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Pierre Lemaitre, el cronista de un siglo

El autor francés cierra con ‘Grandes promesas’ su segunda gran saga literaria para componer un gigantesco fresco del siglo XX mediante el dominio de todos los géneros literarios, de la novela negra a la histórica y el folletín, con la maestría que encumbró a Émile Zola y Victor Hugo

Pierre Lemaitre

Pierre Lemaitre / Pau Gracià

Jorge Fauró

Jorge Fauró

En la memoria de la generación de europeos nacidos en la década de 1960, ya jubilados o a punto de estarlo, Beirut, escenario de guerras civiles y conflictos vecinales permanentes desde 1975, se aparece a menudo como una amalgama de escombros dentro del imaginario boomer. No digamos entre millennials y militantes de la última generación, esa que mira el mundo a través de pantallas donde el Líbano u Oriente Medio ni siquiera están invitados. No nació TikTok para el postureo de los desplazados ni para anunciar cosméticos entre las ruinas. Es así que mientras en Europa decenas de miles de madres alumbraban hace más de 60 años a los actuales perceptores del sistema público de pensiones, con la discreta banda sonora de Eight days a week de los Beatles o el Flamenco de Los Brincos, ambas del 64, la capital del Líbano entretejía su condición de bastión cosmopolita a caballo entre culturas.

Es en este Beirut, desde cuyas ventanas «se disfrutaba de una vista maravillosa del Mediterráneo», donde Pierre Lemaitre (París, 1951) arranca Los años gloriosos, la tetralogía que narra la historia de una familia, los Pelletier, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta mediados de la década de 1960 y que acaba de cerrarse con la publicación de Grandes promesas (Salamandra, 2026). Allí, en la misma metrópoli que fue cruce de civilizaciones y modernidad y hoy sucumbe de nuevo bajo las bombas de Israel y los cohetes de Hezbolá, «el horizonte se confundía con el cielo [y] podía admirarse el halo azulado del Monte Líbano». La constante evocación que la ciudad inspira a Lemaitre se antoja en 2026, a la vista del contexto bélico, casi un irónico oxímoron.

Una trilogía y una tetralogía para retratar el siglo XX. Suma y sigue. Lemaitre ya ha anunciado en qué empleará sus próximos años como escritor: otra tríada que concluirá en 1989, con la caída del muro de Berlín.

A la manera de Zola con los Rougon-Macquart, el autor parisino pintó con Los hijos del desastre (Nos vemos allá arriba, Los colores del incendio y El espejo de nuestras almas) un minucioso fresco ambientado en parte del primer tercio de la centuria, ese que abarca desde la Primera Guerra Mundial hasta la siguiente gran confrontación bélica, para acabar conectando, mediante el efectivo recurso a personajes que ejercen de puente entre una y otra saga, con la tetralogía de Los años gloriosos, a saber: El ancho mundo (2022), El silencio y la cólera (2023), Un futuro prometedor (2025) y Grandes promesas (2026). Las peripecias de los Pelletier permiten a Lemaitre trazar en esta segunda colección de novelas una apasionante crónica del siglo XX de 1948 a 1964, entre la evocadora Beirut bajo jurisdicción francesa -la Suiza de Oriente Medio-, Praga y París, con parada en el Saigón de la inestable Indochina, que aquí recuerda vagamente a la dibujada por Marguerite Duras en El amante.

Es en estos escenarios donde el novelista galo ambienta el conjunto de estas cuatro obras que, si bien no se aconseja leer de modo independiente, el autor sitúa hábilmente al lector en los antecedentes de los hechos transcurridos en libros precedentes, lo que facilita la puesta al día de la narración. Se agradece cuando se trata de seguir el hilo entre obras publicadas, de la primera a la cuarta, con cuatro años de diferencia.

Esta es la historia. Louis y Angèle son los cabezas de familia de los Pelletier. Jean, François, Etienne y Hélène conforman la variopinta prole de la pareja, que ha salido adelante con la actividad de la próspera fábrica de jabones que los Pelletier regentan en la afrancesada Beirut de posguerra.

El viajero del tiempo

Pierre Lemaitre vive desde hace unos años junto a su mujer, su hija y dos perros labradores en una finca de la Dordoña francesa, un departamento situado en el suroeste del país que escasea en industria frente al predominio de la agricultura, principalmente cereales, frutas y hortalizas. También ganadería (bovina y ovina) y, cómo no, aviar, base del reconocido foie gras.

También es tierra de castillos. Rodeando el río Dordogne y su afluente, el Vézère, en mitad de un mapa que es verde y azul, llegaron a levantarse más de mil châteaux, muchos de los cuales continúan en pie. Un río caudaloso y navegable, miles de hectáreas de verde y fortificaciones, elementos habituales de la literatura del siglo XIX, del romanticismo, del realismo y del naturalismo, de Victor Hugo, Balzac y Zola, y por supuesto del autor de El Conde de Montecristo, con quien los periodistas de cultura acostumbran a comparar a Pierre Lemaitre, «el Alejandro Dumas del siglo XXI», lo que nos descubre cómo un escritor, y no solo su obra, puede viajar en el tiempo.

Y aquí la paradoja. Lemaitre acostumbra a epilogar sus novelas con una profusa relación de agradecimientos y un párrafo final donde dice que «el lector encontrará huellas evidentes o secretas de…», la fórmula empleada por el parisino para reconocer, por orden alfabético, las influencias y musas que vienen a visitarle mientras escribe desde su atalaya périgourdine. A saber: Paul Auster, Simone de Beauvoir, Charlotte Brontë, Celine, Diderot, Dos Passos,… A continuación uno esperaría que citara a Dumas, pero no hay rastro del padre de los mosqueteros. Ni siquiera de su hijo, autor de La dama de las camelias. La lista sigue: Victor Hugo, Arturo Pérez-Reverte, Rabelais, Lev Tolstoi o Émile Zola. (Abro paréntesis: ¿en qué momento decidimos en España traducir los nombres de los escritores franceses -más que escritoras, y algún ruso, como Tolstoi- del siglo XIX? Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Emilio Zola). Así de agradecido es Pedro Lemaitre.

