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Belleza y defensa del paisaje en una obra imprescindible

Los tres volúmenes de ‘César Manrique. Cien años de memoria viva’ combinan rigor académico, testimonios directos y análisis crítico

César Manrique, en una imagen de la colección de Fachico.

César Manrique, en una imagen de la colección de Fachico.

César-Javier Palacios

Un artista tan complejo y prolífico se merecía una publicación a la altura de la monumentalidad de su obra. Por eso César Manrique. Cien años de memoria viva es algo más que la biografía de uno de los artistas más influyentes del siglo XX. Es un relato que combina rigor académico, testimonios directos, análisis crítico y una narrativa sensible, profunda pero al mismo tiempo accesible, tanto para quienes ya conocen su obra como para los que se acerquen por primera vez a su extraordinario universo creativo. La lectura invita a reflexionar sobre la relación esencial de los seres humanos con el arte y la naturaleza; aprender a mirar y a comprender que la belleza es una potente arma transformadora capaz de mejorar la realidad a través de la felicidad de su contemplación pausada. No en vano, como afirmaba con pasión el creador isleño, «la eternidad es un segundo y un segundo es la eternidad».

La propia publicación es en sí misma un bello objeto cultural que habría hecho las delicias del artista, un lujoso estuche con tres tomos cuidadosamente editados. En conjunto suman más de mil páginas, con extensos textos en español e inglés que amplían su alcance más allá del ámbito insular, reforzando su vocación internacional. La edición también destaca por la abundancia y calidad de las ilustraciones y fotografías, muchas de ellas inéditas, que dialogan con los textos y enriquecen la lectura, aportando una dimensión visual imprescindible para comprender el universo creativo de César Manrique.

Imposible separar la obra del papel que desempeña Francisco Galante como autor, editor, diseñador y alma del proyecto. Catedrático de Historia del Arte y director de la Cátedra Cultural César Manrique de la Universidad de La Laguna (coeditora, junto a los Centros de Arte, Cultura y Turismo de Lanzarote, de una excelente publicación que ha sido financiada por los Fondos de Desarrollo Económico de Canarias), y uno de los mayores expertos en la obra de Manrique, es el autor de los dos primeros tomos de la obra, rubricando, además, diversos textos en el tercer tomo. Y lo hace desde una posición singular, la de quien conoció al artista de cerca, compartió con él conversaciones, afinidades y discrepancias, y ha dedicado décadas a estudiar su legado con mirada rigurosa. Esa doble condición de investigador y amigo personal atraviesa la obra de principio a fin y le otorga una densidad poco frecuente en este tipo de publicaciones conmemorativas.

La gestación de esta obra ha sido un proceso largo, paciente y a menudo difícil. Coordinar instituciones, archivos, testimonios, materiales gráficos y a los autores del tercer tomo, ha requerido una constancia poco habitual en el ámbito editorial contemporáneo. Que el proyecto haya llegado finalmente a ver la luz es, en gran medida, fruto del tesón personal del profesor Galante, de su capacidad para sostener la idea a lo largo del tiempo y de su convicción de que Manrique merecía una obra a la altura de su legado.

Pero hablemos de la publicación. El primer tomo se dedica principalmente a explorar los orígenes formativos de Manrique, su relación con la Universidad de La Laguna, donde cursó sus primeros estudios universitarios y que le otorgó la Medalla de Oro a título póstumo, una de las tres que solo ha concedido la institución académica en sus tres siglos de historia. Aquí se aborda con detalle cómo estas experiencias académicas modelaron su pensamiento crítico y su visión del arte vinculado a la vida y la naturaleza. Se analiza su idea estética siempre presente de la «esencia del tiempo», tan geológica; también cómo las tensiones entre el sueño creativo y las frustraciones marcaron su devenir artístico. Desde las notas escolares hasta las experiencias en Nueva York, donde Manrique entró en contacto con lo más convulso del arte contemporáneo y las vanguardias, se traza un relato fino que revela no sólo la evolución de su lenguaje plástico, sino el temprano nacimiento de una conciencia crítica frente a un mundo en vertiginosa transformación.

