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In memoriam

Me paso la vida quitando

El artista Cristino de Vera, en una imagen de archivo.

El artista Cristino de Vera, en una imagen de archivo. / EP

Álvaro Marcos Arvelo

Cuando Cristino de Vera y Aurora Ciriza abrían la puerta en su piso en la calle Modesto Lafuente de Madrid, no podía dejar de sentir que estaba atravesando una puerta del tiempo, como si me estuviera colando por un poro que se abre a otra realidad. Atrás quedaba el ruido de esa calle de aceras estrechas en las que resistían los últimos comercios de toda la vida. Cristino me recibía dándome dos cachetes cariñosos antes de que nos abrazáramos. La casa se prolongaba hacia un largo pasillo, donde esperaban apilados los lienzos desnudos, junto a cuadros de exposiciones pasadas apoyados en la pared.

Aquel espacio angosto era custodiado por un ángel que colgaba en lo alto, cuyas alas dibujaban una hermosa sombra que caía sobre nosotros. Atravesábamos lentamente el corredor hacia la última estancia, donde el pintor tenía su taller. Sobre la mesa aguardaba el dibujo a tinta de una taza aún por terminar. En medio del aire espartano de aquel estudio, sobre un modesto altar, descansaba una pequeña talla de buda en alabastro, sentado con las manos, ofreciendo una concha. Con los años, pude ver como el salón se iba extendiendo hacia las habitaciones menos luminosas, que terminaban en la biblioteca de la casa. Cristino me guiaba despacio, llevándome por el hombro hasta el cuadro en el que llevaba días trabajando: Ventana al Sur de Tenerife. Los pequeños puntos blancos de las casas moteaban un horizonte gris de gastados volcanes. Todos sus paisajes son atmosféricos, siempre parecen estar a un punto de desvanecerse en el aire.

–¿Cómo llegas a este paisaje de tu isla en la distancia?

–El paisaje se escribe siempre adentro –me respondió– ¿No ves quizás demasiadas casas ahí, a la derecha?

–No lo creo. Tus ventanas, al sur, siempre me recuerdan las notas en una partitura.

–Me paso la vida quitando– dijo resignado.

Para Cristino, desvelar la luz de un paisaje lo llevaba a recorrer una tortuosa senda interior en donde la pintura iba, gradualmente, haciéndose más y más transparente. Posó su mano sobre el lienzo, sobre aquellas casas a los pies del volcán, como queriendo imaginar lo que había bajo la pintura.

–Siempre estás desvelando la luz.

–Es que yo acompañé en su lecho de muerte a mi abuela. Ella se fue diciendo: «Un punto de luz. Un punto de luz». No dejaba de repetirlo mientras iba adentrándose en el silencio. No he podido olvidarlo. Todo es tan misterioso. No hay nada más frágil y misterioso que la luz.

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