Un tipo con gran sentido del humor capaz de presentarse ante la prensa española con un «Me llamo Michel Houellebecq y estoy muy contento de estar en Italia». O de colar (y admitir) en la última entrega de su tetralogía, Grandes promesas, una frase apócrifa de Dostoyevski en Crimen y castigo: «El último juez de un hombre es su propia conciencia». Sería un gran epitafio.

Devenir familiar

Pierre Lemaitre, maestro en la arquitectura de los personajes y en la construcción de diálogos -qué difícil es componer el carácter de los protagonistas de una novela solo a través de sus palabras y qué fácil lo hace el francés-, disecciona un combo en el que enseguida conocemos al inseguro primogénito (Jean), torpe, irritante en su inutilidad, incapaz de llevar el negocio familiar, un moins-que-rien que castiga su frustración convirtiéndose en un asesino de mujeres; el brillante reportero que marcha a París a labrarse una carrera como periodista (François); el tercero de los hermanos (Etienne), que viaja a Saigón en busca de su amado Raymond y acaba en las manos de una organización criminal; y la hija menor, Hélène, que mantiene una relación con un profesor de matemáticas y vive obsesionada con abandonar el nido. En medio de todos, el gato Joseph, presente en toda la tetralogía como testigo silencioso del devenir familiar y de la degradación que va operándose entre algunos miembros del clan. No pierdan de vista al félido. Lemaitre lo esconde en varias fases de la saga para convertirlo en personaje determinante en los últimos capítulos de Grandes promesas.

Sin llegar a la excelencia de Nos vemos allá arriba (Premio Goncourt de 2013), Lemaitre se supera especialmente en las dos últimas partes de la tetralogía, en las que el novelista ahonda en el auge del capitalismo, durante ese periodo que en Francia se conoce como los Treinta Gloriosos (del final de la guerra a 1975), cuando el país experimenta la consolidación del crecimiento económico, pero también la exclusión social.

Las cuatro obras están estructuradas de modo que de cada miembro de la familia podría extraerse una novela. Lemaitre arma para cada Pelletier argumentos tan potentes y los entrelaza con tal habilidad técnica, que el interés por lo que les ocurra se va agigantando a medida que avanzan las páginas. El autor francés, de publicación tardía (su primera novela salió a la venta cuando ya había cumplido los 55), se sirve de su formación como psicólogo para diseccionar de forma nítida el carácter de cada uno de los actores que fluyen por los meandros que riegan su obra, para desembocar en giros de guion inesperados y finales apabullantes. Es admirable el dominio de la narración que exhibe en sus obras el autor de Vestido de novia.

Lemaitre fabrica un conjunto de secundarios -las parejas de los cuatro hermanos- entre los que destaca la mujer de Jean, Geneviève, una de esas joyas que de cuando en cuando alumbra la literatura universal, esposa interesada trufada de envidia y vileza que logra poner de acuerdo a todos los lectores. Está tan bien cimentada Geneviève en los cánones de la infamia que tan grande es el deseo de que desaparezca de la narración como de que la capitalice y tome el mando de la historia.

Con esos mimbres, el parisino teje una trama vertiginosa muy de la literatura del XIX, en la que confluyen los aconteceres de toda la familia a partir de varios géneros literarios: el folletín, la novela de aventuras, la novela negra y la novela histórica, en el marco de la guerra de Indochina, la corrupción inmobiliaria y la reconstrucción de Francia después de la Segunda Guerra Mundial. Esto último se aprecia especialmente en la última entrega de esta epopeya francesa, en la que el escritor documenta la construcción del Bulevar Periférico de París (un trasunto de la M-30 madrileña) que será escenario de la rabia de un francotirador descendiente de españoles que se revuelve contra las corruptelas que acompañan a menudo las relaciones entre la política y la construcción y las profundas desigualdades de la sociedad francesa de mediados del siglo XX. «La corrupción se consume como la pasión o el sexo, es irresistible», ha dicho recientemente en una entrevista.

Medida justa

El francés, que viene de las exigencias cadenciosas del noir (las cuatro entregas del comandante Camille Verhoeven), maneja el ritmo narrativo mediante capítulos que se leen a lo sumo en tres minutos y en los que la trama va deslavazándose e invita a leer el siguiente sin apenas tregua, una técnica de best seller -si se quiere decir así-, sin frases de más, con la medida justa para afrontar el próximo párrafo sin caer en lo predecible. Detrás de Pierre Lemaitre no solo encontramos a uno de los escritores más leídos dentro y fuera de Francia, sino también a un tipo que demuestra un respeto sagrado por el oficio de escritor y por la literatura.

Formado en la psicología y escritor desde los 25, fue su mujer, Pascaline, quien le animó a publicar cuando Lemaitre ya había cumplido 55 años. La novela negra le metió en la literatura y se mantuvo cómodo en ese campo hasta que dio un paso más, el de la novela histórica y social pertrechada de asesinatos e investigación a través de la ascensión y caída -y vuelta a ascender- de sagas familiares. Dice en la entrevista citada líneas atrás: «Para terminar esta serie sobre el siglo XX voy a abordar el periodo que va de la primera crisis del petróleo, en 1973, hasta un poco después de la caída del muro de Berlín. La tercera generación de la familia Pelletier. Serán dos, tres o cuatro novelas más. Luego ya podré morirme tranquilo». Hay Lemaitre para rato.

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