150 años del teléfono y cómo llegó a Canarias
El invento popularmente atribuido a Alexander Graham Bell llegó al Archipiélago en el último cuarto del siglo XIX, ligado a los intereses de la burguesía comercial y a la agricultura de exportación, pero hubo que esperar hasta 1931 para la comunicación de Canarias con la Península y el resto del mundo

Tendido y amarre del primer cable telefónico submarino Tenerife-Gran Canaria, en 1929 en la playa de Regla, en Santa Cruz de Tenerife. Al fondo el buque cablero ‘SS. Dominia’. 1929. / LP/DLP
Rafa López / M. Borrás
Recibir una llamada telefónica es ahora, para no pocas personas, algo invasivo. Acostumbrados a la comunicación por whatsapp, por otras redes sociales y mediante notas de voz, la llamada directa nos exige atención inmediata y abandonar nuestra frenética vida en modo multitarea. El cambio en la percepción social del teléfono no nos debe hacer perder de vista la importancia de este invento, que nació hace 150 años de la mano de Alexander Graham Bell, y que cambió el mundo para siempre. Como otros avances tecnológicos del siglo XIX, no tardó en llegar a Canarias, aunque al principio la calidad del servicio y su extensión por el Archipiélago dejó mucho que desear. ¿Quién descolgó el teléfono en primer lugar y quien estaba al otro lado del hilo?
Para empezar, ya es discutible el hecho de su invención: para no pocos investigadores, el teléfono no fue realmente «el invento de Graham Bell». Varias fuentes consideran a Antonio Meucci (1808-1889), emigrante italiano afincado en Nueva York y colaborador de Garibaldi, su verdadero creador. Meucci instaló un dispositivo similar a un teléfono en su casa para comunicarse con su esposa, encamada por una artritis reumatoide. En 1871, presentó una solicitud de patente provisional para su dispositivo ante la Oficina de Patentes de Estados Unidos, pero en ella no se mencionaba la transmisión electromagnética del sonido vocal.
Fue en 1876 cuando Alexander Graham Bell (1847-1922), escocés emigrado a Norteamérica, obtuvo una patente para la transmisión electromagnética del sonido vocal mediante corriente eléctrica ondulatoria. Hay un tercer contendiente, el estadounidense Elisha Gray (1835-1901), que desarrolló un prototipo de teléfono el mismo año. Gray, prolífico inventor, obtuvo setenta patentes y se le considera el padre de artilugios tan importantes como el sintetizador musical. Sin embargo, fue la patente del teléfono de Graham Bell la que prevaleció en los tribunales.
El caso es que el 10 de marzo de 1876, Bell utilizó su instrumento en Boston (Estados Unidos) para llamar a su ayudante, el mecánico eléctrico Thomas Watson, que se encontraba en otra habitación, fuera del alcance del oído. Le dijo: «Señor Watson, venga aquí; quiero verlo», y Watson apareció poco después a su lado. Esta se considera la primera llamada de teléfono de la historia y da origen a la efeméride. Además, abrió el camino a que nueve años después fundase la American Telephone and Telegraph Company (AT&T), que hoy perdura como la tercera empresa de telecomunicaciones del mundo por ingresos.

Obreros en una zanja en Las Palmas de Gran Canaria durante el cableado de una calle de la zona del Puerto en 1926. / LP
Orígenes de la telefonía en las Islas
Rafael Pérez Jiménez, especialista en la historia de las telecomunciaciones en Canarias e ingeniero de Telecomunicación y catedrático en la Escuela de Ingeniería de Telecomunicación y Electrónica de la Universidad de las Palmas de Gran Canaria (ULPGC) destaca la llegada temprana del teléfono a Canarias, ligada a los intereses de la burguesía comercial. Sin embargo, el también doctor en Historia y autor de la tesis Los orígenes de las telecomunicaciones en Canarias (1880-1936) especifica que las posibilidades tecnológicas de finales del siglo XIX forzaron una implantación muy local, circunscrita a las capitales de las islas más pobladas, que más tarde se extendió por las zonas de agricultura de exportación.
Tres datos que apunta Pérez Jiménez dan idea de la citada precocidad: en 1879 disponían de un teléfono modelo Bell en el Instituto de Segunda Enseñanza de Canarias, en La Laguna; el primer enlace telefónico se realizó en La Palma en 1883, y en Tenerife se instaló, en 1888, la primera línea privada.
