Varios años antes de los sucesos de 1969 del bar Stonewall de Nueva York que dieron origen al Día del Orgullo y al reconocimiento paulatino de los derechos de los homosexuales en todo el mundo occidental, la velvet mafia, o mafia de terciopelo, ya bullía en el swinging London. Con ese nombre se conoció al influyente grupo de mánagers y productores musicales homosexuales que cimentaron la década prodigiosa del Londres de los años 60, del beat, de los mods, de la moda de Carnaby Street. Un libro de reciente aparición, The Velvet Mafia: the gay men who ran the swinging sixties (Omnibus Press), de Darryl W. Bullock, analiza y pone en valor a la comunidad homosexual de visionarios sobre la que se construyeron las carreras de algunos de los más grandes artistas de todos los tiempos, desde los Beatles a los Who, pasando por David Bowie, Marc Bolan o Cream.

Lobi artístico

Nombres como Brian Epstein (el quinto Beatle, mánager de los fab four), Kit Lambert (muñidor de The Who), Simon Napier-Bell (The Yardbirds y el primer Marc Bolan), Robert Stigwood (Cream, The Bee Gees) , Billy Gaff (Rod Stewart), Ken Pitt (David Bowie), Barry Krost (Cat Stevens) o Tony Stratton-Smith (fundador del sello Charisma, donde grabaron bandas y artistas como Genesis, Gary Moore y The Nice), formaron parte de aquella comunidad queer que, a pesar de los prejuicios sociales y del marco legal de la época, no solo sacaron cabeza, sino que se erigieron en el lobby artístico más influyente y potente de todos cuantos tuvieron algo que ver en la democratización del pop y del rock en la cultura popular.

Todos ellos y algunos otros desfilan por las 304 páginas del libro de Bullock, que destila tanto éxito como tragedia en el contexto de un empoderamiento gay que caminaba sobre el filo de una legislación que apenas reconocía los derechos de los homosexuales y, además, los perseguía. Más de medio siglo más tarde, resulta imposible imaginar qué habría sido de la carrera de los cuatro de Liverpool sin Brian Epstein o de aquel Londres de parkas y Lambrettas que aupó a los Who sin el concurso de un tipo como Kit Lambert al timón de la banda mod por antonomasia. Que Bullock no habría escrito el libro ni existiría este reportaje es más que evidente, pero, más allá de la perogrullada, la cultura moderna se habría decantado por muy distintos vericuetos en los que no encontraríamos ni el punk ni la nueva ola de los 80 ni el britpop de los 90. Cuesta hacerse una idea.

Como apunta Bullock, «es importante que la gente entienda que las personas LGBT no fueron solo una parte de lo que creó la cultura rock que disfrutamos hoy, sino que fueron la fuerza impulsora detrás de ella (…), la que buscaba la próxima gran cosa para iniciar una revolución cultural», declaró el autor recientemente a The Guardian.

Personas bajo sospecha

Entre la mafia y el terciopelo, en la Inglaterra de los 60 la industria musical requería más de lo primero que de lo segundo para labrarse una carrera, aunque el sustantivo que les empareja con el suave tejido convirtió a aquel lobby en personas bajo sospecha, siempre en riesgo, perseguidas, chantajeadas y objeto de difamación pública. Desde la reclusión en Reading de Oscar Wilde por sus amoríos con Lord Alfred Douglas, los derechos civiles habían avanzado en el Reino Unido a una velocidad inversamente proporcional a la vertiginosa conjunción del talento que unió a mánagers y músicos para procurar para la historia himnos generacionales como A hard day’s night o My generation.

Mafia. Lo que unía al productor Joe Meek (Petula Clark, Tom Jones) con el director de la todopoderosa EMI, Sir Joseph Lockwood, o Larry Parnes (Bill Fury, Tommy Bruce) era el perfil trazado con tiralíneas a la medida de todos ellos: hombres ricos y poderosos que dirigían a sus artistas con disciplina, influencia y mano de hierro al mismo tiempo que se deshacían en cariño y comprensión hacia sus pupilos, cuyas carreras gestionaban con la inteligencia de un border collie, sagaces, siempre al cuidado del rebaño y procurando que muchos de aquellos músicos no olvidaran en ningún momento a quién debían su éxito.

Al margen de que varios de ellos explotaron comercialmente a sus protegidos, algunos también lo hicieron sexualmente. La minoría de edad de algunos de los descubrimientos musicales de la década no supuso una línea roja. En cuanto a relaciones abusivas, Epstein, Parnes o Stigwood —que dirigió a los Bee Gees en su época gloriosa— no fueron una excepción en la trastienda de esta maquinaria de lanzamiento de adolescentes de consumo rápido y con indudable atractivo sexual para el baile de neuronas en que se movía la juventud británica de la década.

Como apunta el autor del libro, el objeto final de la depredación no era el sexo, sino el dinero, lo que, sin embargo, no evitó que algunas carreras acabaran de forma abrupta en el mismo instante en que las estrellas rechazaban retozar en la misma cama que sus mánagers.

Despenalización parcial

La homosexualidad no se despenalizó en el Reino Unido hasta 1967. Sin embargo, la legalización de las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo fue parcial, sesgada y se volvió en contra de los gays, por cuanto les visibilizaba ante la sociedad, ponía ante los británicos el retrovisor y posicionaba en condiciones de igualdad a homosexuales que habían triunfado en los negocios con el poder heterosexual que había dominado durante siglos el poderoso imperio británico. Sirvan estos ejemplos: la ley de delitos sexuales despenalizaba las prácticas homosexuales consentidas entre mayores de edad y en privado, pero prohibía la sodomía. La edad de consentimiento se situó en los 21 años para los homosexuales, mientras que para los heterosexuales era a los 16. Los jueces interpretaron el término «en privado» en su extensión literal, lo que limitaba las relaciones a dos personas y en la intimidad del hogar. Una pareja podía ser denunciada si tenía sexo en un hotel y se vetaban las relaciones carnales a partir de dos personas, razón por la que seguramente el concepto ménage à trois se acota al francés. El acoso, por tanto, persistía.

En este escenario, y pese al triunfo en lo personal, las historias de algunos de estos hombres poderosos acabaron en tragedia. Bullock destaca en su libro el carácter autodestructivo de Brian Epstein, atrapado en esa dañina melancolía que le hacía sentirse atraído por hombres que probablemente le causarían dolor. El mánager de los Beatles murió en 1967 a causa de una excesiva ingestión de drogas. Lambert, al que debemos su contribución a obras de los Who tan reconocidas como Tommy, se zambulló entre litros de alcohol y murió en la década siguiente a manos de su camello.

Mientras esto ocurría, ¿qué pasaba con las mujeres lesbianas? «Así eran las cosas en ese entonces. Es una época en la que se suponía que las mujeres debían quedarse en casa y criar a los niños», explica Bullock a The Guardian, que no pasa por alto el ascenso en la industria de mujeres lesbianas como Vicki Wickham, asistente de producción del programa de televisión británico Ready Steady Go!, consultora de moda de la revista The Mod’s Monthly, publicada inicialmente en 1964, y reconocida por conducir las carreras de Dusty Springfield y Labelle.