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culebrones, el placer culpable

La fiebre de latelenovelaen la era del ‘streaming’

La serie colombiana ‘La reina del flow’, que lleva semanas en el podio de lo más visto de Netflix, es la punta del iceberg de un fenómeno global P En tiempos de la llamada «televisión de calidad», resulta que la telenovela está más viva que nunca

Kate del Castillo protagoniza la adaptación de la novela de Arturo Pérez Reverte, que estrenará en 2022 su tercera temporada.

El nombre de Yeimy Montoya tiene estos días un celebrado alcance global. En distintos puntos del mundo se siguen con fruición los pasos ritmados de La reina del flow —una fórmula de reggaeton y pasiones desbordantes que lleva semanas en el podio español de las ficciones más vistas de Netflix—, del mismo modo que décadas atrás se palpitaban en ruso, japonés, mandarín, árabe o coreano, los lamentos de Mariana Villarreal (Verónica Castro), protagonista de Los ricos también lloran. El culebrón latinoamericano es, desde hace tiempo, una suerte de documento de identidad regional cuya diseminación se ha multiplicado y ganado en inmediatez a partir de la existencia de los canales de streaming y la búsqueda de antiguos programas en Youtube, que brindan muchas horas de consumo a las plataformas y grandes dosis de entretenimiento (y placer culpable) a la audiencia. Quién iba a decir que en la llamada era de «la televisión de calidad», los dramas extreme latinos, como los turcos, iban a vivir también una época de esplendor.

‘LA REINA DEL SUR’

En rigor, los latinoamericanos no hablan de culebrones sino de telenovelas, una tradición que viene del folletín, pasa por el radioteatro y luego se instala en las pantallas. No es una casualidad que El derecho de nacer —los lacrimógenos 314 episodios de 30 minutos escritos en 1948 por el cubano Felix B. Caignet para la emisora CMQ de La Habana— pasara de inmediato a la televisión para constituirse —otra vez a partir de los ojos compungidos, pero al final felices, de Verónica Castro— en uno de los primeros e irrepetibles acontecimientos del género.

Esta telenovela mexicana, lujosa y liberal, se coló de forma inesperada entre lo más visto de Netflix con una fórmula que actualiza el género.

En un momento en que la llamada nueva ficción televisiva no suele superar los 10 capítulos por sesión ni las tres temporadas porque, mantienen las productoras, a partir de ahí cae en picado la atención, resulta que La reina del flow preside Netflix con una segunda temporada de 90 episodios. Más allá actualizarse con elementos de pegada como el reggaeton o de suprimir o —al menos diluir— sus viejos tics de violencia machista, las telenovelas de hoy comparten con sus antecesoras su fidelidad a tradiciones que vienen de muy lejos. Como dice Nora Maziotti en Telenovela: industrias y prácticas sociales, existe un hilo que une a Sherezade —quien para aplazar su sentencia de muerte cuenta cada noche un relato distinto en Las mil y una noches— con las pantallas en las que se emiten los programas. Es indudable que ha habido un giro sustancial en las maneras de apropiación del culebrón desde el momento en que toda una historia está disponible en la plataforma, sea cual fuera. Se terminaron los días de expectativa. Los seguidores de las desventuras de la esclava Isaura, en Brasil, tenían que aguardar, en cambio, una semana para saber si se acentuaba o no su sufrimiento. Qué decir sobre el amor casi imposible entre el sastre Diego Moreno (Pablo Echarri) y Julia Malaguer (Celeste Cid), las estrellas de Resistiré, el programa de la televisión argentina que terminó con una multitudinaria fiesta en un teatro entre los protagonistas y los espectadores.

‘¿QUIÉN MATÓ A SARA?’

Años atrás, el hispano-colombiano Jesús Martín Barbero ya trató de indagar las implicaciones y alcances del culebrón. Y constató sus intuiciones: el melodrama se toca con la vida cotidiana de quienes lo consumen: hijos que luchan por el reconocimiento de su identidad; destinos manifiestos del amor, que superan las incompatibilidades; arquetipos de género supuestamente negativos que, finalmente, se imponen, como en Yo soy Betty, la fea, de Fernando Gaitán. Narrativas costumbristas o con trasfondo criminal, como en La reina del sur. «La telenovela se ha hecho cargo de los sueños, las fantasías y las emociones de grandes sectores de la población», sostiene Maziotti. Es un artefacto que busca provocar un abanico de emociones de los espectadores, desde la compasión y la risa, hasta el temor y el llanto, pasando por el encono: la villana Fernanda del Castillo, interpretada por Aylín Mujica, era invitada a ser «odiada» en Corazón valiente, la telenovela de Telemundo de 2012.

Secuela de la serie ‘Sin tetas no hay paraíso’, suma tres temporadas, 240 episodios y una hija, ‘El final del paraíso’, que aún no ha escrito su final.

Hablar de culebrón latinoamericano es, en un punto, una generalidad. Brasil, México, Colombia, Argentina y Venezuela, sus principales factorías, tienen estilos muy diferenciados. Lo mismo que las producciones que se realizan en Miami. Pero coinciden en lo fundamental. El mundo que pintan suele ser binario. Los personajes encarnan universos sentimentales opuestos. En La tempestad, el culebrón mexicano que se basa en otro de Colombia, La Tormenta, Hernán Saldaña (Iván Sánchez) forma parte de una trama criminal dedicada al secuestro y tráfico de personas, especialmente mujeres, a quienes destina a la prostitución. Su contraparte es Marina Reverte (Ximena Navarrete), quien ha sido despedida de un hotel donde se desempeñaba como gerenta tras denunciar a un poderoso empresario por un intento de abuso sexual a una empleada. El bien, claro, siempre triunfa sobre el mal, a pesar de las desgracias temporales que se creen eternas.

Carrera permanente de obstáculos

El culebrón es el reino del azar, hasta lo inverosímil, porque también ayuda a enderezar relaciones que se creían finiquitadas o imposibles. Se trata de una carrera permanente de obstáculos que —los espectadores lo saben— terminarán por ser superados, pero lo que cuenta, en definitiva, es seguir ese recorrido hasta el final. Parece ser que no podría haber culebrón si no se ponen en escena abismos de clase y lazos de sangre que no deberían mezclarse, desgracias que tienen la forma de castigo divino pero que, a la larga, conducen al paraíso. Cuando todo está a punto de acabar, debe cumplirse una regla de oro: los culpables de haber provocado tanto dolor y desconsuelo deben pagar. La justicia viene de la mano del beso más largo e intenso de la tira.

Las audiencias latinoamericanas, a estas alturas ya globales, construyen una relación afectiva de cercanía con los protagonistas: se identifican con sus logros y compadecen por sus amarguras. A veces se visten como ellas o ellos, adoptan giros o modismos del habla. E, inclusive, también se han blanqueado violencias vestidas de arrebatos. A principios de los años 80, se emitió en Argentina el culebrón Amo y señor. Su actor principal, Arnaldo André, solía dirimir sus apasionadas discusiones con Luisa Kuliok sobre la base de sonoros cachetazos. Esas bofetadas, ha admitido André, «hoy serían un escándalo».

Por mucho tiempo, en especial en sus años artesanales, el culebrón fue mirado con desdén por ciertas élites culturales. Pero los días del prejuicio y la descalificación han terminado. Y no solo porque esas historias pueden informar sobre una realidad específica, sino también, porque, a estas alturas, pueden ser consumidos sin culpa intelectual. Muchos incluso se permiten amar aquello que odian.

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