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La capital tinerfeña se rinde a la Binter NightRun

Tras nueve ediciones celebradas, los siete mil participantes y el seguimiento del público refrendan el arraigo de la prueba con la ciudad

La capital tinerfeña se rinde a la Binter NightRun

La capital tinerfeña se rinde a la Binter NightRun / Arturo Jiménez

Bruno Sánchez

Bruno Sánchez

Santa Cruz de Tenerife

Cae la tarde sobre la Plaza de España y, poco a poco, Santa Cruz se transforma. Donde normalmente mandan el trasiego y los turistas, ayer se apelotonaba, ya desde media tarde, una marea de camisetas verdes y zapatillas con ganas de echar a «volar». Ni siquiera el calor pegajoso ni la humedad que ayer se agarró a media Isla lograron estropear el ambiente. Había sonrisas, muchas, y la sensación era la de estar a punto de vivir algo más que una carrera.

La capital tinerfeña se rinde a la Binter NightRun

La capital tinerfeña se rinde a la Binter NightRun

La Binter NightRun Tenerife despegaba con su promesa de siempre: ser una prueba nocturna, sí, pero también un evento que intenta dejar la mejor huella posible en la ciudad. Y antes de que el cronómetro empezara a mandar, llegaba el momento más especial de la jornada.

La capital tinerfeña se rinde a la Binter NightRun

La capital tinerfeña se rinde a la Binter NightRun

A eso de las 19:15, la Milla Verde abrió la tarde con un tono mucho más emocional que competitivo. Los más pequeños tomaron primero la salida, entre aplausos, confeti y un estallido de júbilo que convirtió ese arranque en algo muy parecido a una fiesta. Niños corriendo, otros en carritos empujados por sus padres, también personas mayores –algunas en silla de ruedas–; la escena, diversa y llena de vida, bien podría resumir el espíritu de una prueba donde lo importante era estar, no llegar primero.

La capital tinerfeña se rinde a la Binter NightRun

La capital tinerfeña se rinde a la Binter NightRun

El cuerpo, eso sí, ya entraba a la carrera con temperatura. Se había metido en calor con una clase dirigida de zumba frente a la fachada del Cabildo, donde la música marcaba el paso y terminaba de contagiar esa energía compartida. En meta, los regalos para los niños ponían el broche a una experiencia pensada, sobre todo, para disfrutar.

Desde la organización insisten en que ese carácter especial no sale por casualidad. El jefe de Patrocinios de Binter, Alberto Guanche, lo resumía como el tramo «más emotivo» de toda la jornada. Este año, además, la Milla Verde reunió a unos 700 participantes y cada corredor podía elegir a qué ONG destinar su aportación.

La evolución del evento también se nota –y mucho– en las cifras. Lo que arrancó en 2016 con 1.600 corredores se ha convertido, en palabras de Guanche, en una «marea» de 7.000 participantes. Un crecimiento que, según cuenta, no solo se ha afianzado en Santa Cruz, sino que además ha permitido llevar el modelo a varios destinos de la Península.

Cuando toman la salida las distancias principales, las de 5K y 10K, sobre la Avenida de Anaga se cincela una imagen de cientos de corredores avanzando como un río. La noche cae, pero la energía no afloja. Entre animaciones, música y un público completamente volcado; la carrera se convierte también en espectáculo.

Ni siquiera la calima y el bochorno logran enfriar el ambiente. Ya lo anticipaba Guanche horas antes, convencido de que bastaba con acercarse para entenderlo: aquello iba a ser una «fiesta del deporte». Y lo fue. Una vez más. n

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