Fútbol sala
El equipo de la cárcel de Tenerife II conquista una liga federada de fútbol sala: "Todos queremos salir siendo mejores"
El Rosario – Proyecto Ganar, formado por internos del Centro Penitenciario de Tenerife II, conquista el torneo de Preferente

El equipo El Rosario -Proyecto Ganar, integrado por internos del Centro Penitenciario de Tenerife, antes de un partido de Preferente. / El Día

El fútbol sala como historia de convivencia, reinserción y segundas oportunidades. Eso es lo que ha ocurrido esta temporada con El Rosario – Proyecto Ganar, un equipo formado por internos del Centro Penitenciario de Tenerife II que se proclamó campeón del Grupo 1 de Preferente Futsal –la categoría más baja del fútbol sala federado en la Isla– y cinceló una historia para la posteridad del deporte español.
Y es que allí dentro el balón dejó de ser solo deporte para convertirse en una herramienta de cambio. «El equipo te obliga a salir de ese círculo. Tienes compañeros que dependen de ti, entrenamientos a los que tienes que acudir, partidos donde todos remamos en la misma dirección», resume uno de los jugadores, D.F.M., al recordar sus inicios en El Rosario – Proyecto Ganar. En dos temporadas, la iniciativa ha pasado de ser casi experimental a coronarse campeona de una liga federada.
Todos los partidos, en prisión
El equipo, claro, compite en unas condiciones completamente distintas a las del resto de clubes. Todos los partidos –tanto los de local como los de visitante– se juegan dentro del propio Centro Penitenciario. No hay desplazamientos. Los equipos rivales tienen que pasar controles de seguridad, detectores de metales y registros antes de pisar la cancha. Y, sin embargo, cuando rueda la pelota, todo funciona como un partido normal. O incluso mejor.
Los árbitros, sorprendidos
Eso es lo que deja caer Fernando Pérez, responsable del área deportiva del centro y una de las piezas fundamentales del proyecto, cuando explica que «los árbitros comentan que es donde menos problemas tienen». Lo dice con cierta satisfacción, porque detrás de cada entreno hay mucho más que táctica: «Nosotros competimos, pero no es nuestro principal objetivo. Para nosotros la competición es un sitio donde tratamos de poner lo que es verdaderamente el sentido de nuestra actuación: que la gente tenga unos ciertos valores y actúe con respeto», apunta.
El origen de esta historia se remonta a hace dos años, cuando el Gobierno de Canarias, a través del Proyecto Ganar, respaldó la idea de inscribir a un equipo formado por internos en competición federada. La dirección del centro penitenciario lanzó la propuesta y Fernando Pérez, junto a su compañero David González Reyes, recogió el guante. «Nos implicaba trabajar también los fines de semana, pero decidimos que merecía la pena implicarnos un poquito», valora ahora.
Primero organizaron un campeonato interno para detectar jugadores y empezar a dar forma al grupo. Después se construyó una plantilla prácticamente desde cero, siempre condicionada por la propia realidad penitenciaria: internos que recuperan la libertad, otros que acceden al tercer grado y algunos que son trasladados a distintos centros para continuar cumpliendo condena.

