De un hombre a la sombra de un almendro

De un hombre a la sombra de un almendro

De un hombre a la sombra de un almendro / ED

Manuel González Ortega

Hay días, cuando el invierno anuncia su llegada, que aún se respira en la calle de La Carrera el húmedo aire a ruda y tomillo que fecunda La Vega, como reclamando a la señorial Laguna el alma campesina que un día la alimentó. Casi nada es casual en la construcción de una identidad; es un proceso sociológico de hallazgos donde se entrecruzan la historia oficial con la menuda, la ceremonia fundacional y el boato con el anónimo suceso de la esquina.

En La Laguna de los años sesenta del pasado siglo compartían acera el paso modesto del mago con manta esperancera, las raídas sotanas de misa en primeras luces y la risa ilusionada del estudiantado universitario. Era de alguna manera previsible que en aquel magma donde se daban la mano la Canarias rural y la modesta inteligencia cultural isleña, Elfidio Alonso Quintero —madre herreña, padre tacorontero, republicano exiliado y periodista de oficio y raza— moldeara los talentos que un día lo harían singular. A la sombra de aquella historia familiar también se encontrarían sus tías María Rosa Alonso, dueña de secretos filológicos, y Nieves, afortunada coplera.

Mucho se ha escrito sobre el anecdotario fundacional de Los Sabandeños. Si un día, si un año, si muchos a lo largo de su exitosa y longeva carrera musical fue un esfuerzo colectivo, nada hubiese ocurrido —de la manera que ocurrió— sin el pulso intelectual, sin el notabilísimo talento artístico y sin el agudo olfato de oportunidad histórica que Elfidio Alonso puso al servicio de esa aventura que lideró y que fue más allá de lo musical.

En primer lugar, porque Alonso entendió que aquel mundo antiguo de melodías, cantares y canciones que buscaban una identidad sonora era amenazado por nuevas costumbres musicales; también por la falta de originalidad de autores y temáticas en la idealización de un espacio cancionístico isleño. Se necesitaba un concepto y un canon estilístico propio nacido de esa tradición; que fuera entendible por todos los canarios y emocionalmente indiscutido como representación cultural propia.

Lo primero ocurría ya en otros órdenes dentro del paisito aprovechando las grietas que comenzaban a abrirse en el cansado tiempo institucional de entonces; la historiografía local, la literatura y otras artes comenzaban a alimentar el deseo de una sociedad que anhelaba reivindicar el acento de su paisaje. Elfidio se sumerge en el espíritu de la canción popular que o bien recrea con suma originalidad desde sus fuentes originales o bien modela para convertirla en un universo musical propio. El fin último persigue el apuntalamiento de mitos que sustenten un subyacente discurso de naturaleza cultural: desde Secundino Delgado al Salinero; desde el apóstol Anchieta al imaginario aborigen; desde el luchador Barbuzano al Power del romanticismo musical.

El canon, la fórmula sonora en la que desarrollará aquella propuesta identitaria, va a ser adoptado de la parranda tradicional de cuerdas o del predicamento de ambiente coral y pulso y púa que se había popularizado décadas atrás en la Canarias más urbana con repertorios provenientes del mundo de la zarzuela.

Era un lenguaje entendible para las clases populares; comprendió Alonso Quintero que se necesitaba ordenarlo, recrearlo en sus melodías más atractivas y ensimismarlo a través de letras que pasaran por el filtro de una lírica popular estéticamente impecable cuando estuviesen disponibles o bien acompañarlo de ingeniosos textos, creados por el propio Alonso, que respiraran en lo popular ese ambiente de idealidad literaria archipielágica. En el alma de la nueva copla debía contenerse desde el Siglo de Oro, cuando este se acercaba a las fuentes de la tradición lírica española, hasta el aire del Lorca más gitano o el desparpajo de un Crosita.

No sólo en textos de canciones se fundamentó el éxito popular e inmediato del cancionero de Los Sabandeños y del propio Elfidio. Toda una experimentación —ingenua si se quiere a propósito del carácter amateur de aquella aventura musical desde sus inicios— que incorpora aires y figuras melódicas muy antiguas en el cancionero tradicional isleño. Serán trasmutadas y mezcladas por sonoridades instrumentales —chácaras, tambores, flautas pastoriles, cencerros, castañuelas…— que se unen a un discurso coral en busca de la empatía del ideal nacionalista que exigen los tiempos de cambio social que se anunciaban en el país.

En el icono cultural en el que Alonso convierte a los de Sabanda confluyen otros elementos, más propios de una tesis doctoral que de este artículo: la mimetización social de su propuesta musical, su compromiso social, el carisma de voces inolvidables en la biografía sabandeña, su embajaduría sobre el cancionero latinoamericano…

Fue Alonso, además, un incansable auscultador de cancioneros de otras regiones de habla hispana, algo que le sirvió en alguna medida como fuente de inspiración para algunas de sus composiciones. Su interés no era solo creativo; también fue analítico en cuanto a todo aquello que se refiriera al mundo de la etnografía musical. De ahí que parte de su esfuerzo intelectual vital fuese dirigido a la investigación, al entendimiento y a la difusión del cancionero tradicional de Canarias a través de libros, discos, conferencias y artículos periodísticos en los que ha dejado constancia de su conocimiento exhaustivo sobre esa temática.

Observamos entonces que su personalidad intelectual se superpone, sirve de alimento y convive con la de su acción como compositor. También fue un impulsivo consumidor de discografías de músicas de raíz del mundo y un incansable cultivador de amistades musicales a través de dos continentes que lo nutrirán de experiencias y conexiones internacionales sostenidas fecundamente a pesar de la distancia que imponía la insularidad en aquellos años.

Otros detalles de su biografía profesional han quedado quizás opacados por su liderazgo en torno a Los Sabandeños. Recordamos ahora una curiosa y singular novela, El Giro real, escrita con una estilística de elegancia inusual en lo que hoy podría considerarse novela histórica y que espera una reedición crítica y una reivindicación adecuada a su importancia literaria por parte de la crítica insular.

Todo ello, lo acontecido, lo vivido, lo escrito, lo cantado y lo compuesto por Elfidio Alonso Quintero, rezuma el esfuerzo por construir un imaginario de Islas. Si observamos con detenimiento ese gesto de vida, se dibuja el eco de muchas cosas que también nos han pertenecido: esas que nacen al aire de una guitarra, a la sombra de un almendro.

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