Marcos Dosantos, escritor: "Estaba dispuesto a que esta novela se quedara en la gaveta"
El politólogo tinerfeño debuta en la novela con "El príncipe lagarto", una sátira sobre la decadencia política, el sexo y la muerte que presentará el próximo 7 de mayo en la librería El Refugio de La Laguna

Marcos Dosantos. | MANUELA GONZÁLEZ MENDIONDO

¿Cómo surgió la idea de 'El príncipe lagarto'?
La novela nace de una imagen que se me cruzó como un fogonazo: un camarero de discoteca que mata por error al presidente del Gobierno. A partir de esa idea semilla germinó todo el libro. Fue un proceso que me llevó más de tres años. Empecé a escribirlo en otoño de 2022 y lo entregamos a imprenta en febrero de 2026.
Ha sido, entonces, un proceso largo.
Sí, y con muchas idas y venidas. Lo empecé y después se cruzó La mujer volcán. Lo retomé y buena parte del libro lo escribí en Argentina, tutorizado por el escritor Félix Bruzzone. Es un hijo de desaparecidos durante la dictadura que me ayudó mucho con el tono, porque es un autor capaz de trabajar desde una escritura crítica pero nada solemne. Eso fue clave para construir una historia absurda, surrealista y con una crítica social de fondo.
Hay lectores que aseguran que se han reído a carcajadas con su novela ¿Buscaba ese efecto? No es algo sencillo de lograr.
El humor no fue buscado de manera consciente. Al principio el texto tenía algo más solemne. Fue Félix Bruzzone quien me guió hacia otro camino. Entendí que tenía que atravesarlo con parodia, ironía, sarcasmo y doble sentido; darte un subtexto. La crítica social funciona mejor si va acompañada de una enmienda a la solemnidad. Recuerdo que mi profesora de teatro en Argentina nos decía muchas veces «por favor, no sean solemne». Los artistas argentinos tienen eso muy integrados, son capaces de ser tragicómicos de forma permanente y eso se me impregnó. Es muy difícil hacer humor a propósito.
Se maneja entre la ironía y el sarcasmo.
Y el doble código. Mucha gente me está diciendo que es una novela disfrutona, pero también creo que tiene energías oscuras. Es una obra sórdida, atravesada por una crítica social relacionada con el auge de la extrema derecha y con cierto abismo civilizatorio. Luego cada lector se queda con lo que quiera, y eso también está bien.
El protagonista se llama Rayco Bethancourt. Más canario, imposible.
Sí, el nombre es evidentemente canario y hay otros como Moneiba o Yanira. En toda mi literatura hay guiños a la tierra. En este caso son los nombres, algunos topónimos y algo de léxico. Pero esta no es una novela territorializada. Al contrario, es un laboratorio de dialectos. La escribí después de vivir en Argentina y quise mezclar mi voz con voces de otros lugares. Eso me llevó a un ejercicio de nivelación dialectal que es, básicamente, el de mezclar.
¿Cómo trabajó esa mezcla?
Por ejemplo, me prohibí ciertas palabras como «coger», que aquí es inocua pero que en América Latina significa lo que significa. También aproveché palabras puente, como «pibe», que se usa tanto en Canarias como en Argentina. Me interesaba desterritorializar el texto y aprovechar esa polisemia.
La acción transcurre en una isla-país sin nombre, pero su capital se llama Guara. ¿Qué representa ese lugar?
Guara funciona casi como un personaje. Construí mucha trama a partir de sus barrios, sus paisajes y sus ambientes. La novela empieza en una discoteca, en un antro nocturno de la ciudad, como símbolo del lugar donde también se mueve el poder. La palabra «guara» la aprendí en Cuba, donde significa tener contactos o capacidad para socializar. Me servía fonéticamente porque podía sonar indígena, canaria, latinoamericana o atlántica, y a la vez conectaba con el subtexto de la novela: el poder. Porque esta es una novela sobre el poder, el sexo y la muerte.
Usted es, además de escritor, politólogo. ¿Esa formación pesa en esta novela?
