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Cine entre dos orillas

Niños, cayucos, cámaras... ¡acción!

EL DÍA acompaña a Armando Ravelo en Senegal en los primeros días de rodaje de su nueva película, «un retrato de Canarias a través de la mirada del migrante»

Darío Missaghian con la cámara, Armando Ravelo y la directora de Arte, Erika Ravelo, durante el rodaje.

Dos niñas y un niño corren por una calle de arena en Mbour (Senegal) y se detienen frente a la puerta de una casa. Hablan unos segundos, ellas se abrazan y una de las pequeñas sale corriendo. Entonces, el niño, sonriente, se despide con un «adiós, prima» levantando un brazo antes de que ambos entren en el interior de la vivienda. Transcurrido un instante se escucha un grito seco: «¡Corten!». Es jueves, 17 de marzo, y acaba de rodarse la primera escena de la nueva película del director teldense Armando Ravelo, Érase una vez en Canarias, un proyecto con el que se sumerge en un relato de ficción muy actual con la emigración africana hacia las Islas como telón de fondo.

El desembarco del equipo de rodaje y producción de la película llegado desde Canarias, integrado por siete personas, altera la habitual calma de esta localidad pesquera de Senegal, situada a unas dos horas al sur de Dakar. Por esta calle de repente poblada por cámaras, pértigas, reflectores y monitores cruzan actores y figurantes y se instalan familiares de los niños que protagonizan la cinta, responsables de sonido y fotografía, técnicos de iluminación, traductores, una decena de corderos y algún que otro curioso. Refugiado del sol de justicia bajo una tela negra que le permite observar las imágenes con nitidez, el director, al mando de todo, revisa las tomas una y otra vez. Cada detalle importa.

«Si ya rodar fuera de Gran Canaria para mí es nuevo, imagina lo que supone en otro país con una cultura totalmente distinta en sus aspectos religioso, social o cultural que nos son muy ajenos. Senegal me ha dejado una honda impresión, aquí ves muchas carencias pero también mucha riqueza. En el fondo nos parecemos muchísimo más de lo que pensamos», asegura Ravelo durante una pausa. Impactado por la incomprensión que en muchas ocasiones genera la migración africana hacia Canarias, decidió aportar su granito de arena desde un punto de partida sencillo y evidente, pero a la vez muy necesario: «Los africanos que hoy están llegando ya son parte de nosotros, de un pueblo que, por otra parte, se ha forjado de la mezcla y la mixtura».

Ya por la tarde y tras la pausa para el comistraje, el equipo canario-senegalés se traslada a la enorme playa de Mbour donde decenas de cayucos, los mismos que llegan a las Islas cargados de jóvenes con Europa en la mirada, reposan sobre la arena. El director de fotografía Darío Missaghian, con los pies mojados por las olas, rueda una escena en la que Mohamed Gaye, el niño que interpreta a Amar, camina hacia sus amigas con una mochila llena de botellas. Todo ocurre bajo la atenta mirada de Mamyto Nakamura, responsable de la empresa senegalesa Lalia Production, el imprescindible socio local que aporta unos 40 trabajadores al proyecto. «Podíamos haber grabado en Dakar con menos gastos, pero hemos preferido venir a Mbour porque la historia que se cuenta tiene su origen aquí», asegura.

Para esta joven productora, la motivación no es solo económica y el trasfondo migratorio de la película pesó mucho en su decisión. «Si no creyera en este proyecto no me habría comprometido», explica, «es el momento de levantar el velo sobre ciertas cuestiones, que las personas de ambas orillas se comprendan e intercambien». En el revuelo del rodaje, Mamyto Nakamura aparece siempre dispuesta a convencer con palabras tiernas a un niño cansado de repetir tomas o a recolocar a un grupo de figurantes que se despista de sus quehaceres. El día ha sido duro pero los objetivos se van cumpliendo. Javier Díaz-Toledo, ayudante de dirección en permanente actividad, respira aliviado. «El comienzo siempre es difícil», comenta.

La película cuenta la historia de Nola, una joven senegalesa interpretada por la niña Aminata Diop y ya de adulta por la actriz Diarra Diouf, que llega a Canarias en cayuco en busca de un padre al que nunca conoció. Con financiación del Gobierno canario y el Cabildo de Gran Canaria, entre otros, el segundo largometraje de Ravelo tras La piel del volcán, se adentra sin complejos en un tema polémico y de enorme actualidad en el que es necesario dar un pasito atrás para observarlo desde todos los ángulos. En el reparto, además de Diouf, destaca la presencia de actores y actrices como Álex García, Kira Miró, Kike Pérez, Thimbo Samb, Yanely Hernández, Mingo Ruano, Lili Quintana, Elisa Cano, Maykol Hernández e incluso el humorista Manolo Vieira. Muchos de ellos ya habían trabajado con Ravelo.

