Enterrar una lata con un «monstruo» dentro
Prohibida y perseguida, en la década de 1930 se pierde la pista en Gran Canaria de la copia de ‘La Edad de Oro’, de Buñuel, traída a Tenerife por André Breton y enviada cinco años más tarde a la capital grancanaria donde Agustín Espinosa, temeroso, la entierra

Enterrar una lata con un «monstruo» dentro
Joya y tesoro para unos mientras que otros la calificaban de monstruosa y herética, una lata con los negativos de La Edad de Oro (Luis Buñuel, 1930) permanece enterrada en algún lugar de Canarias desde hace más de 80 años. No es una copia cualquiera sino la que el escritor francés André Bretón en 1935 entrega para su proyección en Tenerife dentro de la II Exposición Internacional del Surrealismo y que desde su llegada al Archipiélago se convirtió en un problema debido a las críticas de los sectores más conservadores de la sociedad y la campaña demonizadora llevada a cabo por la iglesia contra ese largometraje considerado uno de los pilares de dicho movimiento cultural. Tras el alzamiento militar de Franco y sobre todo después de ganar la Guerra Civil española e implantar un régimen dictatorial basado en el nacionalcatolicismo, poseer la película donde Buñuel mostraba a Jesucristo visitando un cabaré pasó a ser un asunto que podía suponer pena de cárcel e incluso pena de muerte a quien pillasen con ella. Es entonces, en 1935, cuando aquella lata con los negativos de La Edad de Oro se convirtió en una peligro que nadie quería asumir ante la brutalidad represora del régimen impuesto por el dictador y la película es enviada por correo a Gran Canaria. Es precisamente ahí donde arranca esta historia propia del guión de un thriller de terror con tintes surrealistas.
Pocas veces una película de 63 minutos de duración ha dado para tanto. Mucho menos aún que entre sus protagonistas figuren destacados fotógrafos, uno de los padres del surrealismo, un sacerdote, espías nazis, cineastas, una guagua y un importante escritor como el tinerfeño Agustín Espinosa además de que todo el relato transcurre durante una dictadura militar, su escenario es un bello Archipiélago atlántico bañado por el sol y el bramido del mar haciendo las veces de banda sonora.
El miedo dominaba el ambiente tras abrirse paso frente a la incertidumbre inicial generada por lo que sucedería en España después del triunfo franquista en la Guerra Civil, una duda aclarada por parte de los acólitos del dictador con suma premura a base de efectuar detenciones en plena noche, hacer desaparecer a quienes estuvieron vinculados a la Segunda República, los curas chivándose (mintiendo en muchos casos) acerca de ciudadanos con ideales de izquierda, escritores y artistas que acabaron condenados en juicios carentes de cualquier tipo de garantía legal o, entre otros enemigos de esa nueva España resultante basada en los postulados nacionalcatolicistas, miembros en las Islas de las logias masónicas a quienes en un artículo del diario Gaceta de Tenerife relacionaban con la película de Luis Buñuel: «La edad de oro’ es el nuevo veneno de que se quieren valer el judaísmo, la masonería y el sectarismo rabiosos y revolucionario para corromper al pueblo».
Es muy probable que Agustín Espinosa, director entonces del Instituto Pérez Galdós de Las Palmas de Gran Canaria, recordara esa frase durante su trayecto en guagua aquella mañana de la primavera de finales de la década de 1930. El escritor y docente sabía ya cómo se las gastaban los seguidores del general golpista Francisco Franco así que es fácil imaginar su miedo cuando a bordo del pirata -nombre con el cual se denominaba popularmente ese transporte público- descubre sentado sólo unos asientos detrás del suyo al sacerdote Manuel Socorro, profesor asimismo del centro que dirigía Espinosa, quien en los primeros meses de la contienda lo había denunciado provocando su cese el 16 de septiembre de 1936.
María Ángeles Alemán Gómez, profesora titular de Historia del Arte en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y doctora en Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid, rememora en el texto Un relato envenenado, basado en acontecimientos reales y donde también echa mano de la ficción, los sucesos que rodearon el destino final de la caja metálica con La Edad de Oro en su interior.
Agustín Espinosa «se sentía amenazado y no sabía ya qué hacer para evitar las malas artes de aquel hombre envidioso y mezquino (...) Miró su gastado maletín del instituto, en el que llevaba la película (...) Esa cinta se había convertido en un problema y no sabía qué hacer. El pequeño autobús se detuvo. Agustín bajó de un salto y mientras se ajustaba bien el sombrero miró la luna posterior del vehículo. Distinguió entonces la cabeza tonsurada y el cuello de la sotana de su peor enemigo. No se había dado cuenta de que estaba sentado detrás de él. Sintió un escalofrío», cuenta.
El tinerfeño baja de la guagua en Tafira, un lugar en aquella década muy diferente al actual con escasas construcciones en ese entonces salpicadas en medio de un enorme y solitario vergel ideal para deshacerse de la peligrosa lata que contenía la «mostruosa» película de Luis Buñuel con «asqueroso y repudiable desarrollo y argumento», según describe Gaceta de Tenerife un guion firmado por el propio manchego junto al pintor Salvador Dalí. Nadie sabe si fue en el preciso momento de apearse del pirata o si el escritor prefirió esperar la llegada de la noche pero lo cierto es que ese día se pierde definitivamente la pista de aquel regalo traído por André Breton a la tierra de su amigo el pintor tinerfeño Óscar Domínguez.
