Notas lingüísticas
Más vale prevenir…

Más vale prevenir… / Adae Santana
Con frecuencia, y con el fin de infundir lingüística confianza a los hablantes del dialecto canario y contribuir a eliminar viejos prejuicios, me ocupo de divulgar la situación de nuestra modalidad, de afortunada estabilidad hoy, de la riqueza de sus rasgos peculiares y del buen reconocimiento de que está siendo objeto fuera de nuestras insulares fronteras, salvando, claro, las excepcionales manifestaciones glotofóbicas, que de todo hay en el mundo de la lengua. Sin embargo, hay ocasiones en las que me invade cierto pesimismo cuando me informo de la alarmante situación de centenares de lenguas moribundas (las que ya no se transmiten a las siguientes generaciones) y de tantas amenazadas por desaparecer en un futuro, hecho que, por supuesto, implica la definitiva muerte de sus dialectales expresiones. Así, leo en un reportaje reciente («Somos como animales en vías de extinción», El País, 28-3-2026) que solo en el ámbito europeo han muerto más de un centenar de lenguas, y que otras, como el mócheno, hablado por apenas un millar de personas en una localidad de la provincia italiana de Trento, corren el serio peligro de su desaparición.
Me pregunto ahora si es el mócheno una lengua diferenciada o un dialecto variante del bávaro, pues incluso a quienes estamos familiarizados con estas cuestiones lingüísticas no nos resulta fácil determinar cuándo una modalidad es considerada una lengua en relación con otra modalidad, o cuándo esa modalidad en relación con la que es objeto de comparación es solo una variante de lo que se considera una misma lengua. Muchas veces para ilustrar la compleja realidad de la variación lingüística se utiliza, lo que voy a llamar «prueba de la intercomunicación» entre las modalidades comparadas: si entre los hablantes de las distintas modalidades en cuestión se produce, sin dificultades, la mutua comprensión, las modalidades se consideran entre sí dialectos de una misma lengua (el canario y el rioplatense, por ejemplo, son dialectos de una misma lengua, que es el español o castellano); mas, si la intercomunicación no se produce y hay que acudir a traducciones para el intercambio comunicativo, concluiremos que las dos modalidades son lenguas diferentes, por lo menos en su objetivo estatus lingüístico, como son los casos del castellano o español y el catalán, en el contexto de España, o entre el español y el guaraní, si nos situamos en territorio paraguayo. De modo que el concepto de lengua (o idioma) hay que entenderlo siempre en relación con otras lenguas o modalidades muy diferenciadas; por tanto, el término castellano puede hacer referencia a una lengua en tanto en cuanto lo consideremos en relación con otras lenguas, como el eusquera, el catalán, el inglés o el francés, por ejemplo; pero tendrá el sentido de dialecto, si se lo relaciona con otras modalidades con las que sí existe comprensión recíproca, como el canario, el andaluz, el andino o la modalidad caribeña, todos ellos dialectos de una misma lengua: el español o castellano.
Es verdad que para el lector no especializado puede crear algún tipo de confusión la polisemia de la palabra castellano, puesto que hace referencia a la propia lengua española cuando se la quiere distinguir de alguna otra lengua vernácula de España (en cuyo territorio, como sabemos, hay cuatro lenguas: el castellano [o español], el gallego, el eusquera y el catalán), o puede hacer referencia a la variedad dialectal del español que se habla en el centro-norte peninsular, y que con otros dialectos españoles (el andaluz y el canario) y los otros americanos (como el mexicano y centroamericano, el caribeño, el andino, el chileno y el austral) constituyen, en perfecta integración, lo que conocemos como lengua española.
Huelga, pues, explicar por qué los distintos dialectos de una misma lengua, a pesar de constituir modalidades diferenciadas, mantienen los rasgos comunes que les permiten estar integrados en una entidad superior que es la lengua; de modo que todos hablamos el español bajo la forma de un dialecto, del mismo modo que los hablantes del inglés lo hacen bajo la forma de cualquiera de los suyos, como lo son el británico (con variantes como cockney o scouse), el americano (sureño y neoyorquino), el canadiense, el australiano y las variedades internacionales como el inglés indio o el inglés nigeriano. Y hago referencia a la realidad del inglés para ilustrar que la variación dialectal no es exclusiva de nuestra lengua española y que se da en todas las lenguas, y más en las de amplia extensión territorial. Y se mantienen bien diferenciados porque los propios hablantes, del mismo modo que reconocen en su lengua una parte importante de la inmensa cultura hispánica, se sienten identificados con los rasgos que lo unen a lo más próximo, y estas peculiaridades se reflejan de una forma más evidente en la expresión dialectal, suprema manifestación de la imagen del mundo que ha creado nuestra propia y más cercana comunidad. Son muchas las razones (prácticas y culturales) por las que conviene mantener los lazos comunes que nos unen a los restantes dialectos del español, pero muchas y muy fuertes son las que nos mueven a sentirnos identificados con nuestro propio dialecto, manteniendo sus peculiaridades fónicas, morfosintácticas y léxicas.
