El largo peregrinar de los menceyes destronados
Tras la conquista de Tenerife, el capitán Alonso Fernández de Lugo llevó ante los Reyes Católicos a los siete últimos monarcas guanches que fueron bautizados en el pueblo soriano de Almazán. Una placa en el exterior de la iglesia de San Miguel lo recoge

Las esculturas de los reyes guanches pueden verse en la plaza de Candelaria.
La plaza señorial del pueblo de Almazán, en la despoblada Soria, mantiene las costuras de un pasado glorioso. Llama la atención las casonas, los palacetes, la ristra de nombres ilustres, caballeros con armadura, y la iglesia de San Miguel: con sus muros rebosantes y las barras de hierro que parecen impedir el paso, o las miradas. Y de pronto, sobre una pared, una placa recuerda que en ese templo de origen románico y que se empezó a construir en el siglo XII, fueron bautizados siete menceyes guanches en presencia de los monarcas castellanos y de un gran número de señores de la corte, entre ellos el embajador de Italia, Francesco Capello, quien terminó por llevarse hasta Venecia, como obsequio de los Reyes Católicos, a uno de aquellos menceyes de Tenerife.
En el libro La conquista de Tenerife de Antonio Rumeu de Armas se cuenta con detalle cómo una vez acabada la conquista de la isla, el entonces capitán y conquistador Alonso Fernández de Lugo decide llevar ante la corte de los Reyes Católicos, que en abril de 1495 se encontraba en Almazán, a aquellos últimos reyes destronados.
En un largo y penoso peregrinaje, los reyes cautivos partieron desde el puerto de Santa Cruz con destino al puerto de Santa María donde los navíos descargaron la regia comitiva. Después en una jornada alcanzaron Sevilla: «La capital bética era, además, el paso obligado para alcanzar por Córdoba y La Mancha, los caminos reales de la Castilla fronteriza, donde según sus informes residía temporalmente la Corte».
Rumeu describe esta singladura como ese largo peregrinar de los menceyes guanches por mares y tierras desconocidas, por esos paisajes de contrastes: «Ubérrimas campiñas y desolados páramos, ingentes cordilleras, e insondables llanuras, ricas ciudades y humildes caseríos, hasta que en este vagar ininterrumpido un día aparecieron ante sus ojos las ingentes y pétreas murallas de Almazán, la villa guerrera y mística de las torres albarranas y las torres campanarios. Siete puertas se abrían en el reciente mural de la villa...y por una de ellas, envueltos en sus peludos tamarcos, pálidos los rostros y humildes las cervices, penetraron en Almazán los siete reyes de Tenerife».
Y aquellos hombres de porte recio, de piel clara, con barba y vestidos con su habitual indumentaria: el tamarco: hecho de piel de cabra, en verano con el pelo de la piel afuera, y en invierno, adentro, provocaron de inmediato la admiración cortesana. Sin duda, no esperaban que los reyes destronados procedentes de las islas Canarias tuvieron aquel aspecto.
El Gran Tinerfe
Al tratar la presencia de los menceyes en la Corte de los Reyes Católicos, el investigador Rumeu de Armas recoge la versión de otros autores que llegan a hablar de nueve reyes, en clara referencia a los hijos que tuvo el mencey Gran Tinerfe, y que serían los herederos y jefes de los distintos menceyatos de Tenerife cuando ponen los pies en la isla los soldados del conquistador Alonso de Lugo. Así lo hacen tanto Núñez de la Peña como Viera y Clavijo, aunque esta información sobre la llegada a la villa soriana de nueve menceyes no se ha podido comprobar, y sí la que sostiene la presencia en Almazán de siete reyes guanches.
En cuanto a la obligada cristianización, el investigador Rumeu de Armas sostiene que por tradición histórica y como muestra de sumisión y entrega al conquistador, los reyes destronados eran bautizados en presencia de los monarcas vencedores. Y existen otros ejemplos anteriores que validan y dan certeza a esta tesis, y se cita al bautismo en Madrid del rey o guanarteme de Gáldar, Tenesor Semidán, por el cardenal González de Mendoza y en presencia de los Reyes Católicos, después recibiría el nombre de Fernando Guanarteme.
