Ramón Lobo, una lección de vida

El periodista y escritor falleció el pasado 2 de agosto

Acaba de salir a la venta su obra póstuma, el libro que acabó en el tiempo de descuento y al que dedicó sus menguantes fuerzas hasta última hora

Ramón Lobo

Ramón Lobo / ED

Marta López

Ramón nos recibió el 1 de agosto en su casa, un encantador ático en la calle de las Fuentes de Madrid. El colaborador de Prensa Ibérica yacía sentado en un butacón de un salón abuhardillado con bonitas vistas a las azoteas del centro, rodeado de libros y recuerdos de vida y de viajes. Estaba acompañado de María, su pareja, y de sus gatos, Morgan y Nana. En la mesilla de centro, junto a un ordenador y un iPad estaba recién encuadernado el original del que iba a ser su libro póstumo. Había trabajado en él intensamente en él, conocedor de la inminencia de su muerte. María lo había impreso el día anterior y juntos estaban revisándolo y haciendo anotaciones a mano. Aquella misma noche, Lobo ingresó en el hospital y falleció al día siguiente, el 2 de agosto. María iba a encargarse de la revisión y edición final. Pensión Lobo. Habitación número 13 (Península) está ya a la venta.

A acabar esa obra y a recibir a algunos amigos para despedirse fue a lo que el periodista y escritor Ramón Lobo se entregó los últimos días de su vida, desde que el 23 de julio recibió del oncólogo la noticia de que el último tratamiento no funcionaba, que uno de los dos cánceres metásticos que padecía avanzaba y que su fallecimiento era cuestión de semanas (fue una semana en realidad). Sin poder llegar a otras metas que él mismo había fijado —viajar a Japón, cumplir 69 años (el pasado febrero), asistir a la inauguración del Bernabéu y ver la décimoquinta ¡ay Ramón que chapa nos hubieras dado con eso y Mbappé!— concluir este libro era ya lo único que podía cumplir. «Cerrar el círculo», decía. Un libro que fue concebido en sus orígenes como un ensayo sobre la huida adelante en las sociedades occidentales, sufrió el primer cambio de guion tras el fallecimiento de su madre, en enero de 2022, y que tras su diagnóstico convirtió en unas memorias en las que cuenta su experiencia —no le gustaba la palabra lucha— contra la enfermedad, reflexiona sobre su propia muerte y pasa revista a su vida.

«El libro ha sido estos meses un contenedor en el que he volcado todo, desde los miedos hasta las risas, desde los sentimientos hasta las ideas en busca de agarraderas para mantener la calma», confiesa en el primer capítulo. La misma calma con la que durante el año transcurrido desde el primer diagnóstico hasta su fallecimiento él habló a sus amigos de su enfermedad, de sus avances, de sus retrocesos, de sus expectativas de vida recortadas, de cuáles serían sus últimos planes, de cómo quería que fuera su funeral, de cómo iba a repartir sus recuerdos. Una calma y entereza que a veces disfrazaba con humor (negro) —«si me muero en casa, quizá no puedan meter la camilla en el ascensor y la escalera es muy estrecha, me molerán a golpes», nos decía en su despedida— tras las cuales se escondía un torrente de emociones de las que Ramón poco hablaba y que se descubren a través de las 238 páginas de la última crónica de su vida.

Pensión Lobo. Habitacion número 13 es una obra muy personal, íntima y maravillosamente escrita, pero cuyas reflexiones sobre la vida vivida, la aceptación de la muerte y la enfermedad nos sirven a todos. Es una lúcida despedida de quien ama vivir y siente la inminencia del adiós definitivo. A continuación se reproducen algunos párrafos.

El «país de los mortales»

«En ocho meses perdí la infancia, y la esperanza de una vejez saludable, erguida, o al menos no dependiente. Quedé atrapado en un espacio sombrío que se expresa en un idioma diferente, bajo unas reglas cambiantes y una contabilidad minimalista en la que los años fueron desplazados por los días, las horas y los minutos.[...]. Fui expulsado del País de los Inmortales, forzado a vagar por desiertos y cruzar fronteras hasta llegar al País de los Mortales».

La incertidumbre

«Vivo dentro de una tormenta de vientos huracanados en la que la lluvia rachea horizontal al suelo. Me lanza del optimismo al pesimismo, de una posible supervivencia de tres o cuatro años a apenas unos meses. Es agotador tanto cambio de expectativas, que obligan a una reprogramación constante, de urgencia. Pese a que intento aferrarme a la realidad de los hechos comprobados que han ocupado la centralidad de mi trabajo y de mi vida, me afecta emocionalmente tanto quiebro. Me defiendo desde el humor británico. No es fácil mantener la entereza, pero no se me ocurre otra alternativa».

Aferrado a la realidad

«Pese a la presencia demoledora de la enfermedad, las citas médicas constantes y las visitas al hospital de día para la ingesta del veneno, el cáncer permite al enfermo la negación, no formular preguntas ni registrar respuestas, no leer informes ni navegar por internet. Puede deprimirse, emborracharse o echarse en brazos de la pseudomedicina charlatana. Prefiero guiarme por mi brújula vital, que se mueve imantada por la realidad. Es la única forma en la que supe vivir, la única en la que quiero morir».

El cáncer

«El cáncer es tabú. Ni siquiera se menciona cuando ha terminado su trabajo exterminador: ‘Murió de una larga enfermedad’. Detesto esa expresión, esa muletilla con la que nos despachan en el País de los Sanos como si el cáncer o la muerte fuesen contagiosos. Espero que nadie diga o escriba tamaña estupidez cuando muera. Soy capaz de resucitar de las cenizas y organizar un escándalo».

La despedida

«Deseo que sea mi familia elegida la que recoja los pésames e interprete mi voluntad en cada fase de la despedida. Son los únicos que me generan confianza post mortem. Sé que cumplirán cada uno de mis deseos, desde los importantes —no consentir un sufrimiento prolongado e impedir el acceso a cualquier hechicero empeñado en robarme el alma y la dignidad— hasta los jocosos, como el de esparcir mis cenizas con un hisopo cargado de ron Zacapa de veintitrés años. Así oleré a un vivo muy vivo durante un tiempo corto, el de mi inmortalidad descreída».

El deterioro físico

«En la fiesta del décimo aniversario del periódico digital infoLibre, en el que colaboré durante ocho años, aún no se había producido la remontada capilar. [...] Tuve que representarme con una frase chestertoniana: ‘Hola, soy lo que queda de Ramón Lobo’. Se la repetí a compañeros y conocidos; también al presidente del Gobierno».

La muerte

«Pienso mucho en ese final y en cuáles serán mis sensaciones, el nivel de consciencia de la llegada de la agonía, cuando el último gran círculo, el de la vida, esté a punto de cerrarse. Solo tengo la experiencia en ese tránsito de algunos muertos ajenos y la lectura de autores que han trabajado con personas que se morían. Según ellos, el silencio es lo más valioso. Es un último misterio que me queda por resolver».

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