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Entrevista
Patrycia Centeno Experta en estética política

Patrycia Centeno: «Letizia se ha empoderado, pero no tiene poderío»

Patrycia Centeno. | LP/DLP

Hace poco, un expreso del entorno de ETA le contó que su nombre había salido en una reunión de abertzales: «Patrycia Centeno es alguien que ha empezado a defender que la política debe ser ternura». La escena le emocionó porque su mensaje había penetrado en una zona —supuestamente— muy alfa. La ternura, junto a la serenidad y la elegancia, afirma la experta en estética política en Poderío. Liderazgo femenino, un cambio de postura (Destino), se oponen al ordeno y mando heteropatriarcal que aún colea, y que quizá sean la salvación de la política, y hasta del planeta.

Empezó decodificando la indumentaria de los políticos —al principio se la tomaron poco en serio— y ahora, sin restarle importancia, descubre el valor del poder personal. El poderío como ella lo define. Y tiene más que ver con cualidades femeninas como la ternura y menos con la imposición y el disciplinamiento del heteropatriarcado. Nació en La Coruña, en 1983, y cuando tenía año y medio su familia se instaló en Cataluña. Es licenciada en Periodismo por la UAB. Especialista en moda, coordinó tres ediciones de la pasarela 080 Barcelona Fashion. Es muy seguida en las redes —@politicaymoda—, la ironía tiñe sus análisis de la actualidad política. Es autora de los libros Política y moda, la imagen del poder, Espejo de Marx, ¿la izquierda no puede vestir bien? y Sin decir ni mú.

Interiorizamos lo del empoderamiento. Ahora nos propone el poderío.

Empoderamiento es el poder social, mientras que poderío es el poder personal. Gestualmente los represento como el dedo en alto, que ordena, y con la palma de la mano abierta, que sugiere. El poderío es seductor, no impositivo. Tendríamos que tender al poderío más que al empoderamiento, que es un término de la ideología neoliberal.

¿La reina Letizia de qué es ejemplo?

Letizia se ha empoderado, pero no tiene poderío. Una mujer que no formaba parte de la monarquía no puede mirar a los demás como si le dieran asco. Kate Middleton, en cambio, graba un vídeo y aparece natural. Si un líder es auténtico, ser coherente no puede ser más difícil que respirar. Las veo reír, y a Letizia no la creo, a Kate sí.

¿Eso tendrá que ver con la clase?

¿Con la clase social?

La monarca es nieta de un taxista.

¡Al contrario! Las mujeres humildes, que desempeñan profesiones donde, en general, no habían entrado los hombres —limpiadoras, cuidadoras, esteticistas— son en quienes deberíamos mirarnos.

¿...?

El poder personal reside más en la gente humilde. Mi madre es mi referente de liderazgo femenino.

Trabajó como camarera de pisos, cuenta en el libro.

Y tiene una gigantesca fuerza interior. A mi padre le detectaron un cáncer y en seis meses murió. La noche antes, cuando se despedía de todos, ella, pequeñita, sostenía a uno de mis hermanos, que pesa 90 kilos, y yo, a otro. Ahí detecté qué era la fortaleza femenina, el poderío.

¿Quién encarna el poderío en la vida política?

Yolanda Díaz en España, Jacinda Ardern en Nueva Zelanda —«sed fuertes, sed amables», dijo durante el confinamiento—, Sanna Marin en Finlandia, Alexandria Ocasio-Cortez en Estados Unidos. Pero también hay hombres con poderío.

Ah, ¿sí? Nombres.

Jordi Cuixart, David Fernández, Pep Guardiola. En ellos veo la independencia de su poder. Lo practican, no lo imponen.

Así, a la brava, uno asociaría poderío a Kim Kardashian.

No es un referente de nada. Lo que tiene Kim Kardashian es un problema de inseguridad que le ha hecho cambiar radicalmente todo su cuerpo. Tendría que ir a un terapeuta.

¿Alguna objeción a las influencers?

Lo que necesitamos son referentes. Mientras los influencers pretenden que creamos en ellos, los referentes consiguen que creamos en nosotros mismos.

¿Usted tiene poderío?

