SEGUNDA VIDA (39)
Ruf: "La depresión te empuja al borde del abismo y yo lo único que quería era apagar la luz”
Nacido en la localidad finlandesa de Hamina (14 de octubre de 1969), este internacional español de baloncesto ha jugado en el Joventut, Girona, Lleida, Manresa, Breogán… Hijo de un reputado entrenador de pértiga, se crió en un entorno vinculado al deporte, pero fue tras colgar la botas cuando comenzó a disputar el partido más importante de su vida.

Carlos Ruf, exjugador de baloncesto, en Barcelona. / Jordi Otix / EPC

-¿Usted dejó el deporte de un día para otro o se fue despidiendo progresivamente?
-Fue un proceso natural, no me lo planteé. En enero de la temporada 95-96 me lesioné la rodilla, fue un cruzado que afectó también a la meseta tibial. Y pasé un año sin jugar recuperándome. Cuando volví, ya no lo hice en ACB. Me fui a LEB, donde estuve tres años, y después pasé dos más en EBA. Allí ya compaginaba el deporte con mi trabajo, que no tiene nada que ver con deporte. Trabajaba en una empresa de productos químicos como comercial.
-¿Y cómo afrontó esa segunda vida después de haber sido deportista?
-Fueron años muy difíciles. Yo arrastraba una depresión porque no lo había pasado bien durante una parte de mi carrera como deportista. El deporte está lleno de frustración porque hay lesiones, descensos, el equipo puede jugar bien y tú no, o porque se te acaba el contrato. Uno puede estar en forma, pero internamente tu cabeza no va. Te notas siempre cansado, sin ganas, no estás fresco. Y al final el cerebro es el músculo más importante del deportista. Siempre he admirado a deportistas que no se sienten derrotados nunca como Nadal, le da igual ir perdiendo 5-1 porque él no tira el set.
-¿Perdió la ilusión por el deporte?
-En realidad entras en un túnel oscuro. Aquello que parecía tan fácil se vuelve difícil. El campo se pone cuesta arriba y hasta predices el fracaso. Te miras en el espejo y piensas ‘no sirvo para nada’. Y ahora desde la distancia miras a aquel chaval y dices ‘¡Qué imbécil era!’. Eres un crío con mucha gente mirándote y tú lo que quieres es divertirte. Entras en contradicción porque adquieres una responsabilidad que se aleja del sentido lúdico del juego. De niño te enseñan a jugar a un deporte, pero no te enseñan todo lo que conlleva el deporte. Y al final en todos los deportes hay que saber vender espectáculo, imagen… Hoy no se concibe un jugador que no tenga redes sociales. En mi época, gracias a Dios, no pasaba.
-¿Le pesaron las expectativas?
-Las expectativas son externas y no las puedes controlar. Y luego sobreviene el miedo. El miedo a fallar, a no cumplir, a no estar a la altura... Recuerdo estar calentando y tener ganas de que el partido se acabase. Es algo que he comentado con otros deportistas y sigue pasando. Hay un momento en el que llegas a autosabotearte por miedo a triunfar. Porque cuando triunfas una vez entonces piensas, ¿ahora estaré obligado a volver a hacerlo? Es como esos comerciales que venden mucho y al año siguiente les suben los objetivos y les exigen mantenerse en un nivel que puede no ser real. Depende de dinámicas de equipo, de tu rendimiento, de suerte… En el caso del deporte es curioso porque tú juegas porque te gusta, no por todo eso que ve la gente: coches, lujo, parejas… Y hay mucho deportista que se queda por el camino porque no tiene carácter, constancia o simplemente no ha tenido suerte.

Carlos Ruf, exjugador de baloncesto, en Barcelona. / Jordi Otix / EPC
-¿En qué momento supo que sufría una depresión?
-No lo supe. Las depresiones vienen sin darte cuenta. Esperas que este año salga bien, todo apunta a que va a ser así, al principio cuentan contigo, pero luego pasa algo y la situación se da la vuelta. A mí me mataron las lesiones.
-Usted fue un jugador con cartel en el mejor Joventut.
