El emérito y su exyerno se lo saben de memorias
Apenas dos meses después de la publicación en España de ‘Reconciliación’, Iñaki Urdangarin da la contrarréplica a su exsuegro con un libro destinado a limpiar su imagen

Fragmento de las portada de las memorias de Juan Carlos I.
María José Iglesias
«Mi padre siempre me aconsejó que no escribiera mis memorias. Los reyes no se confiesan. Y menos, públicamente. Sus secretos permanecen sepultados en la penumbra de los palacios». Juan Carlos de Borbón y Borbón (Roma, 1938), primer rey de la España democrática, desde 1975 a 2014, el niño que creció en el exilio de Roma, Suiza y Portugal, y luego el joven príncipe que vivió en España a merced de los deseos de Franco, ha desobedecido a su padre y cuenta su versión de una vida dedicada a España, plagada de episodios personales poco edificantes, aunque no tan diferentes de los que pueden llegar a tener lugar en la existencia de un simple mortal.
Lo hace orillando toda la tradición que le precede y de la que es depositario. El gesto da idea de la rabia y la impotencia que a sus 88 años, el exrey de España siente en estos momentos en el exilio de Abu Dabi, donde, si nada o nadie lo remedia, puede acabar sus días. Reconciliación, el libro de don Juan Carlos (Planeta), redactado por su biógrafa y rendida admiradora, la periodista y escritora francesa Laurence Debray, se publicó en España el pasado diciembre y desde entonces permanece en la lista de los más vendidos. Y si eso de que un rey cuente su vida no tiene un pase entre los Royal (recordemos esa frase de Isabel II del Reino Unido: «Never explain, never complain», «Nunca te expliques, nunca te quejes»), menos aún se acepta que un exmiembro de la familia real relate sus vivencias, en este caso, con poco más de dos meses de diferencia. La semana pasada vieron la luz las memorias de Iñaki Urdangarin, exyerno del Rey, dispuesto a rehabilitar su imagen tras su estancia en prisión y la traición a su esposa, la infanta Cristina, materializada en unas fotos publicadas en la revista Lecturas, paseando de la mano con la nueva ilusión de su vida, que encontró cuando trabajaba en un despacho de abogados de Vitoria.

Fragmento de la portada de las memorias de Urdangarín. / PI
Ambas memorias, aunque muy diferentes en escala y en contexto, comparten un punto: ambas buscan reclamar su relato, frente a una percepción pública que consideran injusta o incompleta. El propio exrey lo reconoce así y explica que ha decidido romper con esa tradición porque siente que su historia está siendo «robada» o distorsionada por otros medios y por el paso del tiempo.
El libro del emérito aporta algún detalle nuevo sobre la infancia en Portugal y Suiza, la estrecha relación con su abuela la reina Victoria Eugenia, y con sus primos, entre ellos, Alfonso de Borbón y Dampierre, que llegó a casarse con Carmen Martínez-Bordiu, la nieta favorita de Franco. Tampoco obvia Juan Carlos la inquietante etapa de estudiante en España, bajo la tutela de régimen, años duros en los que el exmonarca, igual que le ha pasado en muchos momentos de su vida, tuvo que navegar entre varias lealtades. El padre de Felipe VI expresa por primera vez su profundo dolor por la muerte accidental del infante Alfonso, aunque tampoco detalla cómo sucedió aquel trágico accidente con un arma cargada, en el cuarto de juegos de Villa Giralda, la casa de los Borbón en Estoril, bautizada así por su madre, doña María de las Mercedes de Borbón y Orleans, sevillana hasta la médula.
Aunque más que aclarar aspectos de la vida personal a Juan Carlos I le interesa destacar su papel en la Transición democrática y en la defensa de la unidad de España como legado histórico. También expresa su indignación por cómo se trató mediáticamente el llamado Caso Nóos, el escándalo que afectó a Urdangarin y a la infanta Cristina, calificando la imputación de su hija como un ataque deliberado. En ese punto, el libro enlaza con el de su exyerno, que en ningún momento tiene una mala palabra hacia él.
