Notas lingüísticas
¿Limpia, fija y da esplendor?

¿Limpia, fija y da esplendor? / ED
Se quejaba Arturo Pérez Reverte en un reciente artículo (El País, 11/1/2026) de que la Real Academia Española no hacía justicia a su secular lema de «Limpia, fija y da esplendor», pues ya no limpiaba, al doblegarse con facilidad a los usos mediáticos y adoptar actitudes más descriptivas que normativas, que la Institución se mostraba incómoda ante la fijación de normas y que ya no daba el suficiente esplendor a la lengua al no defender la riqueza literaria, histórica y simbólica del idioma. Dicho con otras palabras: que la real institución se inclinaba más por reflejar en sus obras los usos mayoritarios de todos los hablantes (ensayistas, periodistas, locutores, escritores, jóvenes y mayores, personas más o menos ilustradas) que los que consideraba muestras eminentes del buen hablar: escritores y hablantes cultivados, la minoría selecta que en épocas pasadas constituyó la base de una elitista norma académica. Se planteaba la disyuntiva de si la Real Academia debía adoptar una actitud descriptiva o una postura normativa; esto es, si debía informarnos sobre cómo es la lengua o cómo les gustaría que fuera.
Sobre el uso de la lengua y la norma lingüística va la cosa. Y tanto se ha escrito sobre estos dos conceptos tan debatidos, entre lingüistas sobre todo, que mi intención de dejarlos más o menos claros en los límites de una columna podría considerarse una pretensión que solo se plantearía quien no tuviera idea de su extraordinaria complejidad. Sin embargo, sin mayores aspiraciones de exhaustividad, voy a tratar de hacerlo, pues son cuestiones que a todos nos competen y no hay razones para reservarlas al lector especialista.
Para empezar diré que norma y uso no tienen por qué ser conceptos que se opongan, pues de la descripción del uso mayoritario surge la norma, que, indefectiblemente, se asocia con la idea de corrección, o mejor, de adecuación de los mensajes a cada una de las muy variadas situaciones comunicativas. Es evidente que en todos los contextos no son sustituibles pie por pinrel o caballo por jamelgo, ni en todos los lugares esguince por jeito o abubilla por tabobo. Y esta variación sociolectal y dialectal, lejos de ser un motivo de confusión, es señal de la enorme riqueza y de la versatilidad de la lengua. Si bien, la adecuación implica un cierto esfuerzo de selección por parte del hablante, que, además, busca modelos firmes a los que atenerse, siguiendo el criterio de la mayoría, de modo que este democrático criterio es el que conforma la norma lingüística. O mejor denominémosla “la manera adecuada de expresarnos en cada situación comunicativa”, y surge de los propios hablantes como un modo de percepción interna que tenemos sobre los usos lingüísticos, percepciones que incluso pueden obrar en contra de las prescripciones de academias o de otras instituciones con entidad reconocida para la fijación de las normas; mi conciencia lingüística, por ejemplo, se resiste a utilizar rempujar o descambiar en situaciones de formalidad por más que el Diccionario académico las considere voces estándares sin ningún tipo de restricción de uso. Renunciar a estas recomendaciones cuando son asumidas y consensuadas por la mayoría conduciría, si no a la anarquía y a la incomunicación, sí al desaprovechamiento de las muchas posibilidades que nos brinda el sistema lingüístico. Y no voy a negar que, en ocasiones, los límites entre lo adecuado y lo inadecuado son imprecisos y cambiantes, como cambiante es la lengua en el tiempo y variable en el espacio. ¿O no es verdad que la mayoría de los hablantes canarios, por ejemplo, no mostramos preferencia, en situaciones comunicativas normales, por mejillón, encima, así y todavía frente a almejillón, dencimba, ansina y entodavía, formas de palabra que, por supuesto existen y cuya legitimidad es indiscutible?
Así que Real Academia ni ninguna de las academias pueden prohibir o censurar, sino, en todo caso orientar, y no se justifica la atribución de «legítima autoridad» que el académico autor del crítico artículo ha otorgado a la institución, provocando un innecesario enfrentamiento entre académicos escritores y académicos lingüistas, sin que esto signifique que no se le reconozca su papel canalizador de la norma, y que sea injusto no reconocer los beneficios que para la lengua proporciona esta atribuida autoridad que, sin lugar a dudas, en el plano de la ortografía es la que garantiza su unidad. En cuanto al Diccionario académico, nos dice don Manuel Seco, académico de prestigio reconocido que fue y responsable del excelente Diccionario del español actual (https://www.fbbva.es/diccionario), que «Es una ingenuidad mitificarlo, y las mentes lúcidas siempre han sabido poner las cosas en su sitio», y como decía Larra no es siempre juez suficiente, por más que debamos respetarlo cuando acierta, pues tiene la misma autoridad que todo el que tiene razón, cuando la tiene. Por cierto, este Diccionario de don Manuel, cuya excelencia reconoce el crítico autor del artículo citado, se aleja mucho de las posiciones por él defendidas, según las cuales es exigible mayor presencia de «autoridades» literarias y menos de las tomadas del lenguaje de la calle y de los medios de comunicación: debería leerse las páginas introductorias para enterarse de que, según manifiesta el propio responsable del repertorio, un 70% aproximado de los ficheros de los que se ha nutrido fueron fuentes periodísticas, con particular atención a los diarios nacionales y a las revistas de información general, y «sin omitir una sensible presencia de los periódicos regionales y una cierta representación de publicaciones especializadas».
No anda bien encaminado, pues, quien cree que los lingüistas son los culpables del incumplimiento del anacrónico lema académico. Ignora el enorme progreso que han experimentado los diccionarios con la lingüística conformación de una disciplina, la Lexicografía, que ha ido enfocando la función de los repertorios a las verdaderas necesidades de los hablantes, pues adentrándonos en la historia de nuestros diccionarios comprobaremos cómo han ido evolucionando desde su papel casi exclusivamente simbólico, para una minoría, a la práctica y mayoritaria función de servir a la codificación y descodificación de mensajes y contribuir como recurso inestimable e insustituible en la enseñanza de la lengua en todos los niveles del sistema educativo. Sin el auxilio de la moderna Lexicografía, es muy probable que hoy estaríamos leyendo todavía en la entrada perro del Diccionario académico que uno de sus rasgos definidores es que «el macho abre una de las patas posteriores para orinar», seguiría informándonos de que el jilguero es «uno de los pájaros más bonitos de Europa», e, incluso, que sesear es «Pronunciar la c o la z como s por vicio o por defecto orgánico».
¿Y así es como se limpiaba, se fijaba y se daba esplendor a la lengua?
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