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Una joya costosa de pulir

EEUU estima que Venezuela concentra más de 300.000 millones de barriles de petróleo. Pero, frente al entusiasmo de Trump, los expertos recuerdan que poner la industria venezolana al día podría requerir una inversión de 250.000 millones de dólares

Una joya costosa de pulir

Una joya costosa de pulir / Associated Press/LaPresse

Abel Gilbert

«Tiene más petróleo incluso que Arabia Saudí», dijo entusiasmado Donald Trump. El magnate y presidente de Estados Unidos no hizo más que reactivar en su clave de apropiación personal el mito venezolano del siglo XX. Más que un país, un yacimiento, la fuente de la riqueza y la imaginación.

Los velos se corrieron de inmediato después del 3 de enero. Trump se había presentado antes como el adalid de la lucha contra el narcotráfico y hundió lanchas en el Caribe sur. Al mismo tiempo, prometía la restauración democrática en un país dominado por un cartel fantasioso, como terminó de reconocer el mismo departamento de Justicia de EEUU. Todo fue más simple y oscuro: se trataba de los hidrocarburos de la gran reserva mundial. Podría haber dicho: «Es el petróleo, estúpido». Los acontecimientos políticos y económicos venezolanos siempre estuvieron dominados por esa frase sentenciosa. Su dependencia ha sido crucial al punto de explicar el 94% de las exportaciones venezolanas. Ahora es Trump el que quiere que todo siga igual a partir del manejo personal del negocio, después de haber obligado a un madurismo descabezado a sentarse a negociar.

La enorme riqueza del subsuelo ha tenido siempre como contracara la figura de un Estado rentista que tiene una estructura impositiva mínima. Solo recauda a partir de lo que vende al exterior. Y como el petróleo mana en cantidades exorbitantes, el litro de gasolina cuesta 0,035 centavos de dólar. El antropólogo Fernando Coronil habló dos décadas atrás de la existencia de un «Estado mágico» y «prestidigitador» que siempre marca el ritmo de las expectativas a partir del crudo que fluye en los ductos y hacia los buques.

En los años 70, el presidente Carlos Andrés Pérez nacionalizó la industria con su proyecto de una «Gran Venezuela», aunque se habló de una «Venezuela saudí». A partir de 1999 Hugo Chávez apeló al «Estado mágico» y un precio del barril que saltaba por los aires para promover el «socialismo del siglo XXI». Ahora las promesas cambian de signo, es Trump quien se presenta como el augur de las nuevas gratificaciones. Y otra vez surge la analogía con Riad. El «reinado» no se extiende en este caso sobre un desierto. El magnate imagina a su centro de decisiones y usufructo en Washington.

16% reservas globales

EEUU estima que Venezuela concentra más de 300.000 millones de barriles de crudo, lo que representa más del 16% de las reservas globales. Sin embargo, el ritmo de producción no alcanza el 1% del suministro mundial al haber pasado de los 3,5 millones de barriles diarios en 1999, al asumir Chávez, a menos del millón de barriles actuales. Ese declive ha sido explicado por una combinación de factores: las sanciones norteamericanas y un manejo interno desastroso de la industria: la mayoría de los gerentes de PDVSA se encuentran presos por corruptos.

Las exportaciones de crudo venezolano a EEUU alcanzaron un máximo de 1,4 millones de barriles diarios en 1997. Esa cifra representaba el 44% de la producción del país sudamericano. El envío disminuyó gradualmente hasta los 506.000 barriles diarios en 2018. Ni una gota entró en el período 2020-22, después de que Trump impusiera su batería de sanciones para echar a Maduro. Pero eso no ocurrió. En 2024, en virtud de los acuerdos entre Joe Biden y Caracas para la realización de elecciones que nunca se cumplieron cabalmente, Chevron volvió a operar y se llegaron a exportar hasta 227.000 bpd en 2024.

La gestión interina de Delcy Rodríguez y el acuerdo labrado a partir del uso de la fuerza han modificado el panorama. «Todas las grandes petroleras están entrando con nosotros. Es algo hermoso de ver. El liderazgo del país fue muy bueno, muy inteligente», señaló Trump la semana pasada sobre el actual Gobierno, convencido de que será el restaurador de la dinámica preexistente al chavismo. El secretario de Energía de EEUU, Chris Wright, estimó que la producción podría aumentar un 30% desde los niveles actuales en un corto a medio plazo.

A partir de esta nueva realidad política se espera en principio que las exportaciones destinadas a China lleguen a las refinerías de la costa del Golfo de Estados Unidos construidas hace décadas para procesar crudo pesado que se extrae de Venezuela y se transforma en gasolina, diésel y combustible para aviones. Ese petróleo no solo es muy denso y de un alto contenido en azufre: el transporte es más costoso y requiere maquinaria especializada para su refinamiento. Ese crudo interesa particularmente a EEUU porque se encuentra limitado en los mercados internacionales a partir de las sanciones a Rusia.

Pero una cosa es prometer que el petróleo «volverá a fluir» y otra que este «fluya». La diferencia no solo se mide en tiempos verbales. Los especialistas recuerdan que poner a la industria venezolana al día podría requerir una inversión de 250.000 millones de dólares. Y eso, si ocurre, solo puede ser de manera gradual.

El primer tramo del acuerdo bilateral ha sido por 500 millones de dólares. Caracas asegura haber recibido 300. No deja de ser una ironía que Rodríguez sea a estas alturas la garante de los planes personales de Trump.

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