Tal vez la parte más delicada del texto pulido por Debray sean los pasajes en los que el emérito habla de su relación con Felipe VI, hijo y heredero, y con su nuera, Letizia Ortiz, reina de España, a la que llega a acusar de no ayudar a la cohesión familiar y de cortar puentes.
Torcuato
Entre los muchos personajes que desfilan por Reconciliación destaca la figura del gijonés Torcuato Fernández-Miranda, profesor de Derecho Político del joven príncipe al que Franco no permitió estudiar en la Universidad de Salamanca, como era el deseo del conde de Barcelona. «No necesitará libros para aprender, la vida le dará los que necesita», aconsejó a don Juan Carlos el jurista que diseñó (de la ley a la ley), el encaje legal de la Transición de la dictadura franquista a la democracia. Fernández-Miranda, Rector de la Universidad de Oviedo, antes de convertirse en ministro secretario general del Movimiento, advirtió al que aún no estaba reconocido como sucesor de Franco en la jefatura del Estado que tendría que caminar por la cuerda floja, como un funambulista. El monarca habrá recordado a menudo esas palabras del hombre al que define como «de talante frío y serio, con un oculto sentido del humor cáustico», por el que sintió un sincero aprecio, demostrado con el ducado que le otorgó en 1977.
En el terreno personal, Juan Carlos I minimiza sus «deslices sentimentales» y habla maravillas de la reina Sofía, «Sofi», con la que se casó en Atenas en 1962. La relación con Corinna Larsen fue un «error» que lamenta profundamente, calificándola de «nociva» para su reinado y reputación, aunque sin mencionarla por su nombre en la mayoría de los fragmentos. El emérito admite que esta relación dañó su imagen ante los españoles, pero subraya que no interfirió en sus labores de Estado.
También trata de rescatar la figura de la monarquía como instrumento de cohesión nacional, haciendo un llamamiento indirecto al apoyo hacia su hijo Felipe VI, del que sigue esperando un acercamiento, demorado en el tiempo y en el espacio.
El exduque, decepcionado
Y justo ahora, cuando también se discute la idoneidad de que Juan Carlos I regresé a España para pasar sus última etapa de vida, el exduque de Palma irrumpe como una especie de contrarréplica al libro de su exsuegro, en otro intento de rehabilitar una imagen deteriorada, primero por la condena de cárcel por el caso Nóos, y posteriormente por el abrupto fin de su matrimonio con la infanta Cristina. En Todo lo vivido: triunfos, derrotas y aprendizajes (Grijalbo), el exjugador internacional de balonmano pretende contar su historia «con su propia voz», tratando de ser cauto en sus valoraciones sobre la monarquía (en todo momento habla bien de su exsuegro y de su exmujer), aunque sin ocultar la decepción que sintió por cómo evolucionaron los vínculos familiares. Urdangarin describe como «cercana» la relación que tuvo con Felipe VI, al que consideraba un amigo. Los vínculos se deterioraron tras el estallido del caso Nóos y su condena. Con el tiempo comprendió que «encajar no es lo mismo que pertenecer». Y mientras Urdangarin reconstruye su vida, el monarca, en el crepúsculo de la suya y lejos de su familia, se dispone a hacer su última confesión. «No tengo derecho a llorar», dice, al menos reivindica el derecho a buscar esa reconciliación con el país al que aprendió a amar desde niño.
Suscríbete para seguir leyendo
- Santa Cruz de Tenerife abrirá en septiembre el espacio deportivo y lúdico inspirado en el hangar del Air Force One de Donald Trump
- Tratar mal a los empleados públicos en Santa Cruz de Tenerife tiene consecuencias: multas y acceso denegado
- El Tenerife logra un empate 'in extremis' en Vigo con pinta de ascenso
- Muere un motorista en un accidente de tráfico en la autopista del norte de Tenerife
- El alirón del CD Tenerife se retrasa, pero sigue cerca
- Dos bomberos de Tenerife resultan heridos al intervenir en un incendio
- Los vecinos de Anaga toman los pasos de peatones de Cruz del Carmen para bloquear el tráfico: “No nos van a callar”
- Un fallo en el parapente, principal hipótesis del accidente en el que murió una joven en Tenerife