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El magnate, que aún goza de gran popularidad entre las bases republicanas, ya ha anunciado su próxima candidatura a la Casa Blanca

Donald Trump, con la bandera de EEUU y una de las características gorras de ‘Make America Great Again’. (L) | REUTERS

El pasado día 15, con una premura inédita puesto que todavía faltan dos años para las presidenciales, el magnate Donald Trump escenificó su regreso a la arena política con el anuncio de su tercera candidatura a la Casa Blanca, en 2024. El dirigente republicano aspirará de nuevo a la presidencia de Estados Unidos con buena parte de su partido en contra, sin la ayuda del altavoz y del imperio mediático —Twitter y el grupo Murdoch— que le dieron alas, con la losa de varias investigaciones judiciales sobre sus espaldas y con la figura pujante del gobernador de Florida, Ron DeSantis, dispuesto a disputarle los honores. Pero a la vez cuenta a su favor con una innegable popularidad, el apoyo incondicional de las bases republicanas y el antecedente de que si hay alguien capaz de romper todas las previsiones, ese no es otro que él.

Donald John Trump, el hombre que ha tensionado como nadie Estados Unidos y ha sobrepasado peligrosamente los límites de la democracia, quiere seguir, a sus 76 años, sacudiendo la historia con sus grandes armas: la provocación, la mentira y la desinformación. Unos ingredientes a los que hay que añadir ahora una sed de venganza y ánimo revanchista del que nunca aceptó su derrota en 2020 frente al demócrata Joe Biden. «Volveremos de alguna forma», avanzó ya en su tumultuosa despedida en enero de 2021. Y ha vuelto ahora, un martes de noviembre, aunque la realidad es que nunca se fue del todo. La fractura del país que él agravó sigue ahí. Y su legado ideológico ha sobrevivido.

«Hay que entender el trumpismo como fenómeno que ha arraigado en el Partido Republicano, que lo ha adoptado como ideología propia. Los temas identitarios, antiinmigración, antiizquierda, el aborto... han entrado en el ideario del partido», subraya el politólogo Pol Morillas. En su opinión, DeSantis representa esos valores sin las excentricidades de Trump, con lo que puede ser un candidato mejor para los republicanos. Y poniendo como referencia la Hungría de Viktor Orban, advierte de la peligrosidad de esa hipótesis: «Una persona desde dentro del sistema que acaba transformando el sistema y degradando la calidad democrática».

Pero Trump, dueño de un imperio económico, quiere poder político. Tras haber insinuado durante meses sus intenciones, el anuncio de su candidatura no ha sido una sorpresa, aunque sí un desafío —otro más— a quienes desde su propio campo le pedían esperar, para no hacerlo bajo la sombra de unas elecciones legislativas en las que los republicanos no han logrado esa marea roja que perseguían y en las que particularmente se han estrellado los candidatos extremistas que él impulsó y apadrinó. Pero una vez más, el imprevisible multimillonario ha demostrado que no tiene filtros, que va por libre y que sólo él marca sus propias reglas.

El dirigente se propone demostrar de nuevo que, cuando le dan por muerto, puede resucitar. Cuando en 2016 lanzó su candidatura, aquello parecía poco más que una broma, una excentricidad más del ególatra empresario. Hasta que uno a uno, fue eliminado a los otros 17 candidatos republicanos y logró la nominación de su partido. Su campaña estuvo envuelta en continuos escándalos, lo que no impidió que en una inédita carambola de la historia política, conquistara la Casa Blanca.

La analista Carlota García Encina, investigadora principal de Estados Unidos y Relaciones Trasatlánticas del Real Instituto Elcan0o, piensa sin embargo que nada es como entonces, que Trump es «una marca quemada» que además ha ido erosionando al Partido Republicano. «Ahora ya se sabe quién es y quién no es Donald Trump; en 2016 era todavía una incógnita. Fue una sorpresa entonces pero luego ha sufrido tres derrotas: en 2018 perdió las elecciones de medio mandato, en 2020 frente a Biden por siete millones de votos y ha vuelto perder las legislativas». «Tiene una base que le apoya, entre la que conserva cierto magnetismo pero no ha conseguido que se amplíe y esa base ha tocado techo. Está todo tan polarizado que no hay trasvase de votos entre republicanos y demócratas y los números no le dan», afirma.