-Sí, pero yo, por ejemplo, en la época grande del Joventut, no era de meter muchos puntos. Para eso estaban Villacampa, Margall, los Jofresa… O los americanos, que además solían ocupar mi puesto, el de pívot. Así que mi cometido era sumar y estar al servicio del equipo. Pero siempre aparecía alguien que te recordaba que esperaban algo más de ti.
-¿Le recuerdan mucho aquel lanzamiento suyo que pudo darles la victoria ante los Lakers en el 91?
-Lo de los Lakers fue anecdótico, para mí es incluso es un bonito recuerdo. Piensa que la mayoría de los que estaban enfrente aquel día los tenía en mi carpeta cuando jugaba en el patio de los Corazonistas de Barcelona. Worthy, Magic, AC Green, Divac… Tengo un recuerdo muy gráfico de aquel día. Estaba defendiendo a Worthy en una jugada que recibió la bola y pensé ‘si este tío quiere, me deja sentado en el suelo y mete la canasta’.
-¿Hablaba con alguien de su depresión?
-No eres consciente. Y además había mucho silencio porque no teníamos psicólogos y no podías permitirte el lujo de mostrar debilidad. Ni siquiera con el entrenador o con mi padre, que era entrenador de atletismo. Simplemente, tratas de apartarlo de la mente. Piensas ‘sigo adelante y ya pasará’. Y no tomar una decisión es en sí una decisión. Era como estar de cuerpo presente y de mente ausente. Todo se hacía muy pesado y cuando pasaban los picos, todo se volvía mucho más fácil. Eran bajones y subidas que venían y se iban sin explicación. Sabía lo que me pasaba, pero no encontraba las razones. Además, en la depresión el desencadenante son detalles. Con el tiempo he sabido que eran desarreglos químicos del cerebro y que no había algo concreto que lo disparase. Además, me destrocé la rodilla con 25 o 26 años. Pero siendo una época decepcionante, lo usé para ponerme un objetivo volver y lo logré.
-¿Fue ese su momento más bajo?
-(Se toma su tiempo para responder). No, mi momento más bajo llega después de haberme retirado del baloncesto. Sin duda fue cuando llegaron mis dos intentos de suicidio. Hay un momento en que lo único que quieres es apagar la luz. Aunque creo que en realidad es más un grito pidiendo ayuda que un intento de desaparecer. El nivel de suicidios en todo el mundo es altísimo, porque es un tema tabú. Es muy fuerte que una persona atente contra su propia vida, es una decisión muy particular. Lo que no sabe la gente es que si ese mismo pensamiento lo tienes un día después, no lo harías. Porque tiene un punto de impulso, no es algo deliberado. Lo que sí es deliberado es cuando te empiezas a cuestionar qué sería el mundo sin ti, llegas a idealizarlo e incluso lo tomas como una pequeña venganza a quienes no te han ayudado. Pero lo más contradictorio es que mucha gente lo hace porque les gusta tanto la vida que no la quieren vivir como les ha tocado hacerlo. Y aquí viene la buena noticia: “Se puede cambiar eso. ¡Los malos momentos pasan!”. Hay que aprender a tomar las riendas y no ser demasiado severo con uno mismo.
-Habla de dos intentos. ¿Pasó mucho tiempo entre ambos o fueron fruto del mismo bache anímico?
-Pasaron un par de años entre los dos intentos. Tengo recuerdos de aquello y lo veo como algo que me abrió los ojos para mirar las cosas de otra forma. Al final descubres que te gusta vivir. Pero la depresión te empuja al abismo, y en ese momento que te asomas no eres consciente de ello y quieres que acabe el dolor. No eres capaz de diferenciar hasta qué punto eres capaz de hacerlo y hasta qué punto lo haces para pedir ayuda. Lo llevas al extremo. Tuve suerte y la vida me dio una segunda oportunidad. Desde entonces veo el mundo con otros ojos. Aquellos intentos de suicidio desembocaron en un tratamiento y posteriormente en un diagnóstico de trastorno bipolar. Mi segunda vida no empezó después de dejar el deporte, empezó después del diagnóstico. Eso había estado siempre conmigo porque los problemas viajan en la maleta. Comencé un tratamiento que constaba de una parte química, para regularizar el cerebro, y de otra de terapia psicológica para llegar a entenderme, de higiene mental, de calma… Llevo muchos años estabilizado y he trabajado mucho la fase de conocimiento, de saber por qué… Soy una persona inquieta, curiosa, con muchas inquietudes. He probado con la música, he escrito…
No eres capaz de diferenciar hasta qué punto eres capaz de suicidarte realmente y hasta qué punto lo haces para pedir ayuda"
-Disculpe, pero noto que habla del diagnóstico con alivio.