Por lo tanto, señala Antonio Rumeu de Armas, «no es inverosímil suponer que en Almazán recibieron las aguas del bautismo los reyes guanches de Tenerife. Es más, si Fernando Guanarteme fue apadrinado por el rey católico no es aventurado creer que diversos magnates y grandes de la Corte apadrinasen a seis de los reyes destronados de la mítica isla del Infierno».
Entre los asistentes a este acto solemne, y con el atractivo añadido de poder ver de cerca a aquellos hombres barbudos y fornidos, se encontraba el embajador italiano, Francesco Capello, quién en una carta de la que se tiene constancia, refiriéndose al mencey que llevará hasta Venecia como regalo de los monarcas castellanos cuenta que «si bien el rey guanche que llevaba consigo ignoraba las lenguas cristianas, sí había sido bautizado». En esta reseña se confirma que los últimos reyes destronados de la isla de Tenerife sí fueron bautizados en la población soriana de Almazán. Y que uno de ellos, «el de mejor porte» acabará sus días en Padua, después de ser paseado por las calles de Venecia para disfrute y aspavientos de sus gentes.
¿Cómo acabaron?
Después de rendir pleitesía a los Reyes Católicos y ser bautizados en la iglesia de San Miguel, seis de los siete reyes destronados de Tenerife pudieron haber vuelto a las islas, aunque solo de cuatro hay certeza. Los documentos que registran este regreso a casa no recogen las vicisitudes de todos ellos. Pero sí existen casos concretos en los que se hace referencia al destino final de algunos de ellos. Uno de los casos más documentados es el de Fernando de Anaga, que en realidad se llamó Beneharo. De él se sabe que sí regresó a Tenerife, pero fue obligado por los conquistadores a trasladarse a Gran Canaria. También se cautivó a su hijo Enrique de Anaga hasta que fue liberado en 1501.
Tal y como recoge Rumeu de Armas, el rey destronado de Anaga en su exilio obligado llevó consigo a sus hijos Diego y Juan, a quienes se les encontró en 1505 en Arguineguín dedicados a cuidar sus ganados.
El segundo mencey que aparece en la documentación de aquellos años es Diego de Adeje, cuyo nombre real era Pelinor. El entonces Adelantado Alonso Fernández de Lugo cede a Diego de Adeje las tierras y las aguas del barranco de Masca, esto aparece en un documento fechado el 5 de octubre de 1503. Un legado que no es del agrado del rey destronado.
Del monarca de Abona se sabe que sí regresó a Tenerife, pero en los documentos registrados no se especifica nada más, salvo que a su hermana se le bautizó con el nombre de Mencía.
Aunque del mencey de Güímar no existe ninguna documentación, sí sobresale el nombre de Andrés de Güímar, seguramente emparentado con el mencey y que realizó una defensa a ultranza de los guanches, tachando de ilegales las actuaciones y tropelías que ejecutaba Alonso Fernández de Lugo contra la población oprimida.
Tal y como recogen las crónicas, Andrés de Güímar acudió al rey católico para quejarse de lo que estaba haciendo con los suyos el Adelantado y para evitar que Fernández de Lugo en represalia actuara en contra de este valiente guanche, el rey le entregó una amplia carta con la que quedaba al amparo del monarca tanto él como su familia, sus criados y sus bienes. Esta misiva real aparece con fecha de 1511.
En cuanto al resto de reyes guanches, el historiador Antonio Rumeu de Armas no descarta que al igual que el mencey que fue regalado al señor de Venecia como especial obsequio de los Reyes Católicos, el resto de guanches destronados pudieron acabar como esclavos, «con todas sus consecuencias».
El Gran Tinerfe, el principal mencey y el que da nombre a la isla, tuvo nueve hijos. Bencomo de Taoro, Añaterve de Güímar, Adjoña de Abona, Pelinor de Adeje, Acaymo de Tacoronte, Beneharo de Anaga, Pelicar de Icod y Romén de Daute. El noveno rey es Guantácara de Teno. Estos nueve reyes se repartían el Gobierno de la isla cuando en ella ponen los pies los soldados del conquistador Alonso de Lugo.
El cronista Núñez de Peña descubrió entre los folios del Cabildo de Tenerife que los menceyes al ser bautizados se les puso nombres cristianos: el rey Bencomo se llamó Cristóbal, el rey de Anaga, Pedro de los Santos, el rey de Güímar, Juan de Candelaria, el rey de Adeje Diego. Y termina señalando: «De los nombres de los demás no he tenido noticia».
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