Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Montilivi, 15 años después

El tinerfeñismo añora sus tiempos felices y cumple tres lustros desde que celebró su último ascenso a Primera División

Alfaro y Nino, dupla prodigiosa, recuerdan el éxtasis final y la comunión total con la grada

Kome, alzado por los aficionados del Tenerife tras ganar un partido.

Kome, alzado por los aficionados del Tenerife tras ganar un partido. / E. D.

Manoj Daswani

Manoj Daswani

Santa Cruz de Tenerife

Quince años desde el último ascenso a Primera. Tres lustros son demasiado tiempo y el tinerfeñismo suspira por que vuelvan días felices como aquel 13 de junio de 2009. La isla entera amaneció con la ilusión de que su equipo cumpliese los pronósticos y despachase el asunto por la vía rápida. Aún quedaba una última bala (en la última jornada contra el Castellón) pero el representativo se propuso subir a domicilio. Como las tres veces anteriores, en Almendralejo, Leganés y Sevilla.

El equipo dirigido por José Luis Oltra había desplegado un fútbol que daba gusto verlo, había sellado una identificación plena con el Heliodoro y venía de una apoteosis en la victoria contra el Xerez. «Está temblando el estadio», se oyó decir al narrador de aquel partido mientras los ojos de toda España se detenían en aquel Tenerife osado, irreverente y con las ideas muy claras.

Un papel crucial tuvo el entrenador, pero también el secretario técnico de aquel proyecto, Santiago Llorente, el mismo que había edificado algunas de las plantillas de los años gloriosos de la UEFA. Logró rematar el trabajo hecho un año antes con el fichaje de Nino, goleador total; y la cesión de Alejandro Alfaro, que salió a las mil maravillas. Ambos andaluces se complementaron a la perfección y lanzaron al Tenerife desde las jornadas iniciales.

La traca final llegó en Girona, con centenares de aficionados desplazados a Montilivi y un gol de Kome que quedó para la posteridad. Justamente el héroe de aquella proeza (0-1, minuto 38) se perdió los fastos y el recibimiento apoteósico en la Isla, toda vez que su selección le alistó para una serie de partidos de los que no logró liberarse. Pau Cendrós llevó la batuta, micrófono en mano, y la Isla llenó de blanco y azul primero la autopista, luego las calles y por último la plaza de España. El tinerfeñismo entero se bañó en la gloria de un éxito que fue efímero.

Tracking Pixel Contents