REPORTAJE
Monique Wittig, heterodoxa feroz
Su reciente recuperación no solo permite redescubrir a una de las escritoras más modernas de la literatura francesa y pensadora clave de la teoría 'queer', también a un referente indispensable para autoras actuales como Sara Torres o Luna Miguel

La escritora Monique Wittig. / EP
Anna Maria Iglesia
"Somos quienes no pudimos, no quisimos, dejar de posar la mirada en la boca de la amiga. Somos quienes navegamos juntas. Construimos un refugio con algodón y caña, mientras las yeguas jugaban a perseguirse, revolviendo la arena", leemos en el prólogo que firma Sara Torres para 'Borrador para un diccionario de las amantes', de Monique Wittig y Sande Zeig.
Es una voz colectiva la que habla, es ese 'nosotras' que define la prosa de la escritora y ensayista 'queer' Monique Wittig (Dannemarie, Francia,1935-Tucson, EEUU, 2003), que vuelve a las librerías españolas a través de la publicación de su primera novela, 'El opoponax' (traducida por Gundrun Palomino y publicada por Bamba), y de 'Las guerrilleras' (traducida por María Enguix Tercero y publicada por Tránsito).
Este regreso no ha empezado realmente en 2026, sino algo antes: en 2024, Paidós publicó 'El pensamiento heterosexual', un texto clave no solo dentro del recorrido teórico y literario de Wittig, sino dentro de la teoría 'queer', de la cual la escritora francesa fue una de sus principales precursoras. Ese mismo año, Continta Me Tienes editó 'El viaje sin fin', su única obra de teatro, escrita muy probablemente motivada e influenciada por su amiga Sande Zeig, con quien escribió 'Borrador para un diccionario de las amantes', publicado también por Continta Me Tienes en 2023.
Lo relevante de las nuevas ediciones de 'Las guerrilleras' y de 'El opoponax' es que, más que una recuperación, se trata, en realidad, de una primera publicación, pues ambos textos fueron víctimas, aunque de manera distinta, de la censura franquista. 'Las guerrilleras' se publicó en 1971, después de que se eliminaran una veintena de páginas. Por su parte, 'El opoponax' apareció dos años antes, en 1969, cinco después de salir en Francia, en Seix Barral y, como cuenta Gundrun Palomino, pasó por la censura y, "aunque no hubiera exclusión de fragmentos, sí que influyó el comentario del lector censor en la traducción, que dio lugar a autocensura de la traductora y a la deformación de los mensajes principales de la novela".
Doble importancia
El regreso de Wittig a las librerías tiene una doble importancia: no solo implica la posibilidad de (re)descubrir a una de las autoras más modernas de la literatura francesa y a una de las pensadoras clave de la teoría 'queer', sino también a un referente ineludible para ensayistas y poetas actuales como pueden ser Sara Torres y Luna Miguel. Resulta imposible comprender con profundidad la propuesta filosófica de Torres sin tener en cuenta a Wittig, pero no solo eso: resulta imposible hoy acercarse a los estudios de género y proponer nuevos acercamientos teóricos sin pasar antes por Wittig.
Resulta imposible hoy acercarse a los estudios de género y proponer nuevos acercamientos teóricos sin pasar antes por Wittig
"Es imposible ubicar la influencia de Wittig en un solo campo, ya sea literatura, política o teoría, pues su trabajo atraviesa todos ellos, y es precisamente esta multidimensionalidad lo que otorga mayor trascendencia a su pensamiento", subraya Louise Turcotte, para quien Wittig representa la perfecta conexión entre política y teoría y, podríamos añadir, literatura, porque teoría y creación literaria son en la obra de la francesa vasos comunicantes, dos escrituras que se dan la mano y se complementan.
"Las lesbianas no son mujeres" es, seguramente, la frase más conocida de Wittig. La pronunció durante un simposio en el que se celebraban los 30 años de la publicación de 'El segundo sexo' de Simone de Beauvoir y estaba enmarcada en una reflexión mucho más amplia que forma parte de la base de su pensamiento: la heterosexualidad no es solo la expresión de una práctica y de un deseo sexual, sino que es ante todo un orden político.