La primera red telefónica convencional del Archipiélago se inauguró en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria en marzo de 1891. Denominada Red Telefónica de Las Palmas, se creó al amparo de capital británico con intereses comerciales en el puerto de La Luz, aunque en ese momento, para su escaso número de abonados, era más un caro objeto de lujo caro que un instrumento útil, según explica el especialista en sus artículos para el blog Historias de la telefonía y las telecomunicaciones en España (https://historiatelefonia.com).
En Santa Cruz de Tenerife fueron la burguesía, compuesta por pequeños empresarios -aquí no primaban los intereses comerciales de los grandes exportadores-, y las administraciones local y provincial las que decidieron constituir una sociedad anónima con una base amplia de accionistas. El capital inicial estimado, unas 25.000 pesetas que se reunieron en 1892, era insuficiente y el proyecto no se retomó hasta 1894 cuando se constituyó la mercantil Sociedad de Teléfonos de Tenerife a la que el Estado adjudicó el servició de telefonía de la ciudad, cuyo tendido entró en funcionamiento el 25 de mayo de 1895. Las dificultades económicas de la compañía repercutieron en la mala calidad del servicio. El catedrático de la ULPGC alude a las numerosas averías e interrupciones y la importante carencia de personal que lastraron su expansión territorial.
La subcentral de La Laguna, imprescindible para los intereses del incipiente turismo insular, entró en funcionamiento en agosto de 1901.
La isla de La Palma, merced al florecimiento económico que vivió en la última década del XIX, fue el otro gran núcleo de expansión telefónica de Canarias. Allí las incipientes comunicaciones se apoyaban en líneas particulares que unían puntos vinculados a los ámbitos familiar y mercantil. Las primeras líneas telefónicas, de carácter comercial e interurbano, que se instalaron en 1893 y 1894, eran privadas por lo que la conectividad del servicio resultaba muy limitada.
La llegada del siglo XX impulsó las concesionarias de las tres islas, pero el crecimiento hacia otras áreas en busca de nuevos abonados se hizo a costa de las inversiones necesarias para el mantenimiento y mejora de las líneas ya instaladas. La red de Las Palmas, por ejemplo, resultó muy dañada tras una tormenta en 1900 y su funcionamiento pleno no se recuperó hasta 1901. Aún así, el servicio se extendió hasta Santa Brígida que estrenó su primer teléfono público en 1902.
Un nuevo marco legal que simplificaba los procedimientos de concesión jugó en la primera década del siglo a favor del desarrollo de nuevas licencias en el norte de Tenerife (Servicio Telefónico de la Orotava) y en el norte de Gran Canaria, que vivía un momento de gran pujanza económica gracias al cultivo del plátano. La red telefónica de Arucas, que poco a poco fue dando servicio a la zona de cultivos industriales, se conectó a la de Las Palmas a principios de 1909.
La deficiente red de carreteras del Archipiélago y la naturaleza perecedera de los productos fueron, según la investigación de Rafael Pérez, culpables de la vinculación entre las zonas de cultivos de exportación y los tendidos telefónicos en las tres islas dado que el transporte de mercancías a los puertos capitalinos se realizaba en pequeños buques de cabotaje que partían de una red de «puertillos» cercanos a los almacenes de las fincas agrícolas a los que había que avisar cuando llegaban los mercantes.
El parón de la Gran Guerra
Pero si en los primeros años del siglo XX las tres capitales con grandes puertos oceánicos vivieron un periodo de bonanza económica que favoreció el desarrollo de las comunicaciones telefónicas, la llegada de la Primera Guerra Mundial, el 28 de julio de 1914, con el subsiguiente bloqueo naval que trajo a Canarias un súbito descenso del tráfico marítimo del que dependían sus puertos, y la pérdida de mercados ya que, como detalla el ingeniero de telecomunicaciones, la fruta -principal artículo de exportación- pasó a ser un artículo de lujo que la sumió en una profunda crisis que afecto a la misma subsistencia de la población. Esto, sumado a la escasez de materiales telefónicos, considerados estratégicos por los contendientes, paralizó los planes de expansión y mejora de del servicio telefónico en las Islas, que centraron todos los esfuerzos en mantener las magras redes existentes.
