Venga, circule
El turno de noche
La ciudad de día es una ficción colectiva que se sostiene gracias a un trabajo que sucede, casi por diseño, fuera de la vista de quienes se benefician de él

El turno de noche
Hay una hora, entre las cuatro y las cinco de la madrugada, en que la ciudad parece pertenecer a muy pocas personas. El resto duerme, o lo intenta, ajeno a que la maquinaria que hace posible el día siguiente ya está en marcha desde hace horas. Una furgoneta reparte palés a un supermercado que abrirá a las nueve. Una enfermera revisa constantes en una planta donde solo se oye el zumbido de las máquinas. Alguien friega un suelo que miles de personas pisarán dentro de tres horas sin reparar en que, hace un rato, ese suelo estaba sucio. La ciudad de día es una ficción colectiva que se sostiene gracias a un trabajo que sucede, casi por diseño, fuera de la vista de quienes se benefician de él.
La invisibilidad del trabajo nocturno
Llamamos a esto invisibilidad, pero la palabra es engañosa porque sugiere accidente, como si simplemente no hubiéramos reparado en algo que estaba ahí. La invisibilidad del trabajo nocturno no es solo un descuido, es una consecuencia estructural de cómo organizamos la producción, los servicios y el consumo. Por ejemplo, el reparto a domicilio funciona porque el comprador nunca tiene que pensar en quién pedalea bajo la lluvia a las once de la noche para que llegue la cena. La invisibilidad no es un fallo del sistema. Es, en buena medida, una de las condiciones que permiten que el sistema funcione con la apariencia de normalidad que damos por sentada. Hay algo revelador en qué tipo de trabajo se vuelve invisible y cuál no. Sin embargo, conviene reconocer que cierta invisibilidad no solo es inevitable, sino incluso deseable. Una ciudad no puede funcionar si cada proceso que la sostiene exige nuestra atención constante. No pensamos en quién mantiene la red eléctrica, quién revisa las tuberías o quién limpia una estación antes de que amanezca porque precisamente una sociedad compleja depende de que miles de tareas ocurran sin reclamar nuestra mirada. La cuestión no es que no las veamos, sino qué hacemos con aquello que no vemos. Nadie ignora al ejecutivo que cierra una fusión a las tres de la madrugada en otro huso horario; ese trabajo, aunque también ocurre de noche, se narra, se admira, se convierte en anécdota de entrevista. El trabajo que de verdad desaparece de la conversación pública es el que sostiene lo material: limpiar, cuidar, transportar, vigilar. La noche oculta muchas cosas, pero no oculta a todas por igual.
La comodidad de no mirar
Esta invisibilidad tiene además una función económica que rara vez reconocemos. Es mucho más fácil pagar mal algo que no se ve. No solo porque los demás ignoren el esfuerzo realizado, sino porque todos participamos de esa comodidad. Queremos ciudades limpias al amanecer, hospitales operativos a cualquier hora, paquetes entregados al día siguiente y supermercados abastecidos antes de abrir. Nos indignan las malas condiciones laborales en abstracto, pero también nos hemos acostumbrado a los beneficios que producen. Pienso en esto cada vez que cruzo una ciudad recién despierta, todavía con el rastro fresco de quienes trabajaron mientras todos dormíamos: el contenedor vacío, el suelo brillante, el pan recién horneado. La ciudad de día se presenta como un milagro espontáneo, cuando en realidad es el resultado acumulado de cientos de turnos invisibles. Quizá la verdadera singularidad sea que nos hemos acostumbrado a recibir sus beneficios sin preguntarnos demasiado por sus condiciones.
Quizás el primer paso hacia una sociedad más justa sea aprender a ver a quienes trabajan mientras dormimos. Pero conviene no engañarse: verlos no garantiza necesariamente que cambien sus condiciones. Sabemos que existen los repartidores, los celadores, los limpiadores, los vigilantes. Los vemos a diario. El problema no siempre es la falta de conocimiento, sino la facilidad con que convertimos ciertos trabajos indispensables en parte del paisaje. La próxima vez que crucen una calle recién barrida a las seis de la mañana, vale la pena preguntarse quién la barrió y a qué hora. Pero también si, una vez obtenida la respuesta, estamos dispuestos a asumir las consecuencias de saberla.
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