Poco después de ganar el Oscar por American Beauty, el guionista Alan Ball sorprendió con otra historia llena de humor, drama, sexo y muerte: ¿las esencias de la vida? Se llamaba A dos metros bajo tierra y llegó a la cadena HBO en el mes de junio de 2001. Aquí no la pudimos ver hasta mayo de 2003, cuando llegó a La 2 en programa doble junto con Las chicas Gilmore.

«Sabía que iba a funcionar —dijo el actor Peter Krause en una historia oral de la serie publicada por Rolling Stone en 2015—, pero no que a la gente iba a gustarle de esa manera. A nivel de crítica, pensaba que iría bien, pero la gente realmente adoraba esa serie».

Y eso que A dos metros bajo tierra abordaba frontalmente un asunto, la muerte, del que huimos día a día, como tratando de evitar la realidad. En cierto modo, la serie era un drama laboral de toda la vida, solo que situado en el poco conocido negocio de las funerarias. Fue Carolyn Strauss, por entonces vicepresidenta sénior de HBO, quien vio potencial en el entorno tras leer el ensayo (muy crítico con la industria) Muerte a la americana, de Jessica Mitford. Pero lo que más influyó a Ball fue la colección de ensayos Bodies in motion and at rest, de Thomas Lynch, antiguo director de una funeraria de Michigan. «Habla de forma poco sentimental sobre qué significa tener que lidiar con la muerte y ayudar a lidiar con ella en el día a día», dijo Ball en Los Angeles Magazine (junio 2001). «Eso fue lo que hizo que empezara a interesarme».

Strauss quería una comedia, pero Ball tenía mala experiencia en el género. Accedió a hacerla, a ser posible negra y absurda, que fuera a la vez un drama existencial y espiritual. Mezclar tonos, jugar a los contrastes ya desde unos créditos iniciales oscuros pero luminosos. Otro elemento inesperado: la acción fúnebre de A dos metros bajo tierra se desarrolla bajo las palmeras de Los Ángeles, «capital mundial de la negación de la muerte», en descripción de Ball en el audio-comentario de DVD del episodio piloto.

Allí es donde vuelve Nate Fisher (el citado Peter Krause) por Navidad y porque su padre, Nathaniel (Richard Jenkins), ha muerto en un trágico accidente. El primero de muchos que veremos al principio de cada episodio. Los prólogos recogen las situaciones en que perecieron los hombres y mujeres después embalsamados y adecentados por los Fisher. Suelen ser muertes extrañas e inesperadas. A una señora, por ejemplo, le cae un trozo de hielo del cielo. Pero hay situaciones de todo tipo: durante al menos una escena, A dos metros bajo tierra podía ser una serie de polis, de médicos, de abogados, o lo dicho, de terror.

Disfuncionales como nosotros

La muerte del patriarca sacude a los Fisher, no necesariamente para mal. Los miembros de esta familia disfuncional tratan de acortar distancias unos con otros y entre su visión de ellos mismos y la realidad. Ruth (maravillosa Frances Conroy), la viuda de Nathaniel, empieza a disfrutar un poco de una verdadera independencia y redescubre la posibilidad de un deseo sin culpa. David (Michael C. Hall), el hijo de en medio, el más conservador, da pequeños pasos adelante en la aceptación de su homosexualidad. La dura pero vulnerable Claire (Lauren Ambrose) lucha valerosamente con los dramas del duelo y el angst adolescente. «Solo quiero que algo importe», decía en una frase icónica del séptimo episodio.

Nate, el hijo mayor que salió huyendo y se ha visto obligado a asumir sus responsabilidades, parece el normal de los Fisher, cicerón del espectador en un ambiente familiar enrarecido. Pero poco a poco veremos que en realidad es tan raro y particular como todos ellos, como todo el mundo. Cada episodio añade una capa extra de complejidad —de contradicción, de humanidad— a cada miembro de la familia Fisher.

Esta riqueza dramática se extiende a los personajes secundarios: creaciones tan emblemáticas como Brenda Chenowith (Rachel Griffiths), la neurótica y carismática masajista que acompaña a Nate en su regreso a casa; el puertorriqueño Rico (Freddy Rodríguez), antítesis de los Fisher por su permanente (o casi) buen humor, o Keith Charles (Mathew St. Patrick), novio secreto de David y todo un ejemplo de autoridad moral.

Fugas a la fantasía

En la rica visión de Ball y sus guionistas —entre los que tuvo gran importancia Joey (antes Jill) Soloway (después al frente de Transparent, muy A dos metros bajo tierra)—, las reflexiones más realistas iban acompañadas de liberadoras fugas a la fantasía. Las secuencias iniciales de muerte podían ser grotescas, como aquella de un hombre partido en dos por un ascensor. Pero también estaban los anuncios inquietantes del primer episodio; o las apariciones post mortem de Nathaniel, recurso para expresar lo que pasa por la cabeza de los personajes, o secuencias de fantasía que iban de tiroteos catárticos a tributos a Flashdance.

A lo largo de su historia, A dos metros bajo tierra recibió 44 nominaciones a los Emmy y obtuvo nueve de esos premios, incluyendo uno para Alan Ball como mejor director. Detrás de la cámara podían colocarse cineastas tan considerados como Lisa Cholodenko, Nicole Holofcener, Jim McBride (el emotivo Hermandad, el del soldado fallecido por el síndrome de la Guerra del Golfo), Mary Harron o Joshua Marston.

Podría haber llegado al medio centenar de nominaciones, eso como mínimo, de no haber preferido Ball cerrar el proyecto en un momento álgido. En 2004, cuando más de seis millones de personas veían la serie cada semana, HBO anunció que la quinta temporada sería la última. A dos metros bajo tierra se fue antes de llegar su decadencia. Y lo hizo a lo grande, con un final difícil de olvidar, tan original como lógico, que no revelaremos por si alguien se decide a ver la serie tras leer estas líneas. Su mensaje era claro: la muerte da sentido a la vida.