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El CERN de las emociones

Juan Ezequiel Morales

Juan Ezequiel Morales

Juan Ezequiel Morales

En el CERN, European Organization for Nuclear Research, bajo la frontera franco-suiza, miles de científicos observan las partículas subatómicas en el anillo de 27 kilómetros en el que se las hace correr y colisionar, y que nadie puede ver. Los detectores registran cantidades de datos tan gigantescas que ningún ser humano podría analizarlas directamente. El número de colisiones está inmersa en la denominada maldición de la dimensionalidad, un concepto introducido por el matemático Richard Bellman en los años 60 al estudiar problemas de optimización. La maldición de la dimensionalidad describe el fenómeno que se produce cuando el número de dimensiones de un espacio aumenta. Si queremos llenar un espacio con puntos de datos, en 1 dimensión, una línea, en 2 dimensiones, un plano, en 3 dimensiones, un volumen. Pero cuando pasamos a 10 dimensiones, 100 dimensiones, 1000 dimensiones... ocurre algo extraño, y el espacio crece exponencialmente, de forma que las celdas necesarias para un espacio de 1000 dimensiones serían decenas de miles de millones, o sea, necesitaríamos cantidades astronómicas de datos para cubrir el espacio, y por eso muchos algoritmos estadísticos dejan de funcionar bien en alta dimensión. El número de resultados de las colisiones del CERN era inabarcable, y su exploración era muy lenta, hasta que se incorporaron las redes neuronales profundas (deep neural networks, boosted decision trees, graph neural networks, autoencoders) que detectan trayectorias, correlaciones y anomalías en ese océano de ruido, y gracias a ellas se identifican partículas o fenómenos que de otro modo quedarían enterrados para siempre, y no se sabe cómo lo hace, pero lo hace, y detecta patrones a una velocidad aceptable para descubrir cómo funciona la naturaleza infinitesimal.

Y ahora se está trasladando esa lógica a otro sistema complejo, el de las multitudes humanas. Una manifestación, vista desde fuera, parece un fenómeno caótico en el que hay miles de personas, gritos, pancartas, emociones mezcladas. Durante décadas los Estados pudieron vigilar esas concentraciones, pero no comprender su dinámica en tiempo real, pero hoy empieza a ser posible algo distinto, el convertir la multitud en un sistema de datos, donde cada rostro es una señal, cada gesto es una variable y cada grupo es un nodo de una red. Y cuando cámaras, micrófonos y análisis de redes sociales alimentan algoritmos capaces de detectar patrones, la masa deja de ser indistinguible y se vuelve cartografiable.

Lo que antes era un río humano se convierte en una estructura. La tecnología descrita en un artículo publicado en Investigación y Ciencia (febrero de 2022), de John McQuaid, miembro del Centro Internacional Woodrow Wilson, apuntaba justamente en esa dirección, la de una infraestructura de captura afectiva basada en cámaras, micrófonos e inteligencia artificial que intenta inferir estados emocionales a partir de rostro, postura y voz. El texto mencionaba ya escenarios concretos, como ferias comerciales, videoentrevistas de selección laboral, análisis de clientes en tiendas o sistemas piloto para medir reacciones del público. El reconocimiento facial identificaba personas, pero la llamada «IA emocional» pretende identificar interioridades.

La analogía con el CERN es instructiva, aunque en física de partículas las redes neuronales buscan una aguja en un pajar de leyes universales, y un bosón no cambia de comportamiento porque tenga un mal día, pues el universo físico es estable. Pero la afectividad humana no es tan estable, y los gestos están mediados por cultura, contexto e historia personal. Y aplicar el mismo modelo de análisis estadístico a emociones humanas implica convertir promedios probabilísticos en supuestas verdades psicológicas, lo cual no es del todo correcto, pero hechas las correcciones y correlatos correspondientes, el potencial de estas tecnologías es enorme.

Cuando una manifestación es analizada como una red dinámica, los algoritmos pueden detectar algo crucial, el de los nodos de influencia, es decir, las personas cuyas emociones y acciones arrastran a otros. En teoría de redes se llaman nodos de alta centralidad, de forma que una vez detectadas no hace falta intervenir sobre miles de individuos, sino que basta con actuar sobre los nodos adecuados para modificar la dinámica colectiva. Una detención puntual, un cambio en la presencia policial, un mensaje dirigido, o una alteración en el flujo de información, y la estructura emocional de la multitud puede cambiar. Lo que se hace no es reprimir a la masa sino modificar su arquitectura. En el fondo, lo que se está construyendo es un lexicón probabilístico de emociones humanas, elaborado con señales corporales, contextos sociales, perfiles psicológicos y resultados conductuales.

Y cuando existe ese diccionario, ahí aparece el verdadero bucle de poder, y esas técnicas podrían extenderse al espacio físico y entonces la ciudad entera se parecería un poco al CERN, un enorme detector donde las partículas no serían protones, sino estados afectivos colectivos, con una diferencia fundamental, cual es que en el laboratorio suizo los físicos buscan comprender el universo, y en nuestras calles se busca controlar y redirigir a gusto del gobernante que controla la lectura de esos datos.

Tengo en mis manos varios dash-boards para implementar esos métodos en diversos colectivos, y es verdaderamente alarmante, pues cuando las emociones se convierten en datos, la política se convierte en ingeniería.

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