Los raíles de nuestra memoria
Se cumplen seis décadas del estreno de ‘Trenes rigurosamente vigilados’, la película que exploró a fondo la función metafórica del tren en el cine

Trenes rigurosamente vigilados / La Provincia
Claudio Utrera
Trenes rigurosamente vigilados (Ostre sledovane vlaky, 1966), filme escrito y dirigido por el cineasta checoslovaco Jiri Menzel a partir de una novela de Bohumil Hrabal y ganador del Oscar a la mejor película extranjera, habita en mi vieja memoria, no solo porque representa uno de los hitos exponenciales de la Primavera de Praga, sino por su fascinante historia, protagonizada por Milos Hrma, un joven aprendiz de ferroviario en la Checoslovaquia ocupada por los nazis que intenta, por todos los medios, iniciarse en las mecánicas del amor, propósito que consigue tras la llegada a su pueblo de una joven artista cuya intención, sin embargo, no es otra que la de intentar la voladura de un tren «rigurosamente vigilado», o sea, una misión radicalmente beligerante que contrasta con los sentimientos del ingenuo ferroviario.
Siempre despertó mi curiosidad aquel inclasificable romance entre un defensor incondicional de los trenes y una mujer con arraigadas convicciones revolucionarias. Tan es así que, durante muchos años, esta película me ha servido de pretexto para situarla entre mis títulos favoritos dentro del complejo y transversal universo que conforma la temática de los trenes en la pantalla.
Aunque muchos años antes, la imagen del tren en el cine ya había adquirido su propia carta de naturaleza entre los grandes pioneros del espectáculo cinematográfico; desde que los hermanos Lumière la incluyeran en La llegada del tren (L’ árrivé d’un train en gare de La Ciotat, 1895), desatando el pánico entre los espectadores, virtualmente aterrorizados ante el monstruo de acero que se les echaba encima, hasta el empecinado duelo entre el hombre y la máquina que muestra El maquinista de la General (The General, 1926), de Buster Keaton y Clyde Bruckman, pasando por la formidable producción surcoreana Tren a Busan (Train to Busan, 2016), de Yeon Sang-ho, thriller de terror sobre un tren de alta velocidad que viaja de Seúl a Busan transportando un virus letal que se está expandiendo rápidamente sobre todo el país, o los fugaces y emotivos encuentros románticos que construye David Lean alrededor de una estación ferroviaria entre una mujer casada y un médico, también casado, en Breve encuentro (Brief Encounter, 1945), acompañada del inspirado contrapunto musical del Concierto para piano nº 2 de Sergei Rachmaninov y de la perfecta química que despedían Trevor Howard y Celia Johnson, dos intérpretes desconocidos elevados, a partir de entonces, a la categoría de estrellas tras su inesperado éxito como protagonistas de esta pieza inmarchitable del cine británico de la posguerra, coronada además con el Gran Premio del Festival de Cannes.
La presencia del tren también ocupa un espacio particularmente dramático en sendas versiones cinematográficas de la popular novela de Émile Zola La bestia humana. La primera, dirigida en 1938 por Jean Renoir, con un reparto encabezado por Jean Gabin y Simone Simon, y la segunda (Deseos humanos) bajo la batuta del gran Fritz Lang, en 1954, protagonizada esta vez por Glenn Ford, Gloria Grahame y Broderick Crawford. En ambos casos quedó bien patente el respeto reverencial que ambos directores le profesaban al maestro del naturalismo literario y la precisión con la que reflejan la oscura atmósfera ferroviaria que envuelve el relato.
En 1973, Robert Aldrich, titular de una de las filmografías más admiradas del thriller estadounidense de los años sesenta y setenta, adapta un guion de Christopher Knopf, inspirado en la vida real de las legiones de vagabundos sin trabajo que, durante la Gran Depresión, se desplazaban de un Estado a otro viajando clandestinamente en los trenes. El número uno es el Emperador del Norte (Lee Marvin), llamado así por su astucia para burlar a los vigilantes ferrocarril. Dos hombres aspiran a arrebatarle el título, pero para ello tendrán que llegar a Portland en el tren de Sack (Ernest Borgnine), un sádico e implacable maquinista que impone su ley a fuerza de martillazos. El emperador del Norte (Emperor of the North) cumplió con creces las expectativas creadas por Aldrich, uno de los grandes observadores de la violencia estructural que envolvía a la sociedad estadounidense en los azarosos años treinta.
