IN MEMORIAM
El aire de Cristino caminando

Cristino Vera, el día de la entrevista. / José Luis Roca
Cuando aún no nos conocíamos yo veía caminar a Cristino de Vera. Bajaba desde su casa, cerca del colegio de las monjas, y desembocaba en el Club Náutico. Yo lo veía llegar a la altura del Colegio de Arquitectos, donde durante un tiempo trabajé, así que lo tenía cerca un buen rato. Caminaba como si lo esperara el aire, el agua de la piscina, la inmensidad de un océano que era suyo, del niño que fue.
Nunca le dije nada en aquel entonces; Cristino formaba parte de una mitología que poco a poco se fue nutriendo de personajes, entre los que estaba él, naturalmente, y estaban otros ilustres de la ciudad y de las islas. Los que no se marcharon; Cristino se marchó, pero nunca se fue.
Domingo Pérez Minik, Eduardo Westerdahl, Maribel Nazco, Pedro González…, muchos otros eran entonces aquellos a los que yo veía pasear, o hablar en el Sotomayor, cuando los encontraba a través de las ventanas más frecuentadas entonces. Pero a Cristino yo no le decía nada en aquel entonces, él era un hombre de Tenerife que ya viajaba por el mundo.
Me parecía (y lo era) un ser de otro mundo, alguien que se hubiera roto si yo, o cualquier otro, hubiera irrumpido en ese camino, que era propio, esencial, en el que parecía que él estaba estableciendo un místico reencuentro con Dios o con el aire.
Pasó el tiempo y entonces lo conocí hablando, su mirada esencial, metida hacia el centro mismo de su alma, esos ojos que te miraban como si te los quisiera regalar, sus manos iniciando canciones o conversaciones, una música propia que no acababa nunca.
Esas conversaciones a veces eran silencios que esperaban también tus silencios. Hasta que, una vez en Madrid, donde vivió gran parte de su vida, hasta el final, nos abrió las puertas a gente que él amaba, don Domingo Pérez Minik, al que él llamaba Dominguito, y al que él quería como si fuera otro de sus padres, y Fernando Delgado, que ya vivía en la capital de España.
Ellos me llevaron a verle, y desde entonces vi siempre a Cristino como era, generoso y, en el mejor sentido de la palabra, bueno, cercano, alguien que no era tan solo aquel ser místico que paseaba por la Rambla de mis primeros años en Santa Cruz, y al que yo veía como un sacerdote laico que iba a bañarse al Club Náutico.
Una de aquellas noches de Madrid, cuando lo conocí y él salía con don Domingo o con otros amigos de entonces, me dio un ataque de asma y él se ocupó de mi como si yo estuviera a punto de ser de otro mundo. Él creía que la palabra era aire, y le hablaba a aquel muchacho casi moribundo como si una palabra suya bastara para sanarme.
Generoso como un samaritano, Cristino fue siempre así: un hombre solitario que quería a los otros, que quería muy al fondo de sí mismo, un ser humano que hacía de sus ojos un saludo. Su padre era entonces, cuando ya lo conocí, el que nos daba noticias del hijo: iba a mediodía, cuando tenía noticias, a contarle a don Víctor Zurita, el director de La Tarde, las hazañas pictóricas de Cristino, y le dejaba recortes que aquel periódico publicaba entonces con la devoción que merecía, y merecieron después, el padre y el hijo, tan parecidos, tan queridos y tan extraordinarios.
Cristino fue muy pronto, gracias a la generosidad de don Juan Cas y de Pérez Minik, quien inauguró la primera sala de pinturas que la Caja de Ahorros puso en marcha en La Laguna (que fue antecedente del extraordinario legado que Clara Armas custodia en La Laguna).
Entonces Cristino era un joven que no tenía más de cuarenta años, pero ya era mucho más viejo, o eso creía ser, que Dios o que todo el mundo. Pero en aquellos momentos de su inauguración, rodeado de un mundo que ya no existe, parecía un chiquillo disfrutando de la pintura, de la vida y de la gente.
Luego hubo muchas exposiciones, muchos viajes. Él tuvo la suerte vital de ser el compañero de Aurora Ciriza, un ángel de la guarda llena de amor y de energía que en aquel entonces, los años setenta de nuestras vidas, aparecía siempre que el pintor estaba dubitativo, un comedor de manzanas que miraba al cielo buscando en Madrid, quizá, el cielo de Santa Cruz.
No hubo nunca duda: Cristino era mucho más que un pintor, o que un ser humano, simplemente: era un filósofo, un poeta, alguien especial, un pájaro libre, una obra de arte, una palabra divina esperando del suelo el paraíso del que se iría al cielo algún día y mientras soñaba.
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