Tras la contienda, la situación económica mejoró con lentitud. El tráfico marítimo no recuperó los valores previos a la guerra hasta 1923, y en cuanto a la telefonía, si bien en 1921 el número de terminales por habitante en Canarias estaba en la media nacional (3,7 teléfonos por cada 1.000 habitantes), este porcentaje solo era atribuible a la importancia del sector comercial y tampoco refleja la calidad del servicio, considerado en general como deplorable.
En Las Palmas de Gran Canaria, donde el Ayuntamiento ostentaba desde 1913 la explotación de la red telefónica, un informe municipal de 1919 sobre las condiciones técnico-económicas y la urgente necesidad de renovación de la red especificaba numerosos defectos, reclamaba inversión suficiente para subsanarlos, así como la creación de una central con capacidad para mil abonados (además de las ya existentes en León y Castillo y el Puerto de la Luz). En 1920, el departamento de Hacienda del consistorio informó favorablemente sobre la renovación de la red, para lo que fue necesario suscribir un empréstito dada la situación económica de la institución capitalina. Además, el Ayuntamiento no preveía extender la red a los municipios del sur de la isla. En esta tesitura, Correos y Telégrafos decidió expropiar la gestión del servicio en abril de 1922.
La situación de la isla de Tenerife era más halagüeña. El catedrático de la ULPGC explica que los cabildos insulares, creados en 1912, disponían de cierta autonomía financiera por su capacidad recaudatoria. La institución tinerfeña, heredera de gran parte de las instalaciones de la antigua diputación provincial, dispuso desde el principio de músculo financiero para acometer nuevas iniciativas, entre las que destacó la creación de una red telefónica insular para unir el Servicio Telefónico de Tenerife y el Servicio Telefónico de La Orotava y seguir conectando los distintos pueblos de la isla. El proyecto del cabildo para la red insular, que data de abril de 1914, fue autorizado por el Ministerio de Gobernación en diciembre de 1915. La guerra impidió su desarrollo, pero una vez acabada, cuando se dispuso de fondos y se pudo acceder a equipos de telecomunicaciones considerados estratégicos durante el conflicto, se acometió por fin el desarrollo de la red.
Las primeras líneas entraron en funcionamiento en septiembre de 1921, y en julio de 1922 se aprobó una ampliación inicial con la idea de crear un anillo insular completo que diera cobertura incluso a las «zonas oscuras» carentes de rentabilidad. Así, los núcleos pequeños o aislados se dotaron con uno o dos terminales en locutorios situados en viviendas particulares, bares y establecimientos públicos o comerciales: eran los teléfonos públicos de la época. Para 1926, hace ahora cien años, el servicio telefónico en Tenerife permeaba a casi todos los núcleos habitados de la isla, aunque la amplitud del despliegue, y su calidad desigual, creaba problemas de convivencia con las redes urbanas preexistentes, problemas que se exacerbaron a partir de la creación en 1924 de la Compañía Telefónica Nacional de España (CTNE).
Llegada de la CTNE
Cuando la dictadura de Primo de Rivera otorgó el monopolio del servicio a CTNE (la actual Movistar), esta asumió todas las redes canarias de titularidad estatal gestionadas por Correos y Telégrafos, incluidas la de Las Palmas de Gran Canaria, y pequeñas redes insulares en Fuerteventura, Lanzarote, La Palma y La Gomera. En 1925 la compañía aprobó la adquisición de las redes de Tenerife, La Orotava y Arucas (en Gran Canaria).
En el momento de la incorporación de las redes canarias, la red urbana de Las Palmas contaba con 560 abonados; la de Arucas unos 130; la Sociedad de Teléfonos de Tenerife tenía 930 y otros 250 la de La Orotava; Lanzarote rondaba los 50 abonados y La Palma contaba con 130. Y aunque para la CTNE era prioritario acometer la renovación y mejora de los tendidos urbanos, en los primeros ejercicios, se produjo un descenso en el número de usuarios tanto por el lamentable estado de las líneas como, sobre todo, por la subida de tarifas que, en Canarias, fue cercana al 100%: el abono mensual pasaba a costar 25 pesetas.
