El exministro que vende libros como churros y abrió la librería de Doña Leo
El escritor Máximo Huerta, feliz con la acogida de su libro, se mostró cercano con el público del Auditorio de El Sauzal, que le regaló gestos de cariño y regalos inesperados como gofio gomero.

Máximo Huerta conversa con Eva García durante el acto del pasado viernes en el Auditorio de El Sauzal. / E.D.

Esta vez no hubo ni una sola referencia a su breve experiencia como exministro. No venía a cuento. Su cara refleja cansancio y curiosidad al cincuenta por ciento. Los vuelos para llegar a Tenerife pasan factura y él no esconde que nació el 26 de enero de 1971. Un buen día para venir al mundo. Máximo Huerta da un corto paseo horas antes de desplazarse hasta el Auditorio de El Sauzal, donde le esperan más de medio millar de personas. Toma un café con leche sin lactosa y un postre en un negocio que casi linda puerta con puerta con el Obispado de La Laguna. Le atrapa la planimetría de sus calles, el colorido de sus fachadas y hasta el frío que colisiona entre las calles Tabares de Cala y San Agustín. No para de hacer fotos con su móvil. Pregunta cosas del lugar en el que acaba de aterrizar y está feliz con la evolución de Mamá está dormida: tres ediciones en menos de un mes. Dice que «está flojito» de ánimo, pero se va entregar a una audiencia que le regala amor, cariño, complicidad... Todo lo que sueña un escritor. Cercanía en estado puro.
En cuanto dejan de sonar las notas en el saxofón de Vladimir Airosa [La Vie en Rose y Recuérdame, de la película Coco, fueron dos de los tres temas que escucharon los espectadores a modo de banda sonora de una tarde inundada de recuerdos] todas las miradas se centran en el escenario ocupado por la periodista Eva García. Él espera en la primera fila que acabe la presentación y sube a la tarima. Sin hacer nada ya se lleva la primera ovación de la tarde. El gestor del proyecto de la librería Barco de Papel no pierde detalle de lo que sucede a su alrededor. Nauzet algún día tendrá que explicar el secreto de su éxito [en menos de 48 horas ha llevado a un pequeño municipio de Tenerife a Juan del Val, a Ángela Banzas y a Máximo Huerta] y de su decida apuesta por el universo de los libros. El escritor está abrumado por la generosa convocatoria. Conoce in situ que dos de los asistentes cogieron un vuelo a las cinco de la tarde en La Palma y tomarán otro de vuelta a casa a las diez de la noche. «¿Les puedo dar un abrazo?», pregunta Huerta con un as en la manga. Sabe perfectamente que ellos también tenían ganas de achucharlo. ¡Otra ristra de aplausos para el saco!
Gofio gomero que se va para Valencia
Comienza el interrogatorio. Algunas preguntas están conectadas con las páginas de Mama está dormida, otras con los cuidados a los mayores [su experiencia personal con su madre es un capítulo abierto que sus lectores conocen bien] y, entre todas, cae una relacionada con su efímero ciclo ministerial. No se entretiene demasiado en ese apartado. Quizás, porque sabe que agua pasada ya no mueve molinos. Ahora, el ciudadano Máximo vende libros como churros y es librero. La conexión es total en el Auditorio de El Sauzal. A veces, incluso, la sensación de que el público le está dando más de lo que él ofrece sobrevuela un recinto que se llena de guiños y de regalos: gofio gomero, una funda para proteger libros hecha a mano con una vespa [«Me han dicho que te gusta ir en moto», le traslada la fiel lectora. «Sí, me gusta mucho», confirma él] y hasta alguna que otra novela de brotes verdes... La velada se alarga unas cuantas horas con una firma de ejemplares, número en mano, interminable. Se le ve contento. Posa, intercambia pequeños diálogos pero, sobre todo, firma libros.
Baja el sanchismo; sube Máximo
La vida es así de caprichosa. Y es que en los peores días del sanchismo, su primera víctima [nunca se percibió una sensación de defensa al compañero en dificultades] está feliz con lo que mejor sabe hacer: escribir y vender libros. También es el impulsor de un pequeño milagro llamado la librería de Doña Leo. Muchos son los que creen aún que se perdió a un buen ministro de cultura; otros son los que se alegran por la consagración definitiva de un exalto cargo político como una de las firmas literarias más valiosas que existen en la actualidad en España.
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