El periplo de aquel rollo de negativo y cómo llega desde Santa Cruz de Tenerife a manos de Espinosa en Las Palmas de Gran Canaria añade más ingredientes novelescos al recorrido del largometraje del cineasta español que es quien, por petición de Breton, le envía personalmente al autor francés aquella copia de La Edad de Oro para su proyección en la II Exposición Internacional del Surrealismo que se celebraba en la capital tinerfeña.
Habría que rebobinar 48 horas para determinar cuándo, cómo y a quién le llega a Gran Canaria aquel rollo de película de Buñuel. Y es también en este momento del relato cuando un filonazi alemán y un compatriota suyo entran en acción. Kurt Hermann, residente en la capital grancanaria, era un nazi convencido que durante los últimos años previos a la victoria de los militares en la Guerra Civil había mantenido un perfil más o menos discreto con respecto a su afinidad a los ideales de Hitler en su país.
«’La Edad de Oro’ es el nuevo veneno del que se quieren valer el judaísmo, la masonería y el sectarismo rabiosos y revolucionario para corromper al pueblo», publicó el diario Gaceta de Tenerife para impedir el estreno del film
El otro protagonista de esa parte de los hechos acaecidos en torno a la lata con La Edad de Oro era el también alemán Teodoro Maisch, brillante fotógrafo miembro de la logia masónica Andamana de Las Palmas de Gran Canaria y la persona que recibe por correo aquella mañana en su estudio de León y Castillo un misterioso paquete que decide mantener oculto hasta el cierre de su negocio para no levantar sospechas.
«Teodoro Maisch no se sentía seguro», cuenta Ángeles Alemán. «Así que cuando recibió, en una mañana de abril, un paquete remitido desde Tenerife, intuyó que podía ser comprometedor. Tuvo que esperar hasta la caída de la tarde para quedarse solo en el estudio y entonces, después de cerrar bien la puerta, entró en el cuarto oscuro donde revelaba sus fotografías. Desenvolvió con cuidado el paquete de papel marrón, sacando la caja metálica que había dentro. Con su mirada de experto supo de inmediato lo que tenía en sus manos: la copia de La Edad de Oro».
Teodoro Maisch sabía, porque alguien se lo había dicho y porque interpretaba bien las miradas, que su estudio no era un lugar seguro. «Al día siguiente, antes de amanecer», prosigue la profesora titular de Historia del Arte en la ULPGC y doctora en Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid, «metió en una bolsa la caja metálica y subió despacio la calle Bravo Murillo dirigiéndose al Instituto de Las Palmas donde estaba la única persona a la que podía pedir ayuda (...) Al cabo de un rato vio llegar al director, el flaco y nervioso Agustín Espinosa, caminando ligero. Teodoro Maisch se le acercó y ambos entraron en el instituto. Poco después el fotógrafo salió descargado de su preocupación y de la película y Agustín Espinosa se dirigió tranquilo a dar la primera clase de la mañana» hasta que ya por la tarde toma aquella guagua mencionada con anterioridad en dirección a Tafira.
Aunque esa es otra historia, Maisch acabaría falleciendo meses más tarde a raíz de la paliza que tras ser detenido por un chivatazo del nazi Hermann recibe a manos de la policía militar bajo la acusación de ser masón.
Como sucede en las grandes historias y volviendo al destino de la «monstruosa» película que se ocultaba en aquella lata, es Ángeles Alemán quien sugiere un hecho que da un inesperado giro de guion basado, a falta de datos, más en su intuición y conocimiento tras años de investigación sobre el paradero en Canarias de La Edad de Oro.
«En Un relato envenenado yo usé la figura del escultor, ebanista y líder de opinión grancanario Juan Márquez convertido en Andrés Peñate porque en un momento determinado es su hija Maru Márquez, que vive en Francia, quien me sugiere si quizá Eduardo Westerdahl y Oramas», pintor, crítico de arte y escritor tinerfeño, «vinculó a Teodoro Maisch y Agustín Espinosa con la recepción y posterior ocultación de la lata de película» para desviar la atención sobre la persona que verdaderamente recibe y entierra el film en algún lugar de Tafira.
«Los Westerdahl, que aunque tinerfeños tenían casa en la zona laspalmense del Madroñal, mantenían una estrecha amistad con Juan Márquez y podrían haber ideado la hasta ahora asumida versión oficial como cortina de humo para protegerlo», añade Ángeles Alemán sobre un personaje que durante su etapa en París no sólo entabló amistad con Luis Buñuel sino que ayudó al director a conseguir una finca donde rodar algunas escenas de Un perro andaluz, film del manchego en la cual Juan Márquez participó como extra.
Sean o no ciertas las distintas versiones que circulan sobre el periplo canario de La Edad de Oro, lo único seguro es que más de ocho décadas después aquella lata continúa enterrada supuestamente en algún lugar de la periferia de la capital grancanaria ajena a la leyenda surgida en torno a ella con gusanos, ratones, cucarachas y hormigas como privilegiados -y surrealistas- espectadores.
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