Durante esos años, aparte de Gran Canaria y Tenerife, en las otras islas solo puede hablarse de redes telefónicas en Lanzarote y La Palma. Cuando se produjo la proclamación de la II República (el 14 de abril de 1931), la red telefónica en Canarias seguía siendo pequeña y fundamentalmente manual, dando solo servicio a los núcleos urbanos salvo en el caso de Tenerife. Pero en ese periodo de cambio político se produjo un hecho de gran trascendencia: la conexión entre las dos islas capitalinas y el enlace con la Península y el resto del mundo.
El fin del aislamiento
Desde el final de la Gran Guerra una línea de trabajo contemplaba las conexiones interinsular y peninsular, un reto muy complejo a nivel técnico para el que se proponían dos alternativas: el tendido de cable submarino (inviable salvo para tramos cortos entre islas) o la radiotelefonía (complicada por la inestabilidad de los canales atmosféricos).
En 1919, pese a los avances técnicos de la telefonía sin hilos y las propuestas comerciales para establecer un enlace radiotelefónico entre Gran Canaria y Tenerife, los cabildos de las dos islas decidieron en principio apostar por la recomposición del viejo cable interinsular (instalado en 1883). A la vez, la corporación tinerfeña solicitó a Fomento un estudio sobre la conveniencia de establecer la radiotelefonía, solución que en 1921 el ministerio consideró la mejor técnicamente, pero acordando que se debía «esperar a que se perfeccione dicho invento».
Una de las primeras acciones de la Compañía Telefónica Nacional tras la concesión del monopolio del servicio en Canarias fue establecer en 1924, durante la guerra del Rif, la comunicación telefónica entre Madrid y Tetuán (Marruecos) utilizando los cables telegráficos entre Algeciras y Ceuta, hecho que abrió la puerta a la rehabilitación de estas infraestructuras en desuso. En mayo de 1927, previo al desembarco de Alhucemas, Telefónica planteó tender un cable submarino propio, de 19,7 millas náuticas de longitud entre la Península y Ceuta y otro de 39,7 millas entre Santa Cruz de Tenerife y la playa de Sardina (Gáldar), que posibilitara la comunicación entre Tenerife y Gran Canaria y sirviera de soporte para el servicio con la Península que proporcionaría una estación de radiotelefonía instalada en cualquiera de las dos islas. Aunque la telefonía sin hilos ya era una realidad comercial en 1927, su puesta en funcionamiento se retrasó en Canarias hasta enero de 1931, debido principalmente a la mala situación económica internacional.
La CTNE justificaba la necesidad del cable por la importancia de los puertos de las dos islas, «principales centros de comercio en Canarias» y escalas entre Europa, América del Sur y Sudáfrica.
La compañía decidió instalar ambos cables (Algeciras-Ceuta y Tenerife-Gran Canaria) de manera simultánea. El modelo, igual para las dos infraestructura submarinas, consistía en un solo núcleo central rodeado por cintas de cobre y recubierto de gutapercha, un material termoplástico, flexible e insoluble derivado de la resina natural que era el componente más caro.
El cable canario fue tendido por el CS Dominia, entre el 20 y el 24 de septiembre de 1929, en una operación que contó con un presupuesto total de 1.250.000 pesetas. La inauguración del cable, justo un mes después, se materializó en un acto paralelo en ambas islas con intervención de los gobernadores militares y civiles, los alcaldes y otros altos funcionarios.
El siguiente reto de Telefónica era conseguir la comunicación de Canarias con el conjunto de España y las redes europeas y trasatlánticas además de, utilizar una estación radiotelefónica en las Islas como paso intermedio para la conexión de la Península con Sudamérica o África. La conectividad entre el Archipiélago y la Península era un objetivo estratégico para la compañía y solo faltaba decidir la localización exacta de la estación, finalmente ubicada en El Tablero, en La Laguna, en terrenos cedidos por el Cabildo.
La puesta en servicio tuvo lugar el 22 de enero de 1931, simultáneamente en ambas islas, permitiendo conectar la red canaria a la Península y los enlaces internacionales de la CTNE. Así, concluye Rafael Pérez, Canarias entraba en la época republicana estando, por primera vez, no sólo conectada por medios tradicionales como el telégrafo, el barco y, de forma incipiente, el avión, sino en disposición de poder mantener conversaciones radiotelefónicas o seguir los acontecimientos internacionales a través de la radiofonía. 1931 supuso, por tanto, el final del aislamiento de Canarias en materia de telecomunicaciones.
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