En Los raíles del crimen (Compartiment Tueurs, 1965), escrita y dirigida por el cineasta grecofrancés Constantin Costa-Gavras, según la novela de Sebastien Japrisot, coinciden varios personajes en un tren que se dirige de Marsella a París. A la mañana siguiente de la partida, cuando el ferrocarril ha llegado a su destino, una de las pasajeras aparece muerta en el vagón. La investigación policial da comienzo intentando localizar a todos los pasajeros, sin embargo, estos van siendo asesinados uno por uno en distintos puntos de París. Alejado de sus filmes de corte político, Costa-Gavras nos sumerge en los oscuros vericuetos del noir europeo utilizando al tren como un protagonista más de una intrigante trama acompañada por un lujoso reparto encabezado por Jean-Louis Trintignant, Charles Denner, Jacques Perrin, Simone Signoret, Michel Piccoli e Ives Montand.
Desde la más rigurosa sobriedad expresiva el realizador ruso Andrei Konchalovsky, autor de algunos de los títulos más sobresalientes de la última etapa de la cinematografía soviética, adapta en El tren del infierno (Runaway Train, 1985) un guion original del gran Akira Kurosawa centrado en la huida épica de dos peligrosos reclusos de una remota cárcel de alta seguridad en el Estado de Alaska. En un viejo tren de mercancías ambos personajes, encarnados por Jon Voight y Eric Roberts, van camino de la libertad; pero, de repente, el maquinista sufre un infarto y muere. Entonces los dos fugitivos se sienten profundamente desconcertados, solos y lanzados a toda velocidad hacia una muerte segura atrapados, en medio de una espantosa tormenta de nieve, en el interior de un tren que parece cobrar vida propia en su camino hacia su imprevisible destino.
En Asesinato en el Orient Express (Murder on the Orient Express, 1974), inspirada en la novela homónima de la escritora británica Agatha Christie, Sidney Lumet nos sumerge en una tupida intriga criminal, protagonizada por el perspicaz detective Hércules Poirot. En este caso, la presencia del tren adquiere una nueva e inquietante perspectiva con la aparición en sus lujosos vagones de un puñado de personajes de elevada condición social, ambiciosos y sin el menor escrúpulo moral ante la posibilidad de transgredir cualquier norma que pudiera impedirles la consecución de sus oscuros propósitos. El sólido oficio de Lumet tras las cámaras y la solvencia de un reparto integrado por estrellas del brillo de Albert Finney, Lauren Bacall, Martin Balsam, Ingrid Bergman, Jaqueline Bisset, Sean Connery, Vanessa Redgrave o John Gielgud aúpan a un sólido y refinado thriller multiestelar que cuenta ya con algunos notables remakes, como el realizado en 2017 por Kenneth Brannagh.
El Tren (The Train, 1964), otro trabajo memorable del prolífico director y guionista estadounidense John Frankenheimer, también ocupa un lugar especial entre los filmes que han usado la imagen del ferrocarril como factor desencadenante de grandes catástrofes humanas. El coronel alemán Franz von Waldheim, personificado por el mítico actor británico Paul Scofield en una de sus composiciones más inspiradas, se encuentra destacado en París con una misión muy concreta: hacerse con las modernas pinturas francesas, las mismas calificadas de «degeneradas» por los propios nazis, y cargarlas en un tren de mercancías con destino a Alemania con el indisimulado objetivo de decorar los tétricos despachos de los grandes gerifaltes del Tercer Reich.
Las obras se salvaron finalmente gracias a la rápida intervención de la Resistencia pero, de no haberse impedido aquella infame misión, las numerosas piezas que cargaba aquel tren hubieran corrido una suerte muy distinta de la que corrieron en la realidad. La intolerancia, el despotismo y el saqueo hubiesen acabado, tal vez, con centenares de piezas de un valor incalculable, firmadas por creadores de la talla de Monet, Picasso, Tangui, Van Gogh, Juan Gris, Matisse, Degas, Paul Cézanne, Manet, Pisarro, Renoir, Paul Gaugin, Piet Mondrian, etcétera.
Conviene citar también en este reportaje títulos como Extraños en un tren (Strangers on a Train, 1951), La sombra de una duda (Shadow of a Doubt, 1943), Alarma en el Expreso (The Lady Vanishes, 1938) o Con la muerte en los talones (North by Norwest, 1959), cuatro obras maestras de Hitchcock de incontables interpretaciones, que contribuyeron asimismo a insuflar vida y sentido a la presencia del tren como factor decisivo para emprender una nueva relectura de determinados filmes. Pero ésta ya sería otra tarea que merecería, sin duda, de toda nuestra atención, como sucede siempre que aparece en nuestro punto de mira una figura tan poliédrica, profunda y desconcertante como la del maestro del suspense. Lo haremos, naturalmente en una ocasión aún más propicia y con la extensión que exigiría este trabajo. Prometido.
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