-Yo llevaba años con una depresión y este diagnóstico me llegó con 43 o 44 años. No es algo que sufres desde el día en que te lo diagnostican, es algo que ha viajado siempre contigo. En un primer momento es un shock, pero lejos de ser un trauma lo que hizo fue darme respuesta a todas las cosas que habían pasado en mi vida antes y no tenían explicación. El diagnóstico fue invalidante, así que dejé de trabajar. Primero se produjo una época de aceptación del diagnóstico, y luego otra de investigación. Yo le pregunté al doctor si podría hablarle un día cara a cara al trastorno. Y hoy puedo decir que lo he conseguido porque uno empieza a conocerse y aprende a no excusarse detrás de esto. Ha habido gente que me ha pedido consejo, gente que era como yo al principio del proceso. Ahora regalo mi tiempo. Por ejemplo, he entrenado a un equipo de baloncesto en el Raval en una ONG con chavales con peligro de exclusión. Y si puedo ser útil, ahí me encontrarás. He escrito cosas de baloncesto, pero más pensando más en cómo funcionan las cabezas de los jugadores que las piernas.
-¿El deporte le ha ayudado en el proceso?
-En el deporte muchas cosas se basan en el deseo, en el quiero. Y yo lo aproveché para querer estar bien. Yo traía ya de serie esa gimnasia para luchar por lo que quería. El deporte lo que te enseña no es a ser mejor que el rival, es a sacar tu mejor versión, a ser mejor tú. Y eso me ha ayudado mucho en este proceso.

Ruf, en el centro de la fila de arriba formando con el Joventut en la temporada 1988-89 / Joventut
-¿Sigue viendo baloncesto?
-En directo, poco. Hace un par de años fui a ver al Joventut. Pero mantengo contacto con los compañeros porque quedamos a comer una vez al año. Además, con otros jugadores tengo contacto fluido por mensajes en los chats. Pero te confieso que el baloncesto que veo en la televisión no es el mismo que jugamos nosotros. Y lo digo sin hablar mal de ello. Es diferente. Es como comparar a los Rolling Stones con Shakira. Y yo soy un viejo rockero. Es como si comparas a Lebron con Michael Jordan. Ahora son estrellas del rock y deben vivir con ello. Además, la NBA y Europa juegan baloncestos diferentes. El otro día miré por casualidad cuántos jugadores están metiendo más de 20 puntos por partido en la NBA y hay 54. En la ACB no hay ninguno, el que más lleva suma algo más de 19 puntos. Aquí todo se reparte. Es otro deporte diferente, otro ritmo, otros cuerpos. Pero hay jugadores de aquí que están emigrando allí como Aday Mara, que es un jugadorazo. Su caso también nos enseña que la línea recta no es el camino más corto siempre. Hay que buscar tu lugar. Y él se fue de Zaragoza a Los Ángeles y de allí se mudó a Michigan, donde ha encontrado su sitio. Me alegro por él.
-¿En qué punto del camino está ahora Carles Ruf?
-Pues te confesaré que me miro en el espejo y sigo viendo al chavalito que iba en metro de Barcelona a Badalona o al que empezaba a jugar al basket en el colegio Corazonistas de Barcelona. Ahora miro el retrovisor con una sonrisa y tengo claro que el mejor momento de mi vida está por venir.
-Gracias por tu generosidad y valentía, Carlos.
-Gracias a ti, en cierta manera es liberador. Espero que este testimonio pueda ayudar a otros cuando lo lean. De lo malo se sale, pidan ayuda que siempre hay gente dispuesta a echar una mano.
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