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cine

‘Argentina, 1985’ vuelve a estremecer a los descreídos

La película de Santiago Mitre sobre el juicio a los militares de la dictadura sacude el país latinoamericano en un contexto de auge de los discursos negacionistas de esos años de horror

(L) | DANNY CAMINAL

Argentina, 1985, la película de Santiago Mitre, se ha convertido en un fenómeno inesperado. Se estrenó en los cines a fines de septiembre y solo en las salas del país sudamericano asistieron casi un millón de personas. El fenómeno se multiplicó las últimas semanas en las plataformas digitales. Los llantos y los aplausos sobre el final, cuando el fiscal Julio César Strassera fundamenta su acusación contra los jerarcas militares de la última dictadura (1976-83), constituyeron reacciones compartidas por buena parte del público. Las emotivas escenas se han repetido en salas latinoamericanas y europeas. De repente, uno de los episodios más estremecedores de la transición democrática ha recuperado una visibilidad reparadora.

Hace un año, en las elecciones, la ultraderecha obtuvo el 17% de los votos en la ciudad de Buenos Aires, y el Congreso abrió las puertas a diputados de discursos negacionistas sobre lo que había ocurrido hace casi medio siglo. En ese contexto, la película no solo ha devenido objeto de ponderación crítica, sino que ha recuperado el lugar de la memoria sobre el horror que había comenzado a ponerse bajo cuestión.

«Sabíamos que la película iba a generar debate. Pero lo que ha pasado supera largamente cualquier previsión», dijo el productor y guionista, Mariano Llinás. Al también reconocido director de Historias verdaderas le gustaría que «fuera cierto» que el filme haya generado interés en la sociedad por «los mejores motivos». Llinás desearía que pudiera ayudarla a redescubrir «su capacidad para ser mejor». Mitre siempre admiró el juicio contra los excomandantes: «Me parece un hecho del cual todos los argentinos deberíamos sentirnos orgullosos». Cree que la decisión del presidente Raúl Alfonsín de crear las condiciones para llevarlo a cabo, afrontando tanta adversidad, fue de gran arrojo.

Arriba, Ricardo Darín en el papel del fiscal Julio César Strassera. Abajo, el Strassera real en el año 2005.

El Strassera de Darín

«Los verdaderos héroes del juicio a las Juntas fueron las víctimas», ha considerado Ricardo Darín. Esta vez se luce en la pantalla como Strassera, el fiscal que tuvo que preparar la causa en tiempo récord y en un país que vivía bajo la amenaza de un nuevo zarpazo militar, sin poder todavía asimilar la experiencia de la dictadura. Darín atesora varios momentos del rodaje. Uno de ellos tuvo lugar cuando entró a la sala donde todo había ocurrido: «Eso fue de altísimo impacto». Otra escena se le ha quedado grabada: la selección de los actores que representaron a los excomandantes que se sentaron en el banquillo. «Todos nos quedamos medio boquiabiertos, viajamos en el tiempo y sentimos como si hubiéramos estado ahí».

Si algo valora Darín de Argentina, 1985, es la capacidad que tuvieron sus realizadores de contar una historia humana, con los entretelones, miedos y obstáculos familiares, judiciales y políticos que debió enfrentar la fiscalía hasta el momento en que Strassera, después de demostrar que la dictadura había llevado a cabo un plan de exterminio, concluye su alegato con las palabras «nunca más».

El retrato del fiscal no deja de presentar zonas opacas. Había sido integrante de los tribunales en tiempos de la cacería humana. No han faltado los reproches a su tibieza en aquellos años. Darín lo pinta de cuerpo y alma. Y, a pesar de esas características, le tocó llevar adelante un juicio sin precedentes. «Vas a meter en cana (preso) a (Jorge) Videla», le dice su hijo al fiscal en la película, en alusión al principal dictador. El hijo recuerda a su padre como «un hombre muy vehemente, de un caráctercomplejo, pero convencido, honesto, un hombre muy protector con la familia».

Hay una escena clave que entra por el oído y le permite al actor que encarna al fiscal adjunto Luis Moreno Ocampo (Peter Lanzani) detectar cómo la sociedad comienza a posicionarse de manera favorable frente al juicio. Moreno Ocampo conversa telefónicamente con su madre, Mercedes Pérez Amuchástegui, una persona que admiraba a Videla y que cambia su opinión sobre el juicio cuando le llega desde la radio la voz de Adriana Calvo de Laborde, una superviviente que había atravesado situaciones límites en un campo de concentración bonaerense.

La película sugiere que la materialidad del dolor que salía de la garganta de Calvo de Laborde alteró la percepción de Pérez Amuchástegui. Eso nunca pudo haber sucedido, y lo reconoce el propio hijo. Su conocimiento de lo que se ventilaba en tribunales vino de la letra impresa. El juicio se transmitió como pura imagen televisiva, sin sonido. Se seguían las audiencias a través de los mejores cronistas: la palabra escrita provocó una ilusión de escucha. Los testigos eran vistos en la televisión y las fotografías eran siempre de espaldas. Solo los jueces estaban en el punto de mira de espectadores y lectores. Se los veía como estuvieran escuchando atentamente lo que no se podía ni siquiera oír.

Otro de los hallazgos de la película tiene que ver con el equipo de jóvenes, casi sin preparación, que ayudaron a los fiscales a realizar su proeza. Trabajaron a destajo, buscaron testigos, seleccionaron testimonios. Argentina, 1985 es también la película sobre ellos y ellas.

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