"Los discursos que nos oprimen muy en particular a las lesbianas, a las mujeres y a los hombres homosexuales dan por sentado que lo que funda la sociedad, cualquier sociedad, es la heterosexualidad", escribe en 'El pensamiento heterosexual', su programático artículo de 1980. Aunque publicado algunos años después, este artículo es clave para acercarse a sus textos de ficción previos, que, aunque tienden a ubicarse dentro de la novela, rompen los esquemas del género, encarnando precisamente este intento por romper con el orden del discurso heterosexual.
La ruptura del género literario tiene lugar a través de una preocupación por la cuestión sintáctica, por la selección del léxico y por el uso de espacios en blanco como expresión de una posible reescritura. Influida por autores como Marcel Proust, Djuna Barnes y Nathalie Sarraute, y por el cine ensayístico de Jean-Luc Godard, Wittig propuso una escritura "lacunaria" que no solo alteraba, sino que prescindía del orden lineal y jerárquico. La escritura fragmentaria, por ejemplo, de 'Las guerrilleras' no es un simple ejercicio estilístico; es la trasposición literaria de un planteamiento político, de un "nuevo mundo" en el que el deseo no es fálico, en el que la lógica binaria se desdibuja por completo y en el que no hay una jerarquización de los cuerpos.
Sin pronombres
"En la utopía de Wittig ninguna hegemonía es sostenible, ni siquiera la inventada por ellas", señala al respecto la periodista y comunicadora Nerea Pérez de las Heras en la introducción de 'Las guerrilleras'. Su utopía es, en efecto, una utopía que se cuestiona a sí misma, que no se cristaliza, que no llega nunca a convertirse en una síntesis dialéctica, sino que está en constante movimiento. De ahí que la autora renuncie a usar los pronombres personales, puesto que, por un lado, activan y cristalizan el género y, por el otro, sustentan el orden heterosexual.
La renuncia a los pronombres y la apuesta en francés por el impersonal 'on' no solo le permiten escapar de la cosificación de género, sino, de forma más general, de cualquier forma de cosificación identitaria: "Al impedir la fijación de un 'yo' estable y de una posición sexuada reconocible –señala Palomino–, el pronombre organiza la narración como una experiencia impersonal y colectiva, anterior a toda asignación identitaria".
Esto es clave, porque no es solamente un rasgo estilístico, sino la materialización o, incluso, la encarnación –como dice Dolors Miquel en 'El cos adormit', la escritura es también carne– de un replanteamiento del contrato social, de una reformulación de las lógicas de poder que rigen la convivencia y de una reconsideración de los cuerpos y su interacción más allá de cualquier posible cosificación genérica y de cualquier otro tipo.
La lesbiana es un cuerpo colectivo: lo vemos en 'Las guerrilleras' y en 'El cuerpo lesbiano', otro de los títulos clave de Wittig
En su interesante ensayo 'El pensamiento erótico', escribe Torres: "La lesbiana de Wittig es una figura conceptual, pero también un sujeto político, deseante y creativo que, al no participar en el contrato heterosexual, ha abierto una línea de fuga para convertirse en algo distinto". La lesbiana es, asimismo, un cuerpo colectivo: lo vemos en 'Las guerrilleras' y en 'El cuerpo lesbiano', otro de los títulos clave en la trayectoria de Wittig, en el que, si bien encontramos un yo y un tú, estos son sujetos vacíos, sujetos que son nadie y todas a la vez.
Además, 'El cuerpo lesbiano' es un texto escrito a partir de otros textos y teniendo a Safo como horizonte; de hecho, la autora incorpora citas de Safo, si bien no siempre las explicita, y reconoce haber robado otros textos y haber incorporado "referencias a Ovidio ('La metamorfosis'), Joachim du Bellay, Jean Genet, Charles Baudelaire, el conde de Lautréamont, Raymond Roussel, Nathalie Sarraute, el Nuevo Testamento, poemas homéricos...".
Apuesta por la polifonía
La polifonía es otra de las estrategias para desmantelar la idea de la identidad y, por tanto, de la voz única. 'Las guerrilleras', por ejemplo, es una especie de poema épico cuyas protagonistas son mujeres –cazadoras, niñas, nadadoras, nómadas– que libran una batalla para habitar el territorio de otra manera, para construir una comunidad sáfica que reniega de la jerarquización, de las identidades, del falocentrismo como mentalidad, como deseo y como sistema político, y que busca escribir nuevos relatos para la era posheteropatriarcal.
Como apunta Luna Miguel en el epílogo de 'El viaje sin fin', Wittig plantea una reescritura de la tradición y del canon; de hecho, 'Las guerrilleras' es una reescritura del poema épico, mientras que 'El viaje sin fin' lo es de la gran obra de Miguel de Cervantes protagonizada por la Quijote y la Panza. La de Wittig es una reescritura que se piensa como transgresión, que no borra las marcas y los ecos del relato previo, sino que los quebranta: "Si la historia de la literatura es una lucha de formas, si la novela funciona como una máquina de guerra dispuesta a cuestionar las reglas convencionales aprendidas cuando leemos el canon, entonces así debe ser la lucha feminista. No borrar, sino entender. No castrar, sino liberar: reescritura, reescritura, reescritura -relectura, relectura, relectura- casi hasta el delirio o el 'évamouissement'".
La de Wittig es una reescritura que se piensa como transgresión, que no borra las marcas y los ecos del relato previo, sino que los quebranta
Escritura y construcción de nuevas articulaciones sociales y del deseo van de la mano en la autora francesa, algo que, por ejemplo, se observa en 'Borrador para un diccionario de las amantes', en elque Wittig y Zeig escriben el imaginario de un mundo lésbico que no ha sido narrado: "Quería escribir un libro totalmente lesbiano en su temática, vocabulario, textura, de la primera a la última página, desde el título hasta la contratapa", reconoce Wittig al hablar del origen de 'El cuerpo lesbiano', publicado tres años antes de este 'diccionario' que parece responder a esa misma motivación.
Lo mismo se puede decir de 'El opoponax', esa primera novela en la que confluyen todas las cuestiones estilístico-teóricas que definirán el resto de títulos de esta heterodoxa feroz, tal y como la define Nora Catelli. Aquí es, ante todo, una reescritura de las novelas de la infancia: a pesar de haber una protagonista, la narración está en primera forma del plural. Es decir, la experiencia de la infancia se escribe desde un 'nosotras' –como escriben en colectivo su futuro las protagonistas de 'Las guerrilleras'– y para poner en cuestión la idea de formación, vinculada a la cristalización de identidades fijas y (auto)impuestas, es decir, vinculada al mito heteropatriarcal de la "mujer".
'El opoponax' nos lleva directamente a releer su breve ensayo 'No se hace mujer' (incluido en 'El pensamiento heterosexual'), donde leemos: "Para las mujeres, responder a la cuestión del sujeto individual en términos materialistas consiste, en primer lugar, en mostrar, como lo hicieron las feministas y las lesbianas, que los problemas supuestamente subjetivos, 'individuales' y 'privados' son, de hecho, problemas sociales, problemas de clase; que la sexualidad no es, para las mujeres, una expresión individual y subjetiva, sino una institución social violenta".
El diálogo entre su primera novela y este texto de 1981 evidencia lo que comenta Miguel, que "su poesía, su dramaturgia y su narrativa son las verdaderas puntas de lanza de su sistema de pensamiento". La recuperación de su narrativa y de su teatro, además de su ensayismo, es, por tanto, clave para seguir pensando desde los estudios 'queer' cuestiones que hoy –la identidad, la clase, el lenguaje- vuelven a ser secuestradas por los discursos más conservadores, vuelven a estar en manos de un pensamiento heterosexual aún plenamente vigente.
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