Evacuar la historia de una Isla
De una ermita semiderruida en los confines del macizo de Anaga al taller de la restauradora Candelaria García. Esta es la historia del rescate de unas obras de arte para el que fue necesario reunir a un equipo del cuerpo de Bomberos y concitar a los representantes de varias administraciones.

La restauradora Candelaria García durante los trabajos de recuperación del cuadro datado en torno a 1680 y rescatado de Las Palmas de Anaga. / GOBIERNO DE CANARIAS

Hubo un tiempo en el que el vino elaborado en las Islas viajaba trabajosamente por barco hasta llegar a las mesas de toda Europa, una época en que la capacidad de sacar la mejor de las producciones de las pronunciadas pendientes de las montañas tinerfeñas era no solo cuestión de supervivencia sino también el motor de los florecientes negocios de las familias más pudientes. Fue ese el tiempo que vio nacer y crecer a la Hacienda de Las Palmas de Anaga, en el término municipal de Santa Cruz de Tenerife, hoy declarada Bien de Interés Cultural (BIC) en la categoría de Monumento.
Las primeras referencias históricas de esta hacienda, ubicada en un balcón natural que asoma al Atlántico y a los majestuosos Roques de Anaga, se remontan al año 1610. Fue entonces cuando el hidalgo Gonzalo Fernández de Ocampo le compró estas tierras a la familia Armas. Estos, sus primeros propietarios, la habían recibido directamente de manos del Adelantado Alonso Fernández de Lugo como Suerte de Tierra por su colaboración en la conquista de la Tenerife.

Otro detalle del lienzo. | GOBIERNO DE CANARIAS
La familia Fernández de Ocampo, establecida en la Isla desde la Conquista, escogió esta finca precisamente porque ahí se producía un vino de excelente calidad. El secreto del éxito de esos caldos era ser cultivado en bancales con un 40% de pendiente. Aún hoy es un enclave tremendamente aislado. En el siglo XVII, la exquisita producción que salía de esta hacienda se exportaba en barco. Antes, se enviaba a Santa Cruz a través de los embarcaderos situados en los cercanos enclaves de Roque de las Bodegas, Tachero y Tamadiste.
Los propietarios de la hacienda construyeron también una ermita para que vecinos y trabajadores pudieran asistir a los distintos servicios religiosos. Allí, dentro de esa construcción que es además buen ejemplo de la arquitectura rural barroca, reposaron durante centurias los protagonistas de este reportaje y de una de las historias de rescate y recuperación patrimonial más especiales y complicadas de cuantas se han vivido hasta ahora en el Archipiélago.
Esa ermita, construida en 1681 y dedicada a San Gonzalo de Amarante, fue testigo del inexorable paso del tiempo. Por suerte, los colectivos vecinales y sociales de la zona nunca se rindieron en su afán por llamar la atención sobre la situación de este pequeño templo y de los bienes que albergaba, de titularidad privada. Ahí comienza esta historia.

Evacuar la historia de una Isla / G.C.
«Lo que ha sucedido es un procedimiento tremendamente excepcional, no es habitual que esto ocurra», recuerda Juan Alejandro Lorenzo Lima, doctor en Historia del Arte y uno de los responsables técnicos de un proyecto de rescate y restauración que- de la mano del Gobierno de Canarias– ha requerido de una inusual colaboración entre instituciones públicas y privadas. Volvamos, pues, al principio. «La hacienda, en su conjunto, fue declarada BIC en junio de 2014 pero es de naturaleza privada. La propietaria, que era consciente de que no podía garantizar la seguridad de los bienes que estaban en el interior de la ermita anexa, lo puso en conocimiento de las administraciones públicas, que tienen el deber de intervenir», continúa el experto con su relato.
¿Pero qué había dentro de esa ermita y cuál era la urgencia de la intervención? Tal y como consta en los informes de la declaración del BIC de 2014, dentro de ese pequeño templo se conservaba aún la escultura de San Lorenzo –titular de la ermita–, un cuadro de la Virgen de Candelaria datado en torno a 1680 y dos pequeños cristos. «Cuando decidimos evacuar los bienes porque la situación de las cubiertas era ya muy grave, añadimos otras piezas. Por un lado, sumamos el marco-retablo que rodea el lienzo de la Virgen como obra independiente y también incorporamos otro pequeño cristo de altar».
Las complicaciones eran evidentes: un lugar inaccesible sin luz ni ningún tipo de servicios y unas obras de arte en un más que delicado estado de conservación. Una visita realizada a finales de 2023, a la que se unieron también representantes del Cabildo de Tenerife, puso en evidencia la urgencia de la intervención. El techo estaba a punto de colapsar y las inclemencias del tiempo y los actos vandálicos estaban haciendo ya de las suyas. «Fue in extremis, si llegamos a esperar más y con todo lo que ha llovido este invierno, estas obras de arte no hubieran sobrevivido».
La Comisión Mixta de Patrimonio –que integra al Gobierno, los distintos cabildos y a ambas diócesis– recogió el guante y preparó la evacuación urgente de esas piezas hasta el taller de restauración de la profesional que se encargaría de recuperarlas: Candelaria García. Antes, la dueña cedió la propiedad de las mismas al Cabildo de Tenerife.
En un operativo insólito que requirió de la colaboración del Consorcio de Bomberos de Tenerife, se puso fecha para el rescate de las piezas: julio de 2024. No era una empresa fácil. El equipo de la restauradora y varios colaboradores se trasladaron hasta la ermita previamente para valorar cómo se podía realizar el traslado en las máximas condiciones de seguridad, tanto para las obras de arte como para los profesionales que iban a acometer la tarea.
Candelaria García recuerda aquellos días como uno de los trabajos más insólitos de su carrera. «No es habitual y sin duda se sale de lo común. Tuvimos que preparar la evacuación yendo hasta allí varias veces para saber qué materiales íbamos a necesitar».
Entre la zona donde se ubica la ermita y el núcleo poblacional más cercano con acceso por carretera, el caserío de El Draguillo, hay entre una y dos horas de camino a pie por una serpenteante vereda que atraviesa varios barrancos. Se llegó incluso a barajar la posibilidad de hacer este rescate en helicóptero, pero no había forma de garantizar la seguridad del aterrizaje. Así que no quedó otra que cargar a hombros las piezas, que fueron desmontadas, embaladas y aseguradas primorosamente para evitar cualquier incidencia. «La verdad es que la historia es apasionante. Al margen de todas estas cuestiones, además, un proyecto de estas características demuestra que la unión entre las instituciones permite tener resultados tremendamente positivos», opina Lorenzo Lima.
La cuestión del rescate era solo el primero y más urgente de los pasos. Había que decidir, además, qué iba a pasar con estos bienes en el futuro. No podían volver a la ermita. Las condiciones para buscar una nueva ubicación eran varias: debían permanecer juntas, en la misma comarca y en un recinto similar, es decir, religioso. Por todos esos motivos fueron reubicadas en otra ermita, esta vez en la de Santa Catalina, en la cercana Taganana.
La presentación oficial de los trabajos de recuperación de las obras de arte se organizó en su nueva ubicación el pasado 10 de enero y generó gran expectación en la localidad. «Ha sido muy gratificante ver el resultado y saber que van a estar sanas y salvas, juntas y en la misma comarca, para que puedan ser disfrutadas y visitadas», festeja la restauradora, que recuerda también algunas sorpresas que se encontró durante su faena.
Hay que tener en cuenta que la visibilidad de las piezas en la ermita era reducida, ni siquiera había luz en el interior. Pese a eso, lo que sí pudo comprobar el equipo de García durante sus visitas previas al traslado es que el cuadro de la V irgen había sido repintado de una forma muy tosca, probablemente principios del siglo XIX.
Cuando por fin estuvo a buen recaudo en el taller de la restauradora, y gracias a la colaboración del Servicio de Análisis y Documentación de Obras de Arte de la Universidad de La Laguna (ULL), fue sometido a diversas pruebas lumínicas que confirmaron que debajo de esos repintes se conservaba la policromía original del siglo XVII. «Es una pieza de un maestro anónimo pero vinculada a la obra de Cristóbal Hernández de Quintana, del que precisamente ahora conmemoramos el 300 aniversario de su fallecimiento».
Por último, la directora insular de Patrimonio Histórico del Cabildo de Tenerife, institución que también colaboró en esta curiosa actuación, Isabel de Esteban, resumió esta historia explicando que «esta actuación representa un ejemplo claro de cómo la cooperación institucional permite dar respuestas eficaces a situaciones de riesgo extremo para nuestro patrimonio histórico. El trabajo conjunto con el Gobierno de Canarias ha sido clave para abordar una intervención de esta complejidad ». «La recuperación de estas obras no solo ha evitado una pérdida irreparable, sino que ha permitido devolverles su dignidad material, artística y simbólica, garantizando su transmisión a las futuras generaciones».
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