La delegación española en Tokio tiene su particular oráculo en Jaime Gómez (Talavera de la Reina, 1987), un fijo en las expediciones desde Londres 2012.

Jaime Gómez acude a los Juegos como freelance, porque esa es la fórmula que ha encontrado para saciar su pasión por el deporte y poder acudir al evento multideportivo más importante del planeta. Sus capacidades para la comunicación y las redes sociales le permiten ejercer en este ámbito, si bien su formación es otra y tiene que ver con la gestión y la educación física. En estos momentos trabaja para doctorarse en el INEF de Catalunya. La etiqueta de oráculo se la debe a que lleva años acertando cuántas medallas logrará España en cada edición de los Juegos de verano. Así que cada día es preciso consultarle, a ver dónde van a caer los podios. Aviso: su pronóstico para esta cita olímpica se puede encontrar al final de estas líneas.

«Mi pasión por los Juegos viene por mi pasión al deporte. Con cinco o seis añitos, recuerdo que cuando comencé a leer periódicos deportivos, curiosamente empezaba siempre por el final. Así que me aficioné y fue aumentando mi interés por los deportes minoritarios», revela Gómez. Sus primeros recuerdos olímpicos se remontan a Atlanta. Era un menudo de ocho años cuando vio por televisión a Ernesto Pérez triunfar en judo y a las chicas de la gimnasia llorar en el podio. Su idilio con los Juegos no hizo sino crecer desde entonces, pero por cuestiones de edad le resulta imposible acordarse de Barcelona’92, cita que considera «una referencia indiscutible».

Barcelona lo cambia todo

«He leído muchísimo sobre olimpismo. Y por mis lecturas, Barcelona’92 no solo cambia la realidad del deporte español, que por supuesto, sino también al país en ciertos aspectos. Los españoles empezamos a creernos que éramos un país adaptado a la nueva realidad y desde fuera empezó a vérsenos con otros ojos», subraya.

Jaime ha cubierto ya tres Juegos Olímpicos. «Todos los que venimos nos encontramos con miles de anécdotas en el día a día. Son 16 jornadas muy intensas», explica. Y al preguntársele qué momento recuerda con mayor cariño, responde sin dudar. «Es que a Londres fui gracias a una acreditación básica y conseguida muy a última hora. Y en los Juegos hay que echarle a todo mucha cara, como a todo en la vida. Yo me acuerdo de que a la final de waterpolo femenino no podía acceder y quería hacerlo aunque no pudiera. Así que fui pasando controles, dándome la vuelta a la acreditación para que no se viera, aprovechando el despiste... y acabé estando en el palco con los entonces príncipes. No fue el resultado deseado pero estuve en uno de los momentos históricos de nuestro deporte», recuerda.

Sobre estos Juegos Olímpicos de Japón, entiende que para valorarlos «hay que tener en cuenta el cambio cultural». «Lo que nosotros vemos normal, ellos lo ven un sacrilegio. Lo que más me gusta de los nipones es la entrega que tienen hacia los demás, la cortesía y la amabilidad. Se agradece en un país extranjero que te reciban siempre con un saludo y una sonrisa; eso los japoneses lo llevan de serie. Lo negativo: es que son muy estrictos en algunos comportamientos y no son nada flexibles. A los latinos se nos hace complicada la rigidez y que no sean capaces de cambiar algunas cosas», dice mientras se desespera por los problemas crecientes con el transporte.

Y ahora sí, aquí viene su quiniela. «Desde que tengo una opinión formada del deporte español, no me gusta dar una cifra exacta pero sí una horquilla. Pienso que nos mantendremos en las cifras de siempre porque el español es un modelo que surgió en Barcelona y no se ha modificado hasta la fecha. Si siempre haces lo mismo, los resultados serán siempre los mismos. España se mantiene en el rango de 16 a 20 medallas, porque lo que tenemos es lo que hay. Hace falta una socialización del deporte», afirma. Jaime pronostica 18. Apunta al karate como semillero seguro, tiene grandes esperanzas depositadas en la vela y confía en unos cuatro podios en deportes de equipo. Al waterpolo masculino lo ha visto fortísimo. Conviene hacerle caso. Para los que estamos aquí, es casi un oráculo.