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Deporte canario

Un descenso sin puntuar que abre un incómodo debate en el tenis de mesa español

El Tabor se despide de la Superdivisión en su año de debut con cero puntos, sin victorias y con una secuencia de derrotas que refleja una brecha estructural más profunda de lo que sugiere la tabla

Formación del Tabor Arafo en un duelo de la Superdivisión femenina.

Formación del Tabor Arafo en un duelo de la Superdivisión femenina. / Tabor Arafo

El Día

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Santa Cruz de Tenerife

Un descenso que deja al descubierto las costuras del tenis de mesa en España. El Tabor Arafo femenino dice adiós a la Superdivisión en el año de su estreno con un balance que duele solo de leer: cero puntos en toda la temporada, ni una victoria colectiva y la mayoría de enfrentamientos despachados con un 4-0. Ahora bien, dejarlo ahí y hablar de fracaso deportivo sería quedarse corto, muy corto. Porque lo que realmente hay detrás tiene más miga de la que parece: diferencias estructurales abismales entre clubes, un sistema de competición bastante peculiar y las limitaciones propias de un deporte que todavía está lejos –muy lejos– de moverse en parámetros estrictamente profesionales.

Desde el propio club arafero se admite que la sensación al cerrar el curso tiene algo de cara y cruz. Por un lado, hay alivio. Como reconoce su entrenador y presidente, Richard Díaz, están «dándole gracias a Dios que llegue ese momento», en referencia al final de una temporada que se ha hecho larga y especialmente dura en todos los sentidos. Pero al mismo tiempo, el balance no es únicamente negativo. Díaz insiste en que, pese a la crudeza de los resultados, ha sido «una experiencia muy bonita» para las jugadoras, que han tenido la oportunidad de medirse a rivales de un nivel que, hasta hace nada, quedaba completamente fuera de su alcance.

Debutaba el Tabor Arafo esta temporada en la máxima categoría del tenis de mesa femenino español después de lograr el ascenso el curso anterior. Lo hacía, además, con prácticamente el mismo bloque de jugadoras. Resultó ser el salto entre categorías directamente descomunal. En palabras de Díaz, no se trata de subir un peldaño, sino de afrontar «10 escalones de diferencia de una categoría a otra».

A todo eso se le añade una desigualdad de condiciones bastante evidente. Mientras algunos clubes trabajan con estructuras casi profesionales, presupuestos elevados y acceso a jugadoras internacionales de primer nivel, el Tabor ha ido levantando su proyecto poco a poco, desde abajo. Enfrente, equipos que se mueven en centros de alto rendimiento y que alinean jugadoras llegadas de medio mundo.

Tenía claro Richard Díaz que el nivel iba a ser alto, pero reconoce que «no pensaba que fuera tan grande». La liga ha dado un salto casi sin previo aviso, hasta el punto de que él mismo califica de «impresionante» el nivel actual de la Superdivisión femenina. Y aquí no solo entra en juego el talento, que también, sino el modelo que sostiene la competición.

El sistema de fichajes permite a los clubes incorporar jugadoras extranjeras de forma puntual, casi a la carta, para disputar tres o cuatro partidos concretos. Basta con echar un vistazo a las plantillas de los equipos punteros para ver un mosaico de nacionalidades –húngara, inglesa, sueca, portuguesa, italiana, china…– que no siempre están presentes en todos los encuentros. En muchos casos, los clubes manejan seis o siete extranjeras y las van activando según conviene, contratándolas para solo algunos fines de semana. La lógica es simple: «Oye, pues mira, yo tengo libre el fin de semana este… Vale, pues te contrato».

Este modelo, aunque legal dentro del marco actual, abre una brecha difícil de asumir para los clubes más modestos. El Tabor Arafo, sin demasiados recursos –conviene recordar que logró el ascenso jugando sus partidos como local en un garaje–, se ve empujado a seguir una filosofía completamente distinta. Lo resume su presidente cuando afirma que ellos «van de otra forma». Buscan jugadoras y jugadores que residan en la Isla, que trabajen en el club y que, además, ayuden a fortalecer y hacer crecer la cantera. Es una apuesta por la sostenibilidad frente a la inmediatez, pero claro, en una competición tan competitiva como la Superdivisión, eso pasa factura en la clasificación que se nota, y mucho.

El propio Díaz admite que podrían haber intentado reforzar el equipo con fichajes de calado, incluso desembolsando grandes cantidades por jugadoras internacionales para partidos concretos, pero que esa vía habría puesto en peligro el proyecto global de la institución. Según sus palabras, hacerlo habría supuesto «tambalear» la base del club y «echar al traste el trabajo hecho en los últimos 10 años». La decisión, por tanto, fue la de asumir el descenso como una posibilidad real a cambio de sostener la coherencia del modelo, pase lo que pase.

Las nueve victorias individuales frente a 64 derrotas del Tabor en el presente curso abren, de facto, un debate sobre la propia estructura de la competición. Lo expresa el técnico al señalar que, sin una inversión importante, un equipo recién ascendido está prácticamente «abocado al descenso». La comparación con otros deportes se hace casi automática: como en el fútbol, subir de categoría sin reforzarse suele traer problemas, pero aquí la diferencia es todavía más acusada.

La posibilidad de contratar jugadoras para partidos concretos, unida a las trabas legales para formalizar esos contratos, dibuja un escenario que, visto desde fuera, casi cuesta reconocer como deporte en el sentido más clásico. «¿Cómo traigo yo una jugadora? ¿Cómo le pago? ¿Cómo justifico su gasto?», se pregunta Richard Díaz. La ausencia de un marco claro complica seriamente la gestión para los clubes que intentan moverse dentro de la legalidad. «La gente no entiende realmente las dificultades que pasamos los deportes minoritarios para intentar competir a máximo nivel», lamenta el estratega isleño.

Los chicos, a por el ascenso

En paralelo al descenso del equipo femenino, el club vive una realidad completamente opuesta con su sección masculina. El conjunto de División de Honor es tercero y todavía conserva opciones de alcanzar la segunda plaza y jugar el playoff de ascenso a la máxima categoría. Se encuentran a cuatro puntos cuando quedan otras tantas jornadas, lo que les obliga prácticamente a firmar un pleno de victorias y a esperar resultados favorables.

Según Richard Díaz, la situación del equipo masculino deja entrever que el salto entre categorías, sin dejar de ser importante, resulta algo más asumible que en la competición femenina. El técnico considera que, en caso de ascenso, el conjunto masculino tendría más margen para competir con cierta solvencia. Con un espaldarazo en el mercado –«un buen jugador extranjero»– se podría «luchar la temporada» sin partir ya con la sensación de estar condenados desde el inicio; una notable diferencia respecto al escenario que han tenido que vivir las chicas.

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