El segundo tomo desplaza el foco hacia el territorio que Manrique eligió como su obra más amada: Lanzarote. Aquí se entrelaza la historia personal del artista con la historia física de la isla, su geografía volcánica, su identidad cultural, que no sólo interpretó, sino que hizo suyas, de tal forma que hoy el paisaje de la isla ya no se entiende sin su mirada. Comienza con Arrecife, escenario de sus primeras expresiones artísticas, y continúa con las intervenciones más emblemáticas: Timanfaya y el islote recreado de Hilario, la cueva de los Verdes, los exultantes Jameos del Agua, el Mirador del Río, y sus propias viviendas en Tahíche y Haría. Son manifestación de un diálogo permanente con el entorno, metáfora material de cómo el arte puede emerger del paisaje, prolongarlo y convertirlo en una experiencia estética. Este enfoque contextualiza sus creaciones en una relación (siempre difícil) con el turismo, la ciudad, la naturaleza y la identidad isleña, subrayando que la obra de Manrique fue, desde sus inicios, una integración del arte con el medio natural. «La isla cromática», esa idea del color y de la luz como ejes centrales de su obra, cobra así una dimensión tan especial como esos paisajes hasta entonces despreciados y que él dignificó con el arte.

El tomo final se configura como una constelación de colaboraciones, ensayos y testimonios que enriquecen el retrato de Manrique desde fuera de la voz autoral del propio Francisco Galante. Nueve textos de expertos y artistas hablando del taro de Tahiche, los murales o su faceta como escultor, amplían la lectura del legado manriqueño. También es el tomo más humano, pues recoge relatos de quienes trabajaron con él, lo conocieron de cerca o fueron influenciados directamente por su pensamiento.

Igualmente se analiza su compleja figura como activista ambiental. No deja de ser paradójico que quien más hizo por promover turísticamente los paisajes de Lanzarote fuera el primero en denunciar, altavoz en mano, la desmesura especulativa de un desarrollo masivo y mal planificado que en la actualidad está llegando a límites insostenibles. Es el padre que brama contra los excesos de un hijo descarriado, pero también el hombre sensible aquejado de una profunda «solastalgia», la angustia o melancolía existencial provocada por cambios ambientales no deseados, como la pérdida de esos paisajes de la niñez en las que fue tan feliz; el dolor de ver alterados lugares queridos por un progreso que él mismo ayudó a poner en marcha. Podríamos decir que el pensamiento ecologista de César Manrique es la versión ambiental de la famosa frase del filósofo José Ortega y Gasset ante los excesos de la Segunda República Española: «¡No es esto, no es esto!».

Estos tres volúmenes de César Manrique. Cien años de memoria viva conforman una visión tan poliédrica como lo fue la obra y vida del añorado artista lanzaroteño. El hombre detrás del mito, con su sensibilidad aguda, su conciencia crítica y, sobre todo, su compromiso con la ecología, la cultura y la comunidad. Un artista que siempre estuvo «en el lado de la belleza» y del disfrute, pero también, y por lógica, en el de la lucha contra la especulación.

La publicación llega en un momento especialmente oportuno. Más de treinta años después de su muerte, la figura de César Manrique mantiene intacta su vigencia, no solo por la calidad de su obra artística, sino por una visión integradora del paisaje, la cultura y la sostenibilidad que sigue dialogando de forma directa con los desafíos actuales. Su activismo ambiental, ejemplar y sin concesiones, esa negativa constante a morderse la lengua ante los destrozos infligidos a un patrimonio único que pertenece a todos, incluidos quienes aún no han nacido, conserva hoy una fuerza casi profética. Cien años de memoria viva recuerda que su legado no fue monumental únicamente por su belleza, sino por defender un modelo de desarrollo respetuoso con la identidad cultural y el territorio.

Su visión crítica del mundo tiene especial resonancia hoy en Canarias, enfrentada a formidables tensiones entre crecimiento turístico, conservación ambiental y respeto por las identidades locales. La obra de Manrique -y su interpretación a través de esta obra- ofrece un modelo de pensamiento que sigue siendo inspirador y necesario, un legado que invita al diálogo crítico y a la reflexión profunda sobre cómo construir paisajes y sociedades más sostenibles a través de algo tan humano, también tan necesario, como la belleza. Su mensaje universal podría resumirse en una de sus frases más militantes: «No debemos desfallecer, hay que seguir adelante, estar vigilantes y mantener viva la conciencia crítica, pues el futuro nunca está conseguido, lo tenemos que hacer desde el presente».

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