empleo nacionales (España, segundo destino mundial, recibió 84 millones de visitantes en 2019) constituye una gravísima desventaja respecto a otros países con menor exposición una vez que este sector ha quedado temporalmente cercenado y constituye la zona cero de la catástrofe. Sólo por esta causa, España tendrá un hundimiento superior de su PIB y mayores dificultades de remontada mientras no se restablezca la normalidad internacional, como señalaron en abril FMI, JP Morgan y Moody's en sus predicciones.

La desaparición total del turismo tiene otra derivada no menor sobre el saldo exterior. El conjunto de la economía española tiene una elevada deuda externa bruta, equivalente al 172% del PIB, de la que dos tercios son débitos privados. Este endeudamiento ha vuelto a situarse por encima del máximo previo a la crisis de 2008 pese a que desde 2012 el país ha generado superávits por cuenta corriente. Este saldo ha sido favorable gracias al turismo porque, sin él, la balanza comercial y de servicios siempre ha estado en negativo.

El otro factor estructural que debilita a España es el ínfimo tamaño medio de las empresas del país. España es el sexto país con mayor peso de las pymes en la economía (60,88%) y el segundo más dependiente de las micropymes (24%), justo los dos segmentos (sobre todo, el segundo) menos dotados financieramente por lo general para soportar un periodo largo de inactividad como el impuesto por las autoridades sanitarias. Por todo ello, España afronta un desafío mayor que la mayoría de sus socios.