Cálculo, razón y ética: de Pitágoras a la justicia social
Cuatro grandes pensadores han ilustrado a lo largo de la historia cómo el rigor matemático se convierte en un imperativo moral

De izquierda a derecha, Hogben, Pitágoras, Leibniz y Laplace. / FHG-IA
Fernando Hernández Guarch
La búsqueda de una conducta recta, la verdad objetiva y una sociedad justa ha estado íntimamente ligada a la capacidad humana de cuantificar. Este vínculo no es meramente metodológico; sitúa al cálculo y la medida como el andamiaje donde se sostienen la razón y la ética. A lo largo de la historia, cuatro pensadores ilustran cómo el rigor matemático se convierte en un imperativo moral.
Pitágoras (c. 570 a. C.). Para la escuela pitagórica, el universo es número. Bajo esta premisa, se le atribuye la máxima: «Todos nuestros errores son errores de cálculo». Aquí, el error moral no se entiende como un pecado de la voluntad, sino como una desviación del orden numérico universal. Vivir rectamente es, en esencia, resolver correctamente la ecuación de la existencia. El cálculo funciona como la herramienta de autocorrección para alinear el alma con la armonía del cosmos.
Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716). Con su famoso «Calculemus», Leibniz propuso que las disputas éticas y legales podrían resolverse con la precisión de un algoritmo. Para él, la mayoría de las faltas provienen de una visión parcial de las consecuencias. Un sistema lógico-matemático permitiría visualizar la «arquitectura total» de una acción. La ética, entonces, deja de ser una opinión subjetiva para integrarse en la estructura racional del mundo.
Pierre-Simon Laplace (1749-1827). «El espíritu tiene sus ilusiones que se corrigen por la reflexión y el cálculo». Laplace identificó la mente humana como un sistema propenso al prejuicio y la superstición. El cálculo de probabilidades y el análisis actúan como un filtro correctivo, separando la distorsión subjetiva de la verdad verificable. El cálculo es el árbitro que desmantela la ilusión en favor de la objetividad.
Lancelot Hogben (1895-1975). Traslada el cálculo a la esfera política: «Sin un conocimiento de las matemáticas no podemos planificar una sociedad con ocio para todos y pobreza para nadie». Ve la injusticia social como un «error de cálculo» sistémico. La justicia deja de ser un deseo romántico para convertirse en un problema de estadística, demografía y economía. El cálculo es la tecnología punta para transformar ideales éticos en realidades equitativas.
Ética de la razón
El progreso de la civilización se puede precisar, en gran medida, por su capacidad de reemplazar la conjetura por la certidumbre. En esencia, desde la antigüedad hasta la modernidad, el ser humano ha comprendido que la capacidad de cuantificar le da la posibilidad de mejorar la realidad. El cálculo y la medida son la ética operativa de la razón.
Esta perspectiva se enfrenta, sin embargo, a un límite crucial: la realidad de la racionalidad limitada. La aplicación de la racionalidad instrumental clásica a la ética social exige un conocimiento holístico y una capacidad ilimitada de procesamiento para la optimización y la mejora, lo que sencillamente es imposible y no se da en la realidad. La aplicación del cálculo a la esfera social (compuestas por una infinidad de causas y personas) no puede basarse en la premisa defectuosa de un conocimiento y una capacidad insuficientes, ya que, inevitablemente, produce resultados que son, en el mejor de los casos, simplificaciones burdas de una realidad compleja.
Por otra parte, ¿se puede realmente poner un número al sufrimiento o a la dignidad humana? ¿Se puede actuar sin tener en cuenta principios morales heredados, bien sean sociológicos, religiosos o de otro tipo? Esto indica que el método de razonamiento técnico-instrumental -propio del cálculo- es fundamentalmente inapropiado para determinar asuntos morales.
¿Qué se puede hacer? Los principios que rigen la estructura básica de la sociedad (los derechos y las libertades fundamentales) deben ser establecidos antes y con independencia de cualquier concepción agregada del bienestar o de lo bueno y lo útil. Esta prioridad protege la inviolabilidad de la persona, negando la posibilidad de que la maximización del bienestar total justifique el detrimento de un individuo o minoría.
En conclusión, si bien el cálculo y la razón son herramientas insustituibles para la eficiencia, la objetividad y la planificación social, deben operar siempre dentro del marco de la justicia fundamental y de la voluntad de las personas a las que afectan. Lo deben hacer los encargados de tomar las decisiones y también sin despreciar la ayuda que pueda venir de los algoritmos que se programen en la Inteligencia Artificial. Esta prioridad protege la inviolabilidad de la persona, negando la posibilidad de que la maximización del bienestar total justifique el detrimento de un individuo o minoría.
En cualquier caso, no hay duda que un análisis racional de nuestras acciones mejora la ética de nuestras decisiones sí le damos prioridad a lo bueno y lo justo. Por eso son tan importantes los profesores de Matemáticas.
Gracias a todos los que se dedican a esta difícil tarea, con motivo precisamente del Día Internacional de la Matemática que se celebró ayer.
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