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Ni con Don Omar hubo tanta fiesta en el Cook Music Fest

La afición española ‘colapsa’ el punto de encuentro de Santa Cruz, que el Ayuntamiento había habilitado junto a la organización del festival. Aún restaban 90 minutos para que comenzase el partido cuando ya se había alcanzado el aforo máximo: 10.000 personas que se lo pasaron en grande.

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María Pisaca

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Luisfer Cabeza

Luisfer Cabeza

Santa Cruz de Tenerife

90 minutos. Lo mismo que dura un partido de fútbol, solo que esta vez el tiempo no corrió hacia delante, sino hacia atrás. Restaba aún una hora y media para que rodase el balón en Nueva York y ya no había sitio en la explanada santacrucera en la que se había celebrado el fin de semana el Cook Music Fest y que el Ayuntamiento capitalino había habilitado, junto a la organización, para seguir la gran final del Mundial entre España y Argentina. En los aledaños del espacio en el que habían triunfado horas antes Don Omar o Chayanne eran ahora Lamine Yamal, Pedri y Rodri Hernández quienes acaparaban esta vez la atención. Ferran Torres, a la postre el hombre del partido, no figuraba en ninguna quiniela de futbolistas a seguir. Se agolpaban los miles a través de hasta dos pantallas gigantes que escoltaban el escenario ubicado a unos metros del Auditorio de Tenerife. Dentro, cerca de 10.000 aficionados dispuestos a sufrir y disfrutar a partes iguales con su selección nacional. Para desgracia de los que se lamentaban indignados, ya no podía pasar nadie más a la fiesta del fútbol por «motivos de seguridad». Poco importaba que el partido lo fuesen a ofrecer en abierto por la televisión pública. «La emoción, cuando es compartida, se multiplica», debieron pensar los asistentes. Qué razón tenían.

«Que levanten la mano los que van con España», exigió una voz a través de la megafonía justo cuando Lionel Messi, la gran estrella del adversario, aparecía en imágenes durante el calentamiento del choque. Al calor de la tarde capitalina (idéntico al que azota la ciudad de los rascacielos estos días) fueron muchos los que contestaron con una suerte de grito de guerra. Un bufido apasionado y al unísono que secundaron otro buen puñado de miles. Los que seguían la escena desde fuera (ya no iban a poder acceder, pero se resistían a marcharse) apoyados o subidos en los muros laterales del espacio. Este domingo fueron gradas.

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El Día

Dentro, la emoción y se disparó al sonar Potra Salvaje, la canción que acompañó a los jugadores de la selección durante la Eurocopa de 2024 que acabó en título con el ya inolvidable gol de Mikel Oyarzabal, el 9 de la Roja en esta final. De aquella cita, la del 14 de julio de 2024, se acordaban seguro todos los asistentes. Está todavía fresca en el recuerdo, a diferencia de la conquista de la primera estrella, la de aquel verano de 2010 en la que Iker Casillas levantó al cielo de Sudáfrica el trofeo más ansiado de todos. Y es que los jóvenes, los muy jóvenes, fueron legión en el Cook.

La respuesta de fue masiva. Tanto, que pulverizó las expectativas. Hasta 60.000 personas se llegaron a congregar a la vez en el Cook, pero la logística de este domingo solo permitía alcanzar una sexta parte de esa cifra. La marea roja desbordó las previsiones y se desató al ver a Andrés Iniesta levantar la Copa del Mundo en los prolegómenos la cita. Imposible no ilusionarse.

Animados y animando de principio a fin, protestaron las acciones polémicas, celebraron como un gol la segunda amarilla a Enzo Fernández y la entrada al terreno de juego de Pedri, uno de los suyos, y tardaron un buen rato en darse cuenta de que el tanto de Nico Williams había sido anulado. Sirvió de simulacro para lo que estaba por venir en el 106. Y entonces no hubo marcha atrás. Confeti al viento y juego de luces a todo trapo. Ni con la canción más famosa de Don Omar hubo tanto ruido. Y eso que este domingo fueron bastantes menos. Dice Ferran Torres, autor del gol de España en la final del Mundial frente a Argentina (1-0), que el tanto no lo metió él, sino los 47 millones de españoles. Al otro lado del planeta, en Santa Cruz, eran miles y miles los aficionados que celebraban por todo lo alto la segunda estrella del equipo nacional. A ritmo de ‘olés’ y con el cántico estrella: «Lo-lo-lo-lo-lo-lo-lo, soy español». Todavía entonces flotaban en el aire, además de la euforia del momento, un buen puñado del festival de los confetis rojos y amarillos que tiñeron el cielo capitalino al desde el espacio habilitado en el Cook Music Fest.

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