El Chacho decide poner fin a su magia

A sus 38 años Sergio Rodríguez da por concluida una trayectoria profesional con dos décadas al más alto nivel

Sergio Rodríguez

Sergio Rodríguez / ED

«Cuando no me río las cosas salen peor; tienes que estar alegre y sentirte bien en todos los encuentros». En junio de 2005, y tras su primera temporada al completo como profesional, estas eran las palabras –a modo de filosofía de vida, pero sobre todo de juego– de Sergio Rodríguez. Aún imberbe y con casi todo por demostrar. Ayer, 19 años después, El Chacho seguirá sonriendo, pero por fuera de las pistas. Y es que el base lagunero ha decidido dejarlo y ponerle fin a esa magia que siempre mostró. Desde sus primeros pasos en La Salle Unelco, y ya luego a nivel profesional.

El Chacho decide poner fin a su magia

El Chacho decide poner fin a su magia / Carlos García

Han sido dos décadas de Chachismo. Una de esas religiones que solo son capaces de fundar los grandes. Con un estilo inconfundible e inigualable. Una forma de entender y ver el baloncesto a la que también acompañó, en estos últimos años, un sello único: el de su barba. Como si quisiera cerrar un círculo particular, Sergio se retira habiendo jugado su último partido el mismo día en el que pasaba a tener 38 años, y solo unas horas antes de que se cumplieran exactamente dos décadas de su debut en la ACB. Aquel 13 de junio de 2004 a Rodríguez solo le bastaron 26 segundos (anotó una canasta ante el Barça) para dejar su tarjeta de presentación. Solo un aviso de lo que acabaría siendo una hoja de servicio primorosa. En España, a nivel continental, también en sus dos etapas en la NBA, e igualmente con la selección.

El Chacho decide poner fin a su magia

El Chacho decide poner fin a su magia / Carlos García

Con España Sergio dio continuidad a aquel oro en edad júnior en 2004, y con el que tiró la puerta abajo. El base isleño fue partícipe de varios de los más importantes hitos del combinado nacional. Entre ellos el título Mundial de Japón (2006) y la plata en los Juegos Olímpicos de Londres (2012). También estuvo en el oro del Eurobasket de Francia (2015). Solo el vertiginoso ritmo de sus temporadas en sus respectivos equipos hizo que El Chacho no se permitiera varios bailes más al compás marcado por un tocayo suyo, Scariolo.

El Chacho decide poner fin a su magia

El Chacho decide poner fin a su magia / Carlos García

Sin perder lo más mínimo de su magia y clase, Sergio destiló calidad hasta el último día. Y es que al margen de ver el basket como casi nadie era capaz, Rodríguez entendió que un denodado trabajo era vital para mantener intacto su estatus deportivo. Entrega diaria, y también durante sus periodos de descansos. Pausa relativa, porque El Chacho insistió hasta la saciedad, por ejemplo, en mejorar su tiro exterior. Una obsesión que le acabó convirtiendo en uno de los mejores lanzadores de Europa, como en la 13/14, cuando alcanzó el 50% de acierto en triples en la Euroliga. Una muesca más para entender el galardón de MVP en la fase regular de la cita continental, donde aparece entre los primeros del ránking histórico en partidos jugados, puntos y asistencias.

El Chacho decide poner fin a su magia

El Chacho decide poner fin a su magia / Carlos García

Magia, mejora, y también inteligencia. Aquella de la que Sergio tiró, más que nunca, en sus últimos años para dosificarse. Y vaya que si lo hizo hace apenas un año, cuando después de unos meses más que discretos, voló el tramo final de la temporada para llevar al Real Madrid hasta una nueva Euroliga. Pero ahora Sergio decide que ya son suficientes esfuerzos después de 20 años al máximo nivel. Por mucho que el Chachismo siga vivo. Por mucho que su sonrisa se haya convertido en eterna. Esa que esbozaba hace apenas dos semanas al ganar un nuevo título. El cuarto de Liga con el Real Madrid. Como si quisiera cerrar un círculo particular y empezar a disfrutar de otro cuatro: sus hijos Carmela, Greta, Sergio y Roberto –y su mujer Ana–. Junto a ellos continuará sonriendo y seguirá haciendo magia. El baloncesto le echará en falta, pero sin el menor de los reproches. Su familia lo agradecerá. Él se lo merece.