Crítica de cine
El terror no tiene forma

Una escena de la película. / ED
Existe una extraña conexión entre el cine de terror y el público adolescente, como si el sadismo y las imágenes sangrientas y dolorosas intentaran suavizarse con unos cuerpos jóvenes y la ingenuidad propia de la edad temprana. Repasando sagas como las de Pesadilla en Elm Street, Viernes 13, Sé lo que hicisteis el último verano o Scream, entre otras muchas, tanto sus protagonistas como los principales destinatarios del producto son estudiantes, al parecer muy propicios para sufrir muertes terribles y traumas salvajes. Probablemente, una parte de los espectadores que en las décadas de los ochenta y los noventa disfrutaron (o padecieron) en las salas de proyección con algunos de dichos títulos echen ahora la vista atrás con cierta nostalgia. Será, en su caso, por los tiempos pasados, no por la calidad cinematográfica de aquellas obras, precarias y básicas, aunque también efectivas y entretenidas.
El hecho es que pasan los años y determinadas fórmulas se repiten, alcanzando sus objetivos pese a la carencia de cualidades. Las personas desean asustarse, lanzar gritos contenidos y cerrar los ojos dejando la abertura suficiente para contemplar el reguero de sangre y la proximidad del fin. Primate, en ese aspecto, cabe que interese a quienes se sientan identificados leyendo estas líneas. A mi juicio, y pese a su posible similitud con cintas terroríficas centradas en asesinos implacables, profusión de vísceras y huesos quebrados, la presente propuesta resultará poco original para quienes compren una entrada. Simple y llanamente cumple con unas expectativas que, en el fondo, tampoco se presumían tan elevadas. Porque, como rezaba aquel largometraje de 1988, «el terror no tiene forma» y cada uno lo adapta a sus instintos.
Tras su regreso de la Universidad, una joven viaja a un paradisíaco lugar con la intención de pasar las mejores vacaciones posibles. Entre los habitantes del enclave idílico se halla una inusual mascota: un chimpancé. El animal contrae la rabia, transformándose desde entonces en una criatura violenta e impredecible. Atrapados entre el jardín y la piscina de la lujosa residencia, los amigos buscan desesperadamente la forma de sobrevivir a la furia del primate, convirtiendo su descanso estival en una auténtica pesadilla.
Johannes Roberts, conocido por sus anteriores filmes A 47 metros, su secuela Resident Evil: Bienvenidos a Raccoon City y El bosque de los malditos, asume la labor de dirección. Su filmografía ya manifiesta una idea bastante aproximada de su forma de hacer cine. No sabría calibrar si se trata de una muestra de terror exagerado o de una propuesta «gore» dulcificada. Pero, sea como fuere, este cineasta no se complica ni con sus personajes ni con la narración, limitándose a concatenar desgracias de todo tipo a sabiendas de que a alguien le gustará su oferta. No me cabe duda de que acertará parcialmente, si bien no por lo que a mí respecta.
En la semana de su estreno, Primate se situó en el segundo puesto de la taquilla norteamericana, recaudando once millones de dólares. Un mes después, ronda los veinticinco, cifra lo suficientemente exigua como para no apostar por su continuación. En ello confío.
Le acompañan Johnny Sequoyah (la niña de la serie Believe), Jess Alexander (La sirenita de 2023), Gia Hunter (Sherlock & Daughter), Victoria Wyant (Culpa mía: Londres) y Charlie Mann (Los vigilantes) integran el reparto.
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