El asalto al Capitolio

El empresario dejó la presidencia hace dos años en medio de un tremendo caos. Durante semanas maniobró para impugnar los resultados electorales, forzando recuentos tediosos e inútiles y presionando a gobernadores y al fracasar todo ello, lanzó a sus seguidores al asalto del Capitolio el 6 de enero de 2021, para impedir que los congresistas certificasen la victoria de Biden.

Ese negro episodio que se saldó con 5 muertos y 140 heridos dio sobrados motivos para acabar cualquier carrera política. Menos la de alguien que además ha sido el único que ha sido sometido y ha sobrevivido a dos procesos de impeachment, el primero por abuso de poder y obstrucción al Congreso y el segundo por incitación a la insurrección.

Varias investigaciones judiciales pesan sobre sus espaldas actualmente: por el asalto al Capitolio, por la sustracción de archivos de la Casa Blanca, por sus asuntos financieros y por el intento de influir en el proceso electoral. Todavía no ha habido ninguna inculpación pero de producirse, ello no impediría que su candidatura siga adelante, pues la ley estadounidense no impide a un condenado aspirar a la Casa Blanca.

Pero para la Administración de Biden, podría llegar a ser incómodo imputar a un aspirante en la oposición. En todo caso, Trump confía en que la carrera presidencial le sirva de blindaje y mientras, lo utiliza como arma política, denunciando una persecución. «Soy una víctima», asegura. «Él piensa que su candidatura puede salvar o al menos demorar estas causas pendientes», sostiene García Encina. «Trump puede ser muy incómodo para el Partido Republicano por estas investigaciones», subraya Morillas.

El dirigente cuenta a su favor con la división del Partido Republicano. Lo peor que le podría pasar es que los conservadores cerraran filas en torno a otro candidato, como pudiera ser De Santis, de 44 años, la otra estrella que brilla con cada vez más fuerza en el firmamento republicano. El ultraconservador gobernador de Florida no es el único que podría aspirar la nominación. El exvicepresidente Mike Pence, el gobernador de Virginia Glen Youngkin y el senador Tim Scott conforman en estos momentos la lista de aspirantes republicanos. Y aún queda mucho tiempo.

En caso de primarias, Trump partiría de una posición fuerte si el resto de votos se divide entre varios candidatos. «Dos años son un mundo en EEUU», afirma García Encina, quien piensa no obstante que DeSantis «es una alternativa bastante fuerte que se consolida. En el último año ha ampliado los apoyos del mundo conservador, desde la Fox hasta gente cercana a Quanon».

Tara Setmeyer, del grupo Lincoln Project, advierte sin embargo que a DeSantis no se ha probado todavía a nivel nacional y le falta «dureza para aguantar lo que viene del universo Trump». De hecho, la veda ya se ha abierto en Truth Social, la red que controla el magnate. Trump le ha bautizado como Ron DeSanctimonoius (mojigato), se ha referido a él como mediocre y desleal porque, según dice, le debe el cargo. Morillas piensa que el potencial de DeSantis para erigirse en alternativa a Trump es todavía una incógnita y recuerda el peso que tienen en los procesos electorales de EEUU «los donantes, los comités de apoyo y la burbuja mediática conservadora» en la elección del candidato.

Con el anuncio de Trump, la campaña ha empezado demasiado pronto. Y en el actual clima de la polarización que vive el país, los dos años que quedan hasta las elecciones, además de largos van a ser duros y crispados, a juzgar por el tono del anuncio de Trump y la conquistada mayoría republicana en la Cámara de Representantes, que, aunque por la mínima, da capacidad a los conservadores para entorpecer la agenda legislativa del presidente Biden, que no tiene decidida todavía su candidatura.

Desde su lujosa residencia de Mar-a-Lago en Florida, el magnate volvió a tirar de catastrofismo para atacar al demócrata, prometiendo devolver la «gloria» a un país «en decadencia». «El retorno de América empieza ahora mismo», dijo, un eslogan casi calcado al que le llevó a la victoria en 2016. A diferencia de entonces, no va a contar como asesora con su hija Ivanka, que ya ha anunciado que no se va a involucrar en política tras haber declarado también que no cree a su padre le robaran las elecciones de 2020. Las fisuras se agrandan. ¿Hasta cuánto?

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