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UD Ibiza - CD Tenerife (1-0): Deshonroso Tenerife

El equipo blanquiazul firma uno de sus episodios funestos desde la llegada de Ramis y suma su tercera derrota a domicilio | El representativo paga su falta de intensidad y el entrenador renuncia a dos cambios

Sipcic intenta conectar con el balón durante el partido de ayer. LALIGA

Sin señal en Ibiza. El Tenerife firmó ayer en Can Misses uno de los peores partidos que se le recuerdan desde la llegada de Ramis, con una actuación casi indecente, impropia del estilo que tanto tiempo ha tardado en construir el entrenador blanquiazul y lejos de todas las coordenadas que dejaron al club a las puertas del ascenso. Muy molesto con lo que vio desde el banquillo, el técnico fue el primero en levantar la mano, admitir su culpa y lamentar que no viese sobre el verde ni uno solo de los preceptos de su ya inconfundible manual de estilo. Ni concentración, ni intensidad, ni fiereza en las segundas jugadas; mucho menos capacidad para hacer daño al adversario o sacar tajada de sus debilidades, que eran muchas.

La derrota duele por las formas, que rozan lo inaceptable; y deja al descubierto la primera crisis de la temporada. No tanto por los números, ruinosos (0/9 a domicilio y tan solo una puerta a cero en cinco intentos), sino sobre todo por la imagen, la sensación de regresión respecto a jornadas anteriores y, lo más descorazonador, el apagón generalizado. Del suspenso y la desazón tan solo se salva Teto, honrosa excepción y única feliz noticia en un partido horroroso, plano, gris, por momentos tan insoportable como el dolor de una muela.

Por si fuera poco, la derrota deja peaje y la enfermería llena. Dauda se fue con dolor lumbar a los pocos minutos y su ausencia condicionó el partido; pero es que además forzó a Ramis a utilizar una de las tres ventanas de cambios que tenía disponibles. El caso es que al final el entrenador se dejaría dos permutas por hacer –reveló luego que Iván Romero estaba indisponible– y también Borja Garcés, Enric o Waldo acabaron con molestias.

El panorama fue desolador, casi un páramo para el Tenerife durante los 90 minutos de juego y la correspondiente prolongación. De hecho, el encuentro discurrió siempre bajo los parámetros que no deseaba el representativo, que compareció falto de activación, irreconocible, como si le pesaran las piernas y le fallasen las fuerzas. No es admisible que tardase una eternidad en probar –con un tiro fuera– al portero Fozato; tampoco se entiende que renunciara a poner en apuros y apretar a un Ibiza que jugaba sobre el alambre, urgido por su propia clasificación y silbado por su público al filo del descanso.

Pudo parecer –al menos en los compases iniciales– que el Tenerife acusara en demasía el golpe a Dauda y su posterior cambio, que trajo consigo la incorporación de Appiah y la reubicación de Waldo. Pero la aparición en escena del representativo, que se demoraba, no llegó nunca. Si acaso hubo algún atisbo de querer intentarlo antes del intermedio, cuando un buen disparo de Garcés intimidó al arquero local y propició los pitos en Can Misses. Tal fue la situación de agobio para los baleares que hasta el capitán del Ibiza tuvo que mediar en la grieta abierta entre afición y equipo; y llamar a la calma a un público que ya se impacientaba.

Desconocidos y desnortados durante los primeros 45 minutos, casi la única esperanza para los blanquiazules pasaba por mejorar sus prestaciones para poder optar a la victoria; como también aprovechar los tembleques del Ibiza, que no parecía nada seguro ante una afición que estaba de uñas. Así que el descanso se presentaba como la ocasión propicia para corregir desajustes (eran muchos) y buscar una reacción que jamás llegó.

Con la reanudación todo empeoró y se agudizaron las peligrosas tendencias que se adivinaban en el Tenerife hasta entonces. El equipo defendió peor, llegó menos y se complicó mucho más. Fue elocuente que casi toda su producción ofensiva se limitara a tiros fuera del área; y que sus errores no forzados solo fueran creciendo con el discurrir de los minutos. El más gravoso fue el de Mellot, que acabó por introducir el balón en su propio marco en el único gol de la tarde.

Como ya había ocurrido en encuentros pretéritos, hubo cero reacción por parte del Tenerife al duro golpe recibido. Ni a fuerza de coraje ni tampoco por la inspiración del talento que se le presupone en la plantilla llegaron ocasiones claras para el empate; más bien al contrario, el manifiesto desorden y la asunción de riesgos pusieron al Tenerife contra las cuerdas. Y sin grandes alardes por parte de un muy limitado Ibiza sí merodeó el partido la sensación de que el 2-0 podría llegar en cualquier momento.

Lo llamativo fue que renunciara Ramis a dos cambios, que su única solución fuese recurrir a Buñuel para jugar en el frente de ataque y, para sonrojo del resto, que las únicas acciones con criterio y coherencia llevasen el sello del burbujeante Teto. A estas alturas no es casual que un canterano –con lo difícil que lo tienen los futbolistas de su edad en este club desde tiempos ancestrales– haya sido partícipe de los cinco primeros partidos ligueros del Tenerife, ayer además con minutos de gran influencia, eficaz en defensa y sobre todo en ataque. No en vano, un tiro suyo estuvo a milímetros de suponer la igualada. Su gol en un tiro cruzado que se fue al limbo por la intervención mesiánica del brasileño Fozato habría sido el justo premio a su empuje, su ímpetu y su actitud, siempre intachable; pero tal vez hubiera sido excesivo botín para un Tenerife romo y nulo, firmante en Ibiza de una actuación para olvidar, indigna de un presunto aspirante.

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