De todos modos, no hay que perder de vista que los riesgos de una posible disolución de sus peculiaridades y su consiguiente desaparición existen, y por eso mi reflexión del comienzo con la realidad del mócheno. Ciertamente, hoy por hoy nuestro dialecto goza de muy buena salud, sin embargo, habremos de estar atentos a las posibles influencias externas, intencionadas o no, que puedan debilitar las fuerzas de cohesión que afortunadamente nos unen, para llevarnos a la uniformidad lingüística que tanto reclaman quienes niegan la enorme riqueza cultural de la diversidad.
Que el dialecto, como expresión de la lengua, evoluciona es una realidad incontrovertible, si bien ese proceso es casi imperceptible desde una perspectiva sincrónica: continuará progresando el yeísmo y es probable que en un futuro sea más acusada la aspiración y pérdida de las eses finales. ¿Se debilitarán y perderán en amplias zonas el dialecto algunas consonantes, como la -d- en posición intervocálica? ¿Desaparecerán voces referenciales de algunas actividades y objetos en desuso? ¿Se incorporarán nuevas palabras con la llegada de inmigrantes de distintas áreas del español americano? Es posible, pero todos estos hipotéticos cambios solo serán observables al cabo de mucho tiempo y difícilmente serán detectados en el momento mismo en el que estamos usando la lengua.
Del peligro de una posible disolución o pérdida de rasgos caracterizadores seremos responsables los propios hablantes cuando conscientemente reneguemos de nuestras peculiaridades adoptando otras consideradas más prestigiosas por razones de dominio de todos conocidas. Propongo, en consecuencia, un sencillo test de autoevaluación para comprobar si en alguna medida ese riesgo existe respondiendo «sí» o «no» a las siguientes preguntas: 1. ¿En alguna ocasión, en determinadas situaciones comunicativas, fuera o dentro de nuestro territorio, ha decidido, conscientemente, pronunciar las consonantes interdentales (representadas en la escritura por la z y la c ante e, i) por considerar esa pronunciación más culta, correcta o prestigiosa? 2. ¿Ha renunciado al uso de ustedes, que ha venido haciendo en toda su vida (salvo las excepciones conocidas de hablantes de ciertas zonas de La Palma y La Gomera), por vosotros, por entender que es un uso pronominal más correcto o adecuado en determinados situaciones o contextos? («Vosotros os vais», mejor que «Ustedes se van»). 3. ¿Tiende a suprimir el artículo ante algunos nombres de lugar («Iré a Península» por «Iré a la Península»; «Voy a pasar unos días en Gomera») porque de esa manera le suena mejor? 4. ¿Ha tenido la tentación de utilizar patata o autobús en lugar de papa y guagua por creer que son voces más correctas y prestigiosas? 5. ¿Considera que, como hablante canario, si utiliza nuca, habilidad o cabrito en lugar de totizo, jeito o baifo está procediendo en contra de la norma lingüística de nuestra modalidad?
Sé que es aventurado valorar las respuestas a estas cuestiones como prueba del verdadero aprecio de lo dialectal y la más o menos adecuada idea que se posee del propio concepto de dialecto, sin embargo, como simple sugerencia propongo que se indague la razón de fondo que lo indujo a responder con una afirmación a todas o a cualquiera de las cinco preguntas. Si no menosprecio, algo de sobrevaloración de otra modalidad, de falso prestigio frente a sociolectos considerados superiores y de una errónea concepción de lo dialectal sí que ha habido. Habría que concluir en este caso que es preciso realizar mayores esfuerzos en el terreno de la educación, y, de forma indirecta, a través del ejemplo que puedan dar las instituciones y los medios de comunicación.
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