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Tecnofascismo

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Juan Ezequiel Morales

Tecnofascismo (Paidos, 2026), el último libro de la filósofa italiana Donatella Di Cesare, ha salido con la intención intelectual de dar alas a la izquierda moribunda. La ergástula perpetua que quieren imponer al pensamiento libre esos personajes intelectuales que son como horros que no disfrutan de su nuevo estado de libertos porque quedaron enfermos con el abotargamiento nacido de una dialéctica fuera de lugar, en cuya defensa han tenido que laxar todo diagnóstico sano y razonable, ocupando el lugar de su argumentario una serie de gritos histéricos sin razonamiento... desemboca en esta definición de «tecnofascismo». Es que no se les podía ocurrir otra. Son feraces estos individuos.

Donatella di Cesare está influida por Heidegger en el entendimiento político del extranjero, por Arendt en cuanto a las amenazas de las crisis políticas, y cómo no, por Derrida para el ejercicio paradójico de la hospitalidad y, a la vez, la deconstrucción del Estado-nación. Con todo, su idea central es acertada cuando señala que la crisis de la democracia no es externa, sino interna y estructural.

Donatella ve que no hay «fin de la democracia», sino una mutación interna hacia algo postdemocrático, e identifica dos fuerzas, la propia tecnocracia, un gobierno por expertos y algoritmos generado sobre mercados y despolitización, y presentado todo como una «necesidad técnica» en vez de como una intención redistributiva por justicia social. Y de otro lado una etnocracia, un repliegue identitario a la nación, la frontera y el pueblo homogéneo, con una evidente exclusión de inmigrantes y minorías. Es un totalitarismo que carece de violencia explícita masiva y de ideología cerrada, pero simula bien una democracia.

El libro se ha hecho famoso en Italia, Alemania, España y Francia, vinculado a los debates sobre populismo, biopolítica y el de la posdemocracia de Colin Crouch, politólogo de la Universidad de Warwick, quien en 2000, en su libro Enfrentando la posdemocracia, designa a los Estados en que operan sistemas democráticos, en los que hay elecciones y hay libertad de expresión, pero con una aplicación limitada por una pequeña élite que coopta a las instituciones democráticas, y dice: «Una sociedad posdemocrática es aquella que sigue teniendo y utilizando todas las instituciones de la democracia, pero en la que se convierten cada vez más en una cáscara formal».

Los pecados tecnológicos señalados por Donatella son las plataformas digitales, la vigilancia algorítmica y el capitalismo de datos. Realmente detecta una mutación real del poder e interpreta que la democracia puede vaciarse sin desaparecer. Pero también ha desaparecido operativamente el violoncelo en beneficio de los sintetizadores y no ha sido una catástrofe. Hay en la izquierda, como en la Santa Inquisición, o en cualquier Teocracia, una tendencia fanática al statu quo de un pensamiento o la adoración a un mandato sacro. Di Cesare ve en todo ello peligro y degradación, pero también podemos, de forma más perspicaz, interpretar lo que ocurre como la emergencia de una inteligencia sistémica suprahumana, donde la tecnocracia será la proto-cognición del sistema.

Llamar tecnofascismo al momento histórico en que la técnica desborda la escala humana es, ante todo, un gesto de impotencia conceptual, y directamente acusa y moraliza, sin más. La tecnología se ha salido de la mano humana, pero eso no prueba que estemos ante un fascismo, sino que el ser humano ya no ocupa el centro soberano de la historia, y es esa herida narcisista es lo que cierta izquierda filosófica no soporta.

Di Cesare detecta una mutación del poder, pero la llama fascismo porque necesita colocar el fenómeno dentro del repertorio moral de la izquierda europea: fascismo, frontera, exclusión, élites, colonialismo, dominación, un museo conceptual de una tradición que ya no produce futuro, sino imputaciones. Si la técnica avanza es fascismo, si el mercado innova es fascismo, si las élites tecnológicas acumulan poder es fascismo, si la derecha gana terreno cultural es fascismo, si la izquierda pierde al sujeto histórico proletario, entonces es que viene el fascismo. La izquierda, al perder al obrero industrial como sujeto mesiánico, tuvo que buscar nuevos sujetos en la alcantarilla retórica de los Laclau, en las minorías convertidas en significantes flotantes, en el feminismo político como motor sustitutivo, o en la victimología como nueva economía moral.

Pero el fascismo ha sido otra cosa, y confundirlo con Silicon Valley, inteligencia artificial, plataformas, biotecnología o automatización es conceptualmente abusivo y llamarlo fascismo es hacer filosofía con sirena de ambulancia.

¿Quién está resolviendo realmente los problemas materiales del mundo? ¿La retórica postfrankfurtiana, la universidad woke norteamericana, la decadente Europa? Los están resolviendo la técnica, la ingeniería, la computación, la biomedicina, la energía, la logística, la automatización, la inteligencia artificial. Incluso China, un régimen políticamente autoritario, económicamente hipercapitalista y técnicamente hiperacelerado puede aprovechar la revolución tecnológica mejor que las agotadas democracias discursivas. Y Estados Unidos, con todos sus excesos, produce los «tecnofascistas» originales que están empujando la frontera real de la especie, IA, cohetes reutilizables, neurotecnología, computación, modelos fundacionales, biotecnología... todo mientras buena parte de la izquierda académica produce sospecha, seminario, culpa y lenguaje inclusivo.

«Tecnofascismo» es un insulto que, asfixiada, emite una izquierda filosófica que contempla cómo la historia ya no le obedece, una academia que perdió el monopolio de la interpretación. La técnica puede ser peligrosa, pero esos peligros no se piensan mejor llamándolos fascismo, porque cuando todo es fascismo, nada lo es. Y cuando la izquierda llama fascista al futuro que no puede dirigir, lo único que revela es que su verdadera herida es que el mundo nuevo no le ha pedido permiso para nacer.

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