Ha sido un año tan desastroso que incluso Dios se ha muerto. Un Dios del fútbol, Diego Armando Maradona, pero al fin y al cabo una divinidad con religión propia para millones de hombres y mujeres del planeta que lloraron este 2020 la pérdida del astro argentino. No falleció víctima de la Covid 19 aunque su nombre estará por siempre incluido en la lista de los miles de hombres y mujeres, anónimos o conocidos, que nos han dejado víctimas de esta enfermedad -394 de ellos por Covid en Canarias- y otras circunstancias en un año para el olvido.

No ha sido fácil e incluso los optimistas, cuando hablan del futuro, reconocen el agotamiento total de la pila alcalina que a muchos y muchas les ha permitido batallar estos meses de miedo e incertidumbre, una temporada que, por desgracia, no nos sabe ni un poquito mejor ni con el hecho de que hoy domingo se comience a vacunar contra el coronavirus en Canarias y el resto del país.

Doce historias, doce meses

Tiene en sus manos un anuario especial donde hemos tratado de combinar la dramática situación vivida este año con los y las personas que han intentado hacernos un poco más llevadera esta crisis sanitaria y económica. Una docena en total. Médicos, policías, militares, emprendedores, agricultores y hasta una futura mamá relatan en estas páginas cómo han vivido esta situación tratando de conciliar, como por ejemplo es el caso de la agente del Cuerpo Nacional de Policía en Tenerife, Elena Rodríguez, su faceta profesional con su papel de madre.

Las Islas Canarias, aunque el Gobierno central y la Unión Europea parece que no se terminan de enterar, son sin duda la región española que peor parada ha salido de todo este embrollo generado por el Covid 19 -el asombroso cero turístico en especial, con playas sin un guiri y cientos de complejos hoteleros cerrados es, cuanto menos, dramático para el archipiélago-. Pero tampoco han estado a la altura las autoridades españolas en el tema de la migración, con el humilde muellito pesquero de Arguineguín convertido ante el mundo en sinónimo de vergüenza y falta de humanidad además de utilizarse como herramienta para seguir alimentando el enconado enfrentamiento político que poco ha gustado a Canarias.

Cuidar lo nuestro, si hablamos de algo positivo que haya afectado al Archipiélago, es quizá uno de los pocos efectos positivos que nos ha dejado la crisis sanitaria: el sector primario, por ejemplo, se reveló como pilar imprescindible cuando se temía por el desabastecimiento en los supermercados. De nuestro campo y de nuestro mar llegaron cada día durante el confinamiento y los meses posteriores alimentos frescos a los hogares proporcionados por quienes se autodefinen como “la hermana pobre” de la economía canaria. Piden un poco más de atención aunque tiene claro que, desde que se recupera el turismo, sectores como la agricultura, la ganadería y la pesca volverán al vagón de cola.

Otro detalle que nos hace grandes ha sido, una vez más, la solidaridad de este pueblo que, como el resto -eso es así- no se había visto en una semejante. La labor altruista de empresarios para fabricar pantallas protectoras; de vecinos anónimos y grandes diseñadores de moda confeccionando mascarillas; de Cruz Roja, Cáritas o los respectivos Bancos de Alimentos solicitando y distribuyendo comida dicen mucho de quienes somos.

Un ejemplo claro fue el gesto de los vecinos del barrio de Arenales, en Las Palmas de Gran Canaria, cuando el Ayuntamiento de Mogán montó en varias guaguas a decenas de migrantes y los mandó a la Plaza de la Feria, de noche, como dardo envenenando para el delegado del Gobierno en Canarias, con quien vivía un espantoso enfrentamiento la alcaldesa moganera. Arenales no es un barrio rico pero hombres y mujeres de pocos recursos no duraron en comprar garrafas de agua, galletas y panes para alimentar a las personas a quienes habían dejado tiradas como animales en pleno corazón de la capital grancanaria del siglo XXI.

Han sido también nueve meses de bulos los últimos de 2020, y quizá es de ahí de donde surge el mayor aprendizaje de la ciudadanía: no tiene precio escuchar en la cola del supermercado a una pensionista responder a quien alerta de la peligrosidad de las vacunas. “Eso es un fake”, le suelta la octogenaria a su interlocutora -de más o menos la misma edad- que, y ahí está lo mejor, sabe perfectamente de qué le está hablando. No se sabe si vamos a salir reforzados como sociedad de esta situación pero lo que está claro es que entramos a 2021 un poco más conscientes. Y, sobre todo, vivos.