Un instante de uno de los encuentros del campeonato. / El Día
Sorprendieron el curso pasado con un cuarto puesto, y esta temporada terminaron de dar el golpe encima de la mesa con el campeonato, haciéndolo además como el equipo más goleador de la competición y con uno de sus jugadores, N.G.A., como máximo realizador del torneo.
El trofeo importa, claro, pero no es lo único. De hecho, dentro del centro nadie parece demasiado obsesionado con la clasificación. «Aunque no hubieran ganado, seguiríamos trabajando con ellos», insiste Fernando Pérez, que siempre vuelve al mismo punto cuando habla del proyecto: «El sentido es darle todos los valores que rodean al deporte y tratar de inculcárselos a través del fútbol sala».
El día a día del equipo poco tiene que ver con el de cualquier club convencional. Muchos de los jugadores tienen responsabilidades dentro del centro penitenciario. Algunos trabajan en cocina, otros en mantenimiento o en el propio polideportivo. Entre una cosa y otra, los entrenamientos –habitualmente por la tarde– se hacen hueco tres veces por semana.
El primer entrenador del equipo, ya en libertad
Ahí aparece otra de las singularidades de este vestuario tan poco común. El entrenador del equipo durante buena parte de la temporada era un interno con titulación oficial que terminó recuperando la libertad antes de que acabara el campeonato. Su lugar lo ocupó otro preso sin licencia federativa, pero con peso dentro del grupo y mucha mano para gestionar el vestuario. «Maneja muy bien el grupo, tiene buen feeling con todos y bastante idea», explica Fernando. Entre los dos educadores y ese interno terminaron por levantar al equipo.
Sacar adelante un grupo así implica bastante más que preparar partidos. «Hay mucho ego y muchas reacciones de impulsividad», reconoce Fernando Pérez, que añade: «Cuando alguien tiene una salida de tono no solo hay que ver ese momento determinado. A lo mejor su familia no ha venido a verle, o tiene problemas personales fuera. Muchas veces lo que hay que hacer es hablar con él y ver de dónde viene su frustración».
Destaca, eso sí, que «todo el mundo ha asumido bien su papel» y que dentro del vestuario lograron transmitir la idea de que «todos son importantes». «Hasta en el momento más duro –que llegó con varias derrotas seguidas– los chicos siguieron creyendo», recuerda.
Sin expulsiones ni sanciones
Esa evolución también se percibe en pequeños detalles que, en el contexto penitenciario, adquieren muchísimo valor. El equipo apenas recibió tarjetas amarillas durante toda la temporada y no registró expulsiones ni sanciones disciplinarias. Algunos jugadores, incluso, lograron mejorar su situación dentro del centro.
«El deporte aquí dentro es como abrir una ventana», relata D.F.M. «Los entrenamientos te ayudan a liberar tensión, a ordenar la cabeza y a sentir que tu día tiene un objetivo». Sus palabras describen sensaciones muy parecidas a las de A.P.S., otro de los internos: «Cuando juegas con el equipo te olvidas por un rato de dónde estás. Aprendes a controlar los impulsos, a aceptar cuando te equivocas y a seguir adelante».

El portero del conjunto penitenciario. / El Día
También conviene mirar hacia fuera, hacia esos equipos federados de distintos puntos de la Isla que cada fin de semana cruzaban las puertas del centro penitenciario para jugar los partidos. Muchos llegaban al principio con cierta incertidumbre, incluso con prejuicios difíciles de esconder. Pero la percepción cambiaba rápido. «Una vez pasados los controles, la dinámica dentro del centro es como otro partido cualquiera», explica Fernando Pérez. Y poco a poco el fútbol fue haciendo lo suyo: «Ya se conocen entre ellos y comentan: ¿cuánto te queda?, o ¿te queda un año más?».
La competición también ha servido para derribar algunos de los estigmas que todavía rodean al mundo penitenciario. «La gente piensa en lo que ve en las películas», lamenta Fernando, «pero la prisión es un centro de reinserción y reeducación». «Este tipo de actuaciones beneficia mucho a la institución penitenciaria porque nos liberamos de muchos estigmas», insiste. Y quizá ahí aparezca otra de las grandes victorias del equipo, la de abrir una pequeña ventana entre la prisión y la sociedad.
La grada femenina
Incluso el ambiente en la grada refleja esa dimensión inclusiva que ha ido ganando el proyecto con el paso de los meses. Al principio acudían sobre todo internos vinculados a otras actividades deportivas del centro, pero poco a poco las mujeres privadas de libertad terminaron convirtiéndose en las espectadoras más habituales.
«Participar en proyectos como este nos da la oportunidad de demostrar que podemos hacer cosas bien», reflexiona A.P.S., que luego deja una frase que, probablemente, resume mejor que cualquier resultado el verdadero sentido de todo esto: «Al final, lo que todos queremos es salir algún día siendo mejores de lo que éramos cuando entramos».
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