Después de un merecido descanso, el equipo se traslada de Mbour a un parque de la vecina Saly reconvertido en cementerio. El empeño de la directora de arte Erika Ravelo crea el trampantojo. La niña Nola corre entre las tumbas y la hojarasca mientras Darío Missaghian la persigue cámara en ristre. Unos pasos más atrás, alejado apenas del centro de la acción y pendiente de todo, el responsable de sonido Rhoderick Calogero parece concentrado mientras la productora Yesica Álvarez se encarga de la logística. En apariencia, la escena es más sencilla que la del día anterior, en un lugar tranquilo y alejado del bullicio y sin más actores en plano, pero en el cine nada es lo que parece. Hay que lograr la emoción del instante. La pequeña actriz, seleccionada en un casting realizado en febrero, conquista a todo el equipo.

En el rodaje se escucha español, francés y wolof, la lengua nacional senegalesa, idiomas que estarán en la propia película. Es una complicación añadida, sin duda, pero al mismo tiempo una riqueza, tres maneras de ver el mundo que se fusionan. «En realidad todo esto nos aproxima, ya puedo entender algunas palabras de español y los canarios se esfuerzan por aprender nuestro idioma o el francés. Está siendo una experiencia extraordinaria», añade Mamyto Nakamura. Otro de los desafíos fue conseguir todos los permisos para rodar. En Senegal no solo hay que hablar con las autoridades oficiales, también es importante que los jefes tradicionales y religiosos estén al corriente y den su visto bueno. «Hemos pasado a saludar a todos varias veces, estrechado decenas de manos y hasta rezado con ellos», asegura con una sonrisa el productor Josué Hernández, para quien sin el apoyo local hubiera sido imposible.

Canarias es uno de los puntos principales de llegada de la emigración irregular africana que trata de alcanzar Europa. Decenas de miles de jóvenes han muerto en el intento, pero muchos más consiguen tocar tierra y casi nunca son recibidos de la mejor manera. No son cifras, son personas. Armando Ravelo se rebela contra ese rechazo, contra la mirada simplista que no ahonda en sus circunstancias. «Es indecente que no demos acogida a quienes llegan. Nuestro objetivo es hacer una radiografía de Canarias a través del velado del migrante, su mirada va a ser como ese líquido que revela la foto y nos va a ofrecer un retrato de las Islas a través de la cultura, la sociedad y como pueblo. Hemos dado muchas veces la espalda a la realidad africana que llega a nuestra tierra, así que queremos que esta película sea un diálogo, una conversación para descubrirnos nosotros y descubrirlos a ellos», explica.

El mismo mar, los mismos sueños

¿Quiénes somos los canarios?, ¿cuál es nuestra relación con el continente al que pertenecemos, al que estamos anclados para siempre y no solo por la geografía?, ¿cómo percibimos a África?, ¿cómo nos ven ellos? Es de noche y todas estas preguntas flotan en una larga conversación durante una cena de amigos en un restaurante de Dakar junto a la costa. Muchas de esas preguntas tienen tantas respuestas como comensales en torno a esa mesa. Armando Ravelo y los miembros de su equipo, que han venido hasta Senegal para las primeras localizaciones de su película, merodean en torno a enigmas importantes en sí mismos, más incluso que las soluciones. El mar acaricia las piedras que sustentan esta terraza y al final de esa negritud del horizonte, a cientos de kilómetros, el mismo mar bate contra las playas de Melenara, Gran Tarajal o La Tejita. El mismo mar, los mismos sueños. «No somos tan diferentes», se escucha en la conversación.

En los últimos diez años, Ravelo se atrevió a recrear para el cine las historias de Doramas, de Tenesor Semidán, de la princesa Guayarmina, a contar el relato de esa Canarias que vivió el violento choque de dos mundos del que surgió, en un proceso de siglos, un río alimentado por numerosos afluentes. Pero empeñado como está en ahondar en lo que somos, ahora se vuelve a meter en un jardín. «Siempre he hecho historia de Canarias en los cortos y en La piel del volcán, como una especie de crónica. En el fondo esto es similar, lo único que estamos dejando una crónica para el futuro. Este encuentro de culturas a través de la inmigración ya forma parte de nosotros y hay que integrarlo y naturalizarlo. Canarias siempre ha sido un crisol de culturas construido a través del mestizaje. El arte es la mejor forma de poner el foco en ello y llegar no solo a las mentes, sino a los corazones de la gente», apunta.

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