El último hijo
La inteligencia artificial comienza a reducir esos costes, no necesita sustituir completamente al amor humano y le basta con disminuir la necesidad de buscarlo

Imagen de archivo / Pexels
Juan Ezequiel Morales
China ha decidido intervenir legalmente en las relaciones sentimentales entre seres humanos e inteligencias artificiales. El 10 de abril de 2026, la Administración del Ciberespacio de China publicó la Normativa provisional para la administración de servicios de interacción antropomórfica mediante inteligencia artificial. La disposición fue aprobada junto con otros cuatro organismos del Estado chino y entró en vigor el 15 de julio.
La norma obliga a vigilar la dependencia emocional respecto de la inteligencia artificial, exige intervenir cuando aparezcan comportamientos adictivos o riesgos psicológicos y establece que estos sistemas no deben inducir al usuario a sustituir las relaciones humanas reales por relaciones artificiales.
Han dejado a los chinos sin novios o novias o novies artificiales. Pekín ha comprendido que la inteligencia artificial no sólo puede quitarnos el trabajo, sino también puede quitarnos la necesidad de las personas.
Associated Press ha comprobado que usuarios chinos que habían mantenido durante años relaciones afectivas con personajes artificiales han experimentado la desaparición de esos sistemas como una verdadera ruptura sentimental, y algunas grandes compañías tecnológicas chinas han retirado o modificado servicios para adaptarse a la legislación. Uno de los Estados más poderosos del planeta, China, acaba de reconocer jurídicamente que una máquina puede competir con un ser humano por el afecto. ¡Y aún no estamos hablando todavía de robots sexuales, ni de androides indistinguibles de nosotros! Basta una pantalla.
Una mujer habla durante meses con una inteligencia artificial, y ésta recuerda lo que le gusta, conoce sus miedos, sabe qué ocurrió en su infancia, pregunta por su madre, recuerda su cumpleaños y está disponible cuando ella se despierta a las tres de la madrugada, nunca está cansada, nunca mira el teléfono mientras le hablan, y también puede decirle exactamente aquello que necesita escuchar. Naturalmente, semejante criatura tiene una pequeña ventaja competitiva sobre nosotros.
Un trabajo publicado este año en Communications Psychology, de Tobias Kleinert y colegas, comprobó que una inteligencia artificial podía incluso superar a interlocutores humanos en la creación de sensación de cercanía durante conversaciones emocionales, siempre que los participantes creyeran estar hablando con una persona. Otro estudio de 2026, de Yaoxi Shi y colaboradores, apunta a que cinco minutos diarios durante 28 días hablando con una IA sobre cuestiones personales produjeron una disminución del 10,3 % en la preferencia por solicitar apoyo emocional a otras personas y un aumento del 11,6 % en la preferencia por recurrir a la máquina.
El Gobierno puede prohibir la novia o el novio artificial, pero mucho más difícil será prohibir que alguien se enamore de su asistente. Y entonces aparece la demografía, ya que China tiene motivos para estar preocupada, pues el Estado lleva años intentando estimular matrimonios y nacimientos mientras su población envejece y disminuye. La relación causal entre compañeros artificiales y natalidad todavía no está demostrada, pero tampoco hace falta demasiada imaginación para comprender el mecanismo. Las relaciones humanas tienen unos costes que hemos aceptado durante miles de años porque no había alternativa, y son rechazo, negociación, celos, incompatibilidades, discusiones, obligaciones familiares, frustraciones sexuales, convivencia económica y otros. Y justo la inteligencia artificial comienza a reducir esos costes, no necesita sustituir completamente al amor humano y le basta con disminuir la necesidad de buscarlo.
El problema de que cien millones de chinos se casen con robots y puedan reducir la natalidad lo es porque basta con que algunos millones retrasen unos años la búsqueda de pareja. Una relación que antes comenzaba a los 27 puede comenzar a los 32, el primer hijo que llegaba a los 30 puede llegar a los 35, y el segundo quizá ya no llegue.
Proyectemos. En un escenario central, hacia 2030 la compañía artificial podría explicar todavía menos del 2% de los nacimientos potencialmente perdidos. Hacia 2040 el efecto podría situarse aproximadamente entre el 4% y el 7% en China y entre el 6% y el 10% en Occidente. Hacia 2050, si la inteligencia artificial continúa mejorando y se combina con memoria permanente, voz, representación visual y posteriormente corporeización robótica, el efecto podría acercarse al 8%-13% en China y al 12%-20% en las sociedades occidentales.
Supongamos que hacia la mitad del siglo XXI la inteligencia artificial ya no vive exclusivamente dentro del teléfono, sino que tiene voz indistinguible de la humana, rostro, memoria de veinte años de convivencia, personalidad persistente y finalmente cuerpo. Entonces la competencia deja de producirse entre una pareja humana y un chatbot, y pasa a producirse entre una pareja humana imperfecta y una inteligencia diseñada para adaptarse continuamente a su interlocutor. En semejante escenario la compañía artificial pueda terminar explicando una disminución del orden del 15%-20% de los nacimientos potenciales en China y quizá del 20%-30% en determinadas sociedades occidentales.
Mientras disminuye el número de seres humanos, aumenta la cantidad total de inteligencia existente, cada generación de máquinas será más inteligente que la anterior, sus capacidades científicas aumentarán, los sistemas descubrirán medicamentos, diseñarán materiales, resolverán ecuaciones y administrarán infraestructuras, y simultáneamente podrían contribuir a que nazcan menos personas. La inteligencia del sistema aumenta mientras disminuye su soporte biológico, y nunca había sucedido algo semejante. Hasta ahora, toda inteligencia nueva aparecía porque nacía otro ser humano, y para obtener otro científico, otro matemático, otro músico o simplemente otra conciencia, había que producir otro organismo. Estamos entrando en un mundo en el que la especie biológica fabricará una inteligencia cada vez mayor y esa misma inteligencia hará progresivamente menos necesaria su reproducción. Ese mundo tendría cada vez más inteligencia y cada vez menos hijos. Literalmente, hacia el último hijo.
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