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Boxeo

Legrá y su idilio con Tenerife y La Gomera

Fallecido este pasado martes, una de las leyendas del boxeo español –pese a haber nacido en Cuba– tuvo estrechos vínculos con las Islas. Aquí peleó, se entrenó y hasta le salió rana un negocio.

Pepe Legrá, durante uno de sus combates.

Pepe Legrá, durante uno de sus combates. / Federación Española de Boxeo

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Carlos García

Carlos García

Santa Cruz de Tenerife

El hispano cubano José Legrá, fallecido en Madrid en la madrugada del martes al miércoles a los 83 años, fue, sin lugar a dudas, una de las figuras más populares del boxeo español tras ganar dos veces el Campeonato del Mundo del peso pluma (1968 y 1972) y siete veces el de Europa. En total, 148 combates con 133 victorias y cuatro nulos. Una trayectoria tan brillante sobre el ring como errática en las otras profesiones que acometió fuera de él. Antes y después. Y ahí, en ese mal ojo el Puma de Baracoa, deja una especial relación con Canarias, y en particular con Tenerife y La Gomera.

Tras haber sido limpiabotas, repartidor de periódicos o guía turístico, José apostó en firme por el boxeo, y pese a la oposición familiar se trasladó a La Habana, peleando también en Miami y México. Pero la Revolución cubana prohibió el boxeo profesional y Legrá se trasladó muy joven España de la mano de Kid Tunero, desde ahí su preparador. En su nuevo destino empezó a pelear casi sin freno. Hasta 27 peleas en un mismo año. Una de esas primeras apariciones, solo unos días después de cumplir los 21 años, fue en Tenerife (31 de marzo de 1964) ante el grancanario Kid Tano, el sordomudo de Arenales. La pugna acabó con un nulo, pero lejos de hacerle ascos a aquella experiencia en la Isla, el cubano arrancaba en ese momento su particular idilio con las Islas Canarias. Apenas un par de meses después repitió ante Kid Tano, aunque esta vez en Las Palmas, donde tuvo dos experiencias más.

Pero fue realmente en Tenerife donde Legrá se sintió casi como en casa. La ahora abandonada Plaza de Toros de Santa Cruz fue escenario de sus exhibiciones en la Isla. Dos en 1965, otro par a comienzos de 1967, y sendas más en septiembre de ese mismo año. Las seis saldadas con victoria. En Tenerife el Puma de Baracoa logró triunfos e hizo amistades. Sobre todo relacionadas con su profesión. Entre ellos un coetáneo suyo, Juan Albornoz, Sombrita. Pero también intimó con gente reconocida de la época, como Álvaro Rodríguez López, hermano mayor de Heliodoro –otrora presidente del CD Tenerife y que da nombre a su estadio– y que se convirtió en una especie de mecenas de Legrá.

Gracias a esta reputada familia, el hispanocubano pasó varias temporadas en La Gomera, donde los Rodríguez López contaban con grandes terrenos, en especial en la localidad de Tecina (Alajeró). Allí, en su finca principal, Álvaro le levantó un gimnasio a Legrá y puso a su disposición todas las comodidades para su preparación. Varias concentraciones, como la que Pepe llevó a cabo para el que acabaría siendo su exitoso asalto a la corona mundial del peso pluma. Título logrado el 24 de julio de 1968, en Porthcawl (Gales) ante el local Howard Wistone, al que derrotó por KO técnico en el quinto asalto. Como reconocimiento público al apoyo recibido Legrá lució, sobre el ring, una piña de plátanos enviada desde La Gomera.

Tras uno de sus mayores éxitos de su carrera, y pese a estar ya inmerso en cuitas mayores, Legrá regresaría dos veces más a Tenerife. Ambas en 1970. Nadie le derrotó en la Plaza de Toros. e incluso tras su retirada, el hispanocubano no rehusó subirse a los cuadriláteros isleños para protagonizar varias exhibiciones; e incluso para apadrinar, bastantes años después, una incipiente escuela de boxeo en El Hierro.

Por el camino, Legrá no tuvo la misma pegada para los negocios que sí había mostrado encima del ring. Y es que la mayoría de sus apuestas acabaron pinchando. Tanto las inmobiliarios, como la de artículos deportivos que puso en marcha con su nombre, Legrá Sport; o las de publicidad que realizó en Estados Unidos. También trabajó como relaciones públicas de la empresa de seguridad Sasegur, e incluso hizo varias intervenciones en la pequeña pantalla en Tele 5.

Y en Tenerife tampoco se libró de esa falta de precisión a la hora de invertir. En este caso se aprovecharon de su carácter afable y bonachón en un negocio de hostelería. Sucedió a principios de los 80 cuando se asoció con un conocido para abrir un bar –a medio camino entre un pub y una whiskería– en La Rambla de Santa Cruz. Legrá invirtió cinco millones de pesetas pero acabó estafado. «Mi socio no pagó ni una cafetera», se lamentaba después.

Una fontanería, una peluquería o un taller tampoco le dieron réditos. Y eso le llevó a vivir sus últimos años con muchas apreturas. Todo lo amasado por su fama deportiva se había evaporado. De Pepe Legrá quedará siempre la leyenda.

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