Lo intento. El sistema aún es heteropatriarcal y en muchos momentos se me ha exigido que me empoderara, pero me siento más cómoda cuando practico el poderío. En parte, para mí, es encerrarme en mí misma.

Ahora me pierdo.

Lo necesito. Soy una persona vulnerable, tengo alta sensibilidad. Ser consciente de la vulnerabilidad es una fortaleza. El poderío me ha hecho salir de etapas muy complicadas.

¿Cómo de complicadas?

Sé lo que es el bullying. Tenía 12 años. Era popular en clase, sacaba buenas notas y era mona, pero unas niñas de una clase superior se obsesionaron conmigo porque un chico que les gustaba se fijó en mí. Me esperaban a la puerta de casa. Me moría de miedo. Hasta que un día el cansancio venció al miedo y, cuando me tenían contra la pared, empecé a gritar y pararon. Por eso digo que un alfa solo entiende el lenguaje de un alfa.

En un hábitat alfa, recomienda stilettos, moño alto, raya diplomática.

Ocupar el espacio vital que te niegan. La ventaja que tenemos las mujeres es que hemos aprendido los códigos alfa y los podemos ejercer, pero también disponemos de los femeninos. Unas veces podemos hacer uso del empoderamiento y otras, del poderío.

En un momento de agobio, ¿qué mantra se dice?

«¡Por tu madre que no puedes estar así!». Reglas, embarazos, maltratos... ¿cómo hemos aguantado la mentira del opresor durante tanto tiempo?

Responda usted.

Todo viene del miedo de los hombres a no poder controlar la naturaleza. Y dentro de la naturaleza entra la mujer. Los hombres siguen dominando y el sistema lo propicia.

Obama practicó un liderazgo femenino y la comunidad negra quedó decepcionada.

Son siglos y siglos de liderazgo heteropatriarcal y, a los 10 años contados, decimos: «¡No ha cambiado el mundo!». Obama fue la primera persona que empezó a llorar y a reír en público.

No basta para transformar.

Estamos en una época de transición. Hasta ahora la imagen de un líder —normalmente un hombre blanco— se sostenía en tres pilares: seguridad, seriedad y proximidad, y ahora se busca transmitir serenidad —la excelencia de la empatía—, ternura y elegancia.

La ternura es lo novedoso.

Una tigresa es tierna con sus crías, no solo cuando las lame, también cuando saca las garras ante un peligro. Durante la pandemia, líderes como Ardern o Merkel pensaron antes en proteger a la población que en la economía. Eso es ternura.

¿Y la elegancia?

Es dar ejemplo. Después de tantos siglos de obligatoriedad masculina, e incluso alfa, creo que la supervivencia del planeta depende de que comencemos a feminizarnos todos.

Eso dice Ada Colau.

A Colau no le reconozco el poderío. Apuesta por el liderazgo femenino en su discurso, pero no lo practica. No entiendo cómo a los 48 años sigue experimentando con el estilo. Yolanda Díaz, a la que le llueven las críticas por pija y fashionista, es valiente porque ve la moda como una señal de respeto y un refuerzo a su mensaje. Ha hecho que otros —Irene Montero, Ione Belarra, incluso Pablo Iglesias— comiencen a mejorar su imagen.

¿De veras es tan importante la indumentaria?

Lo es. Le hemos otorgado una gran importancia a la palabra, pero la ciencia demuestra que tiene un 7% en el impacto de un mensaje. Otro 38% tiene que ver con la entonación, la cadencia, el ritmo. Y un 55%, con la comunicación no verbal: la indumentaria, el lenguaje corporal, la coreografía, los olores.

Parecería que distrae más que centra el mensaje.

Yo también he vestido de negro cuando quería defender ideas ante un auditorio. Pero ahora me pongo de rosa, que era un color propio del hombre hasta el siglo XVIII. «Quieren que vistamos como pobres porque quieren que pensemos como pobres», decía el abuelo anarquista de Antonio Baños.

Visto así...

Lo que intento es crear belleza. Y la belleza es naturaleza. Es imperfecta, porque para empezar nacemos y morimos. Eso es lo que le da miedo al heteropatriarcado. De ahí viene la dominación.

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