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Mirada inédita al autor de ‘La vida sigue igual’

Cuando Julio dejó planchada a América

El artista español llegó a ser el cantante más popular del planeta superando el desprecio, con tintes racistas, machistas y clasistas de los americanos

Julio Iglesias, con Liza Minelli en 2005 MIGUEL RAJMIL

«Tuve que elegir entre el psiquiatra y las Bahamas», declaraba Julio Iglesias en 1985 a la revista Hola! Hacía apenas unas semanas que el artista español se había retirado a su mansión de Nasáu para descansar de la intensa gira mundial que le había llevado a recorrer más de noventa mil kilómetros para ofrecer ciento veinte conciertos. A pesar de estar agotado física y emocionalmente, Julio se mostraba exultante. Después de años de intenso trabajo, por fin había conseguido su mayor deseo: convertirse en el cantante más popular del planeta y conquistar al público de Estados Unidos.

Sin embargo, pasado ese primer momento de euforia, el artista reparó en un detalle que, hasta entonces, le había pasado desapercibido: había tocado techo. «Si los peces aplaudiesen, actuaría en el mar», solía bromear el cantante que, a partir de entonces, no encontró un nuevo objetivo en el que centrar su ambición profesional. En consecuencia, se desanimó y entró en una fase depresiva. «En los años siguientes tuvo éxitos importantes como el disco Un hombre solo, que vendió muy bien, o La carretera, pero después de que conquistara el show business mundial, su carrera fue cuesta abajo. Daba la sensación de que su momento había pasado», explica Hans Laguna, filósofo, doctor en Sociología y músico, en Hey! Julio Iglesias y la conquista de América.

«Mis primeros tiempos en Norteamérica fueron muy duros. Aleccionadores, enriquecedores, pero durísimos. Yo llegué allí demasiado mayor, a los treinta y cinco años, cuando ya tenía muy aferrado el sabor, el olor y el color de mi tierra. El choque fue muy fuerte y lo pasé fatal», recordaba Julio Iglesias sobre su desembarco en Miami. Además del desarraigo que suponía abandonar su país, el cantante, respetado en Europa y Latinoamérica, tuvo que sufrir el desprecio de buena parte de la sociedad estadounidense y sus medios de comunicación.

The Village Voice, el periódico contracultural neoyorquino, dijo de él: «Parece un hombre agradable, pero ¿por qué es naranja?», en referencia a su afición a tomar el sol; Barbara Streisand se negó a hacer un dueto con él espetándole a su mánager: «¿De verdad quieres que grabe con este tipo?»; varios periódicos se mofaron de su rudimentario inglés y sus canciones fueron calificadas como «música para planchar», en referencia a las empleadas domésticas latinas que se la ponían de fondo mientras hacían las labores del hogar. Por si esto no fuera suficiente, debido a su predicamento entre las mujeres maduras, Julio llegó a ser calificado como «el sex symbol de la menopausia», comentario al que el cantante reaccionó con humor: «Siempre que (las fans maduras) me piden un autógrafo me dicen que es para su madre». Unos años después, cuando ya era famoso en Estados Unidos, incluso hizo un cameo en Las chicas de oro.

«Parte del rechazo que recibió tenía que ver con el hecho de que la crítica cultural y musical de Estados Unidos estaba hecha por hombres cuyo paradigma era la música rock —explica Hans Laguna—. Esa gente veía a Julio como alguien artificial y, además, lo menospreciaban porque su público era predominantemente femenino, lo que no deja de ser una actitud claramente machista». Sin embargo, lejos de conformarse con ese juicio sexista, la prensa estadounidense también mostró actitudes xenófobas y racistas. «El latino en Estados Unidos no es blanco, pero tampoco es negro. Es otra cosa confusa en la que caben tanto un mexicano, como un español o un argentino. Por eso, aunque el concepto de latin lover había calado en EEUU, su atractivo exótico radicaba en que era justamente un colectivo discriminado y, por tanto, era un deseo prohibido para las mujeres blancas», comenta Laguna. Resumiendo, durante los primeros años de su estadía en Estados Unidos, Julio fue agraciado con el pack completo: machismo, racismo y clasismo.

A pesar de esos desprecios, Julio no desfalleció en su empresa por conquistar al público estadounidense. Para conseguirlo, contrató los servicios de Rogers & Cowan, una de las agencias de relaciones públicas más importantes de Estados Unidos, que lanzó una campaña de comunicación para darlo a conocer entre los líderes de opinión, empleando para ello un escueto pero contundente eslogan: Julio who? (¿Julio quién?).

«La campaña de Julio Iglesias para conquistar Estados Unidos utilizó muchas de las estrategias que habían empleado The Beatles en 1964 y que hoy en día utilizan artistas como Rosalía. Aunque siempre se ha vendido que lo de The Beatles fue una cosa espontánea, en realidad tenía detrás un gran mecanismo de relaciones públicas. La filtración a través de la radio relativa al vuelo en el que viajaban, por ejemplo, la hizo el propio Brian Epstein. Luego, los teenagers que estaban en el aeropuerto gritando recibieron un dólar y una camiseta por su colaboración. En ese sentido, Julio entendió rápidamente que, más allá de ser un cantante, era un personaje o una una marca que tenía que estar siempre generando contenido y, aunque él ya utilizaba el Hola! para ello, cuando quiso triunfar en Estados Unidos, multiplicó ese tipo de acciones con la ayuda de las agencias de relaciones públicas», explica Laguna.

De la mano de R&C, Julio Iglesias apareció en el Tonight Show de Johny Carson, grabó un dueto con Willy Nelson, otro con Diana Ross y, poco después de que Michael Jackson firmase un contrato millonario para ser la imagen de Pepsi, Julio cerró un acuerdo aún más lucrativo para ser imagen de Coca-Cola en el que, de nuevo, desempeñó un papel clave el tema racial: mientras que Pepsi buscaba posicionarse dentro de la comunidad afroamericana, Coca-Cola consideró que Julio podía resultar un buen prescriptor, tanto entre la comunidad WASP, como entre los millones de latinos residentes en Estados Unidos.

Entre otros beneficios, el acuerdo con Coca-Cola permitió financiar la costosísima gira mundial de 1984 que consagraría a Julio Iglesias en Estados Unidos. La misma gira al final de la cual se vería obligado a refugiarse en Nasáu para recuperar la estabilidad emocional. Esa a partir de la cual comenzaría la decadencia de su carrera profesional, como demuestran los siguientes acuerdos de patrocinio firmados por la estrella. En 1997, por ejemplo, su gira española estuvo esponsorizada por La Casera, bebida nacional que nada tenía que ver con la cosmopolita «chispa de la vida».

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