Es inevitable. La deformación profesional me lleva a tratar el poder en mis obras. Ya en La mujer volcán trabajaba sobre las memorias de una senadora, por ejemplo. En El príncipe lagarto hay una reflexión más filosófica y desde el absurdo: qué ocurre cuando un ciudadano precario, anónimo y fuera de la onda política acaba convertido en producto del marketing político y de la carrera electoral. Hay también pequeñas pistas, trampas y huevos de pascua para quien conozca ciertas dinámicas del poder, la política y el periodismo. Aparecen gabinetes de prensa, notas, titulares y formas en las que los medios abordan y alimentan el populismo que atraviesa la novela. Todo está deformado por la propuesta absurda del libro, pero parte de cosas reales.
El detonante de la historia es un cóctel. ¿Por qué ese elemento?
Porque soy una persona muy hedonista y afrutada y me gustaba la idea de que el presidente muriera envenenado con un daiquiri de papaya. No pasa nada por contarlo, porque ocurre al principio. Ese cóctel me permitía exagerar el absurdo: Rayco, un personaje frívolo, nihilista, actor frustrado y trabajador de la noche, acaba con el hombre más poderoso de su país por una copa. Por otro lado, la novela tiene claves de la astrología, el pop, el tarot y todas esas historias. Para mí, Rayco representa el mito de Ganímedes. En los talleres de escritura nos suelen decir que todo está escrito y lo que tú tienes que hacer es elegir una historia y buscar ahí tu estilo, tu voz y tu mirada. Pues yo creo que las mejores historias las encontramos en los mitos griegos. En este, Zeus rapta al príncipe Ganímedes por su belleza, lo lleva al Olimpo y, cuando se aburre de él, lo pone a servir copas a los dioses. Ese mito me interesaba porque habla de las contrapartidas del poder. Rayco, además, es Acuario en la novela, y ahí está también ese símbolo del copero que vuelca la jarra del conocimiento.
Esta novela parece mirar mucho hacia Latinoamérica, es un camino que parece estar explorando desde hace tiempo.
Muchísimo. Viví en Chile en 2014 y 2015 como becario de Naciones Unidas, y después, en 2023 y 2024, estuve en Buenos Aires. Allí hice una inmersión literaria muy fuerte leyendo a Copi, Roberto Arlt, Gabriela Cabezón Cámara, Mariana Enriquez, Camila Sosa Villada o Alfonsina Storni, entre otros. Creo, sin temor a equivocarme, que las mujeres latinoamericanas están arriesgando más y mejor en la literatura actual. Beber de ellas ha sido un lujo. El príncipe lagarto es, en parte, un homenaje intercontinental a la compleja comunidad hispana, con todas sus diferencias.
¿A la hora de escribir, es de los que lo planifican todo al milímetro o prefiere dejarse guiar por los impulsos?
Diría que una mezcla. A mis alumnos de escritura creativa en La Laguna les explicaba que hay dos métodos: la brújula, que consiste en tener una idea y dejarse guiar, y el mapa, donde todo está planificado. Yo intenté hacer un poco de planificación, pero me di cuenta de que tenía que dejarme llevar.
¿Cómo fue ese proceso?
Hubo mucho de vómito creativo. Primero lo dejas salir y luego recoges, limpias, quitas tropezones y conviertes eso en algo medianamente llamativo. En este libro hubo horas de escritura casi automática, como en trance. Me interesaba bajar a los infiernos de la imaginación, el absurdo y el subconsciente. El príncipe lagarto tiene una particularidad personal y es que es la primera obra que escribo dispuesto a que se quedara metida en una gaveta y a que ninguna editorial la aceptara. Necesitaba bajar a los infiernos de las pulsiones, de la imaginación y del absurdo. Me tenía que dejar llevar y eso puede tener la consecuencia de que no encaje en ningún catálogo porque hoy en día se premia más la autoficción y la solemnidad. Y esto no es ni autoficción ni solemnidad, pero tuve la suerte de que mi editorial –Plasson & Bartleboom– se pusieran en contacto conmigo y lo sacáramos.
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