05 de enero de 2020
05.01.2020

Familia

La autora de 'Cordero negro, halcón gris' captó el inicio eduardiano del siglo pasado a través de su mejor ficción: 'La familia Aubrey'

05.01.2020 | 01:36
Familia

A mediados de la década de los 20 del pasado siglo, la escritora y periodista Cicely Isabel Fairfield (1892-1983), que firmaba bajo el seudónimo ibseniano de Rebecca West, fue considerada la crítica literaria más brillante de su sexo. El apelativo de "Bernard Shaw con faldas" se convirtió entonces, según parece ser, en un gran elogio. Hay que analizarlo teniendo en cuenta el contexto en que se produce, y aquel de entonces abarcaba la escena georgiana de Frank Swinnerton. Apenas veinte años después vería la luz Cordero negro, halcón gris (1941), fruto de un viaje por el interior de Yugoslavia y uno de los libros más sobresalientes del género de todos los tiempos.

En 1956, cuando ya llevaba dos décadas sin escribir ficción, se publicó La familia Aubrey, una extraordinaria novela semiautobiográfica en la que se refleja el eco social y cultural de los primeros diez años de la centuria a través del prisma de una parentela extravagante en el Londres de la era eduardiana. Dentro de ella conviven el padre, que pierde trabajo tras trabajo, a pesar de su brillantez como periodista y que hace amistades y las deshace debido al juego y a una conducta irresponsable. La madre, preocupada, pasa el tiempo sin saber cómo pagar las facturas, improvisando coartadas para librar a su marido, y viviendo con la esperanza de que dos de sus hijas, Mary y Rose, lleguen a ser las pianistas profesionales de conciertos que ella alguna vez pretendió haber sido. La hermana mayor, todavía una colegiala, no tiene un instinto real de la música, pero la empujan a creerse un ser especialmente dotado. También pulula por la historia el hermano pequeño, Richard Quin, que logra suavizar las aguas revueltas de la tempestuosa familia.

West consiguió con La familia Aubrey transmutar su propia infancia volátil en un arte perdurable. La imagen familiar que proyecta, bien escrita, sin adornos, aunque afectuosa, es la de un clan singular auscultado por una sensibilidad estilística e inteligente que lo conoce bien hasta el punto de examinar los límites evasivos de la infancia y la edad adulta, la libertad y la dependencia, lo aparente y lo oculto. Posiblemente los personajes, recreación de sus seres queridos, estén algo más agrietados que los reales de la auténtica familia. De lo contrario estaríamos ante un grupo realmente pintoresco.

La familia Aubrey, primera de una trilogía, es seguramente el mejor artefacto de ficción inventado por Rebecca West. Mucho mejor novela, por ejemplo, que El retorno del soldado, atrozmente artificial por no decir esnob, con ese tono elevado de falsedad psicológica que jamás la abandona en su lectura. Y menos ficticia en cuanto a ambientación y diseño que Cuando los pájaros caen, con el gran espectáculo de fondo de la Revolución Rusa. Su gran obra maestra se encuentra fuera de la ficción; es Cordero negro, halcón gris (Ediciones B, 2001), casi 1.400 páginas de inmersión balcánica, que junto a El significado de la traición (Reino de Redonda, 2011), prueba la enorme capacidad de West en ocuparse de todo aquello que no está de moda.

Sin embargo, nada en su vida resultó ser más contracultural que la insistencia, desde muy joven, en inventarse a una mujer capaz de vivir libremente su vida. Tuvo un hijo con HG Wells a los 22 años, pero ninguna posibilidad de casarse con el padre. Antes de contraer matrimonio con el financiero Henry Andrews, en 1930, mantuvo una frecuencia de relaciones, largas o muy cortas, que probablemente levantaría comentarios incluso en los tiempos actuales. Estaba tratando de probar cómo sería la vida de las mujeres, una vez liberadas de los viejos criterios convencionales de seguir a un buen esposo, mantener una buena conducta y pocas ideas en la cabeza. Pagó por ello un precio terrible: su hijo, Anthony West, llegó a odiarla y a tratar a las mujeres de manera espantosa, publicando todas las denuncias que se le ocurrieron sobre ella. En su lecho de muerte, se negó a verlo. Fue otra muestra más de su fuerte carácter indomable.

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