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Notas lingüísticas

Reivindicando nuestras palabras: mis recordados folelés

Reivindicando nuestras palabras: mis recordados folelés

Reivindicando nuestras palabras: mis recordados folelés / ED

Humberto Hernández

Humberto Hernández

Santa Cruz de Tenerife

En el cielo de mi municipio sureño no sobrevolaban los aviones. Una vez, en las proximidades de una finca próxima al pueblo, propiedad de unos alemanes, aterrizó un helicóptero, y el suceso constituyó un verdadero acontecimiento: todos corrimos hacia el lugar del aterrizaje para observar de cerca aquel enorme aparato volador. Y también recuerdo que en el patio del colegio de la capital, en el que estudiaba de pequeño como alumno interno, me llamaba siempre la atención el paso de cualquier aeronave; algunos dejábamos el juego para concentrarnos en la imagen del imponente y ruidoso artefacto. Luego me di cuenta de que los asombrados éramos solo una parte de la alborotada chiquillería: la presencia de un avión era prueba definitiva para determinar nuestra procedencia rural o urbana, los que éramos de pueblo y los de la ciudad. Todavía, lo confieso, no puedo evitar mirar al cielo cuando sobrevuelan el campus universitario en dirección al aeropuerto.

Quizás por eso mi atracción por los folelés, no solo por sus variados colores, verdes y azules, sino por las diferentes maniobras que podían realizar en vuelo. Con ellos descubrí de cerca, y en miniatura, el apasionante mundo de la aeronáutica. Pero no estuvieron muy presentes los folelés en mi primera infancia playera, más de pejeverdes, pulpos, morenas y cangrejos, cuya pesca con cañas de fabricación casera, pandorgas, fijas y fatejas constituían nuestras principales distracciones en los largos días de estío.

El folelé apareció más tarde, cuando empecé a transitar y a descubrir el paisaje de medianías, con tuneras, almendreros, nispereros y muchos estanques de aguas verdes en los que habitaba una fauna variadísima con grandes peces (estos eran peces, no pejes), que no se pescaban, y multitud de insectos de diferentes especies entre los que destacaban los folelés.

Con sus cuerpos delgados, enormes ojos y grandes alas, los folelés realizaban las más variadas piruetas en el aire: volaban a gran velocidad, planeaban y permanecían ingrávidos como los cernícalos. Y me inspiraban no sé cuántas historias de mundos fantásticos, y su imagen poética, casi legendaria, se desvanecía cuando a los ojos de otros observadores adoptaban prosaicas denominaciones como «caballito del diablo» o «avioncito». Más tarde descubrí que al folelé lo llamaban libélula en los libros de texto. En el colegio nunca nos hablaban de folelés, ni de sarantontones, papapuses o perenquenes, ni de tabaibas o de tajinastes. Por ese injusto olvido escolar quiero reivindicarlo ahora desde la nostalgia, la filología y la literatura.

No posee la voz folelé larga tradición en la investigación lingüística, pues su primera documentación en textos escritos parece ser de mediados del siglo pasado. Se registra en el Atlas Lingüístico y Etnográfico de las Islas Canarias, de Manuel Alvar (mapa 295), y se localiza en zonas muy concretas de la isla de Tenerife. Además, si uno de los retos del filólogo es establecer el origen de las palabras, el misterio en torno a la etimología de folelé permanece; a mí siempre me ha parecido una de esas palabras exactas en las que uno no puede menos que concluir el triunfo del principio lingüístico de la arbitrariedad: el folelé se llama así porque tenía que llamarse de esa manera. Y lo que me parece extraño es que otros lo hayan nombrado de forma diferente.

Efectivamente, las formas de palabra con que se conoce a nuestro admirado odonato (este es el nombre de la especie de insectos a la que pertenece) constituyen un ejemplo excelente para una lección de dialectología, pues son muchas las denominaciones que se entrecruzan con una variada distribución diatópica: «violín» (en Fuerteventura), «zipilín» (en Lanzarote), «gorropijo» (en El Hierro), y «rocano» (en Tenerife), otra voz de desconocida etimología. Y quizás, la más general y más frecuente, «caballito del diablo». También «helicóptero», «avión» y «filurín». Y, puestos a profundizar en aspectos semánticos, podríamos hablar de la capacidad designativa de la voz folelé, pues tenemos constancia, por ejemplo, de que así, en situaciones coloquiales no exentas de cierta ironía, se denominó al hidrofoil, el precedente del más conocido jet-foil, primer acuaplano que llegó por los años setenta al Archipiélago. Hoy, su nombre es marca de establecimientos de distinto tipo, alguna canción incluso, y del movimiento «efecto folelé» (https://efectofolele.com), que mediante distintas actividades fomenta la convivencia a través del pensamiento crítico, la reflexión y la empatía.

He vuelto a mi entrañable municipio sureño y, como siempre, intenté revivir aquellos tiempos tan felices de mi infancia y adolescencia. Por fortuna, todavía, en su cielo no sobrevuelan los aviones, pero cada vez me resulta más difícil realizar esfuerzos retrospectivos ante una realidad tan distinta. Amplias autovías que han condenado al olvido pequeños pueblos y bellos caseríos; flora foránea para adornar parterres y embellecer zonas que no se pueden pisar, y estupendas pero artificiales playas, con un mar forzadamente apacible, circundado por muelles y espigones, sin pejeverdes, ni pulpos, ni aquellas sabrosas almejas canarias que vivían bajo las piedras del fondo marino; incluso piscinas de aguas cloradas en complejos de apartamentos junto a la orilla (¡Oh, paradojas!). «Prohibido pescar», «Prohibido bucear», «Prohibido lanzarse al mar desde este lugar». Prohibido, prohibido, prohibido…

Pero no vi estanques, ni charcas ni presas que fueran habitadas por enormes peces de colores y sobrevoladas por los folelés. Y como no puedo pedir que todo vuelva al estado de mis recuerdos sin ser tildado de nostálgico soñador que se resiste al progreso, sí deseo contribuir a mantener vivos a mis legendarios folelés, al menos en el territorio de las palabras, que a veces podemos transmutar en realidad.

Y proponer a mis buenos amigos los poetas que les insuflen vida en sus inmarcesibles versos, resistentes, estos sí